Opinión
Imagen referencial. Villa Marta Brunet
Violencia es mentir, población Marta Brunet, Bajos de Mena
Bajos de Mena aparece en la tele cuando hay sirenas, luces rojas y una cámara temblorosa que se asoma a un pasaje siempre húmedo.
En esos segundos de noticiero, la violencia viste ropa deportiva, dispara al aire y usa un lenguaje de balas; los titulares hablan de “ola delictual”, “nuevo ataque armado”, “foco de criminalidad”. Después, el móvil televisivo se retira, cambian de tema y el barrio vuelve a quedar solo con su ruido más persistente: el goteo de las filtraciones sobre un balde azul, el crujido del concreto agrietado, el olor espeso que sube de los alcantarillados colapsados hace más de veinte años y el silencio ensordecedor de una multicancha abandonada por el Estado, donde el eco de las risas infantiles se pudrió bajo el sol y la maleza, testimonio mudo de cómo también el Estado abandonó a un barrio entero.
En la Villa Marta Brunet, a la orilla de ese mapa mental que la ciudad prefiere no mirar, la violencia también es otra cosa. Es una carta sin respuesta, una promesa de demolición que se aplaza una y otra vez, un número de expediente que cambia de folio misteriosamente. La violencia es la ceremonia oficial donde se entregan llaves de departamentos nuevos, con autoridades sonriendo frente a las cámaras, mientras a pocos metros de ahí cientos de familias siguen viviendo en las mismas casas que se gotean desde las lluvias de 1997. Y nadie les explica por qué quedaron fuera del corte.
En Marta Brunet, la violenta mentira es muros húmedos, insalubridad y riesgo, pero también reside en documentos que siguen perdidos en algún estante del Serviu. Aquí la violencia no solo se escucha en los disparos que perforan la noche, sino en la voz cansada de una dirigenta que repite por enésima vez la historia de su pasaje, la fecha de cada compromiso incumplido, cada reunión donde se juró que “ahora sí” y luego nada cambió.
La casa que se deshace
La lluvia de 1997 no fue solo un temporal, cuando las casas Copeva, bloques de 42 metros cuadrados erigidos en los noventa con pésimos materiales, no resistieron la humedad invernal. Hoy las filtraciones dibujan mapas negros en las paredes, el olor a alcantarilla colapsada trepa desde los suelos, y las multicanchas yacen como ruinas de concreto envejecido antes de tiempo.
Rosa, madre de tres, vio su casa entregada en 1996 convertirse en trampa: hongos en las cunas de sus niños; un techo que cruje como si quisiera desplomarse, obligándola a dormir con maletas listas junto a la puerta. Ella recuerda las primeras lluvias como un bautizo de abandono, cuando el nylon cubrió techos enteros y el Serviu juró demoliciones que tardaron demasiado, y que incluso así, quedaron inconclusas. Su hogar es un cuerpo que se deshace por dentro. Es la violencia de lo inhabitable.
Los papeles que no responden
Decretos y resoluciones se apilan en carpetas del Serviu, el proyecto Cordilleras de Doña Marta se anuncia con maquetas relucientes y reuniones donde se firman minutas con fechas que se desvanecen como humo, porque una vez más, la solución no alcanza para todos. La Ley 19.880 indica la necesidad de respuestas oportunas, pero las cartas de muchas familias de Marta Brunet viajan sin respuesta, en expedientes extraviados, en oficinas donde “no hay información actualizada”.
Víctor, dirigente curtido en oficios y leyes, recorre los pasajes con pilas de papeles amarillentos, repitiendo fechas de compromisos rotos: el plan de regeneración de 2016, las etapas sin plazos, las ofertas económicas que no alcanzan para un techo seco. Él sabe que esta violencia administrativa es un laberinto de silencio, donde el Estado promete ser aliado pero cierra puertas con sellos y siglas. Las familias esperan, atrapadas en ese limbo de promesas aplazadas, donde cada folio sin respuesta es una bala sorda contra su paciencia.
Dentro y fuera del paraíso
En 2023, las cámaras capturan el corte de cintas y las 280 llaves entregadas en Cordilleras de Doña Marta, departamentos de 60 metros con logias y terrazas que brillan bajo flashes oficiales, mientras 120 familias vecinas miran desde pasajes goteantes. Esa línea invisible parte el barrio: unos mudan a lo nuevo, otros quedan en cuadrantes postergados por criterios opacos, sin explicación que calme la rabia o la culpa.
María, del pasaje colindante, vio a sus vecinos cruzar con cajas y sueños, mientras su casa —dañada desde 1997— sigue sin fecha de demolición, su familia sintiendo que su dolor califica menos en el reparto de dignidad. La segregación interna hiere como una fractura comunitaria, envidia y desconfianza brotando donde antes había solidaridad.
El paraíso prometido se construye a metros de distancia, pero para los de afuera, es solo otro muro húmedo en el horizonte.
Algo parecido al éxito en un territorio marcado
En medio del estigma de “gueto más grande de Chile”, surgen figuras que resisten la etiqueta con dobles jornadas y trayectos eternos, acumulando sacrificio para lograr lo que a unos pocos les llega solo por nacer. Antonia transforma un departamento de 42 metros en Happy Time, un refugio para treinta niños de La Marta, donde aprenden a leer entre computadores donados y risas que ahogan los gritos del pantano. Ella, profesora que renunció a colegios formales, enfrenta discriminación por su origen pero siembra mundos amplios en mentes acosadas por la calle. Un joven como el que estudia y regresa para talleres demuestra que no todo es fatalidad: organizaciones nacen de la precariedad, lideresas se forman en participación contra el abandono. Estos éxitos son respuestas activas a la mentira, escudos de derecho y red tejida en el barro.
La denuncia que no calla
Dirigentes como Víctor acumulan denuncias realizadas, minutas y antecedentes, profesionalizándose en resoluciones para enfrentar al Serviu. Su empeño y su voz son instrumentos en la búsqueda de justicia. Lo suyo, una épica de cansancio esperanzado, fe en que esta vez el escrito romperá el rumor del pasaje. Reuniones se suceden, de autoridad en autoridad, golpeando puertas que, en su mayoría no se calla. Ante el entendible fervor de sus reclamos, muchas veces la burocracia se victimiza, como un amo que juega al esclavo. Pero Víctor y otros, no se detienen ni se cansan. Las voces vecinales persisten, convirtiendo la rabia en documento irrefutable.
Reparar con verdad
Violencia es mentir, porque la justicia va más allá de metros cuadrados: exige disculpas públicas, plazos claros, acompañamiento para heridas y promesas rotas. Bajos de Mena no es solo víctima o peligro, sino territorio que demanda reconocimiento del daño, información honesta y un Estado que converse en vez de esconderse en sus edificios institucionales. Casos como los de Rosa y María reaparecen en el cierre, aún sin respuestas, espejos de violencias superpuestas que claman reparación integral.
La verdad sería el primer ladrillo seco, el fin de un goteo que perfora más que cualquier bala.
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