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Gobierno sin timón: cómo salir del atolladero
La necesidad de gobernar y llevar adelante las reformas y grandes acuerdos que requiere el país entre los sectores con mayor vocación nacional exige, con premura y dramáticamente, un gobierno en forma.
Da la impresión de que, pese a las bravatas de Irarrázaval (que tuvo que ser enviado de viaje), y a las proclamas iniciales sobre el gobierno de emergencia, hay una falencia en el gobierno central y cada ministro anda por su cuenta.
En ese contexto, lo que fluye son las individualidades. Los más capaces muestran sus fortalezas. Iván Poduje y Louis de Grange gozan de currículos con peso propio y avanzan en sus áreas con decisión y prestancia, poniéndolas entre las mejor evaluadas del gobierno.
Otros ministros lucen menos y cabe dudar todavía de su eficacia. Hay a quienes los traiciona la timidez y no mandan como debieran. Quiroz opera pensando en números, en un ambiente difícil, pero la falta de contrapeso político le genera demasiado espacio y lo que termina predominando es el inveterado economicismo.
Y están los ministros francamente deficientes. Steinert y su subsecretaria carecen de hitos, planes y luces en un asunto prioritario. El resultado es que la seguridad, la gran promesa del gobierno, está en el suelo. “Protejo, luego obligo” es el “Pienso, luego existo” de la política: el Estado no puede exigir obediencia sin asegurar la vida y la integridad a las personas. La vocería es otro ámbito lamentable, lo que es crítico cuando se trata de comunicar asuntos difíciles, como grandes reformas.
Además de dar cuenta de la vieja máxima de que los currículos son predictivos y más vale asegurarse personal de excelencia desde el comienzo en los ministerios, la operación del gobierno muestra una ausencia de conducción central. No se ve ahí, más allá de las declaraciones -nada de épicas, carentes de perspectiva y consciencia histórica, más bien pedestres-, una mano firme al timón, con capacidad conductora y visión política.
Esta carencia descansa en dos problemas en los que el gobierno debe trabajar con urgencia (además de preparar desde ya el cambio de personal que se volverá necesario efectuar en poco tiempo).
Primero, el contingente de la Presidencia y el segundo piso. Probablemente hay individualidades competentes, pero parece claro que, en tanto equipo, no funciona. Es hora de poner ahí cabezas aptas a diseñar con mayor tino y sobriedad la estrategia general, organizar las líneas de mando, información y comunicación.
Segundo, complementario de lo anterior y en su base: urge articular un pensamiento político, histórico e ideológicamente solvente, capaz de producir un proyecto nacional que guíe al gobierno más allá del puntillismo de la gestión o el economicismo, que le insufle espíritu y vitalidad a una dirigencia en general sosa, reducida a gestión sin mística. La política carente de pensamiento diferenciado y denso se vuelve caótica, pues pierde algo fundamental: capacidad de orientar, motivar y convencer. De dar sentido a la praxis.
Ya saldrán de sus escondrijos nuestro rudimentario PC tercermundista y leninista, y los exóticos grupos extremos para apoderarse de las calles por adelantado, y hay que contar con el obstruccionismo destructivo de parlamentarios alienados. Pero la necesidad de gobernar y llevar adelante las reformas y grandes acuerdos que requiere el país entre los sectores con mayor vocación nacional exige, con premura y dramáticamente, un gobierno en forma. No debe olvidarse que, al menos desde 2019, el país pasa por una crisis integral, de legitimidad, productividad e integración (para más detalle, remito a este libro descargable).
Como telón de fondo, ella respira amenazante y los incendiarios lo saben.
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