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Del Laguismo a una nueva síntesis socialdemócrata: hacia una cuarta vía chilena Opinión

Del Laguismo a una nueva síntesis socialdemócrata: hacia una cuarta vía chilena

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Juan Eduardo Faúndez Molina
Por : Juan Eduardo Faúndez Molina Sociólogo, Universidad de Chile, Máster Sociología, Univ. Complutense de Madrid. Ex Subsecretario Servicio Sociales, actual Presidente de la Fundación Socialdemócrata.
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“Una Cuarta Vía chilena debe volver a las raíces de la socialdemocracia: crecimiento con bienestar, desarrollo con cohesión social y una alianza virtuosa entre Estado y sector privado en función de un proyecto país.


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La elección de una nueva derecha conservadora en Chile no representa únicamente una alternancia democrática normal. Representa, también, la posibilidad concreta de una profundización del modelo neoliberal, con una reducción deliberada del rol del Estado, una lógica de mercado aún más dominante y una visión donde el bienestar colectivo vuelve a quedar subordinado casi exclusivamente al crecimiento económico entendido desde parámetros tradicionales.

Frente a este escenario, la centroizquierda y particularmente la socialdemocracia chilena enfrentan un desafío histórico: repensarse profundamente. No desde la nostalgia, ni desde la romanización de un pasado que no volverá, sino desde la capacidad de construir una alternativa moderna, creíble y conectada con las transformaciones del siglo XXI.

Durante los años noventa y principios de los 2000, la llamada “Tercera Vía”, impulsada por líderes como Tony Blair o Gerhard Schröder, intentó compatibilizar crecimiento económico, globalización y cohesión social. En Chile, esa lógica tuvo una expresión propia durante los gobiernos de la Concertación y particularmente en el llamado “Laguismo”: un Estado activo, modernizador, preocupado del crecimiento, pero también de generar infraestructura, expansión de derechos sociales y condiciones de movilidad social,

Ese ciclo tuvo virtudes importantes, quizas las más visibles desde el retorno a la democracia. Chile avanzó en estabilidad, redujo la pobreza, conectividad e inserción internacional. Sin embargo, también dejó tareas pendientes: desigualdades persistentes, sensación de abuso y una creciente distancia entre élites y ciudadanía. Posteriormente, el estallido social y el fallido proceso constitucional demostraron que administrar expectativas sin construir cohesión ni proyecto común puede terminar generando frustración colectiva.

Por eso hoy no basta con reivindicar la Tercera Vía. Chile necesita avanzar hacia una “Cuarta Vía”: una nueva síntesis socialdemócrata para el siglo XXI.

Una Cuarta Vía chilena debe volver a las raíces de la socialdemocracia: crecimiento con bienestar, desarrollo con cohesión social y una alianza virtuosa entre Estado y sector privado en función de un proyecto país. Tomando las mejores experiencias de la socialdemocracia nórdica clásica y actualizándolas a los desafíos del siglo XXI, pero también incorporando una mirada hacia las estrategias desarrollistas y de innovación impulsadas por las economías del Asia-Pacífico. Como también esta debe incorporar elementos nuevos que la izquierda tradicional muchas veces evitó discutir con profundidad. 

Uno de ellos es la eficiencia del Estado. Un Estado social sin capacidad de gestión termina debilitando su propia legitimidad. La defensa de lo público exige instituciones modernas, evaluación permanente y una capacidad real de entregar resultados a la ciudadanía. No puede existir una justicia social duradera sostenida sobre burocracias y funcionarios ineficientes o estructuras estatales incapaces de modernizarse, optimizar sus procesos y fortalecer el desempeño de la función pública en todos sus niveles. Un Estado que no corrige sus deficiencias termina debilitando su legitimidad y, muchas veces, profundizando precisamente aquellas desigualdades que busca combatir.

Lo mismo ocurre con la educación. La centroizquierda debe atreverse a abrir una discusión crítica respecto a cómo estamos formando a nuestros niños y niñas. El sueño de construir una ciudadanía más crítica, participativa y cohesionada no se logró plenamente. Hoy enfrentamos brechas profundas de aprendizaje, debilitamiento de la autoridad pedagógica y una preocupante pérdida de calidad educativa.

Necesitamos volver a hablar de excelencia, mérito y calidad docente sin complejos ideológicos. Ello implica discutir seriamente una evaluación docente rigurosa, moderna y orientada efectivamente a mejorar los estándares en las aulas. La igualdad de oportunidades no puede sostenerse si el sistema educacional falla precisamente en la formación de las grandes mayorías populares de nuestro país.

Repensar el progresismo hoy implica también abandonar ciertas ingenuidades. El estallido social expresó dolores reales, pero la posterior administración política de esos sueños fracasó en ofrecer gobernabilidad, certezas y un horizonte compartido. La política no puede vivir solamente de consignas emocionales ni de promesas refundacionales permanentes. Chile necesita reformas, pero también estabilidad, gradualidad y sentido de realidad.

La Cuarta Vía chilena debe asumir que conceptos como mérito, responsabilidad, innovación y movilidad social no pertenecen exclusivamente al mundo liberal. También pueden y deben formar parte de una nueva socialdemocracia moderna. Porque una sociedad justa no es solo aquella que distribuye mejor, sino también aquella que genera condiciones efectivas para que las personas puedan progresar.

Hoy la movilidad social en Chile se encuentra estancada. Muchas familias sienten que, pese a sus esfuerzos, avanzar es cada vez más difícil. Allí radica uno de los grandes desafíos de la centroizquierda: reconstruir esperanza concreta.

La felicidad inmediata asociada únicamente a condiciones materiales de consumo ya no basta. Chile requiere transformaciones estructurales que permitan avanzar colectivamente: mejores salarios, educación de calidad, barrios seguros, acceso a vivienda, crecimiento económico sostenible y un Estado que acompañe sin asfixiar.

Tal vez el gran desafío de esta nueva etapa sea entender que la socialdemocracia no debe limitarse a resistir el shock neoliberal que se aproxima, sino ofrecer un proyecto alternativo para el siglo XXI: moderno, democrático, eficiente y profundamente humano. Pero para ello no basta con nuevas ideas o una necesaria nueva institucionalidad política que lo represente. También es necesario recuperar un capital central del laguismo socialdemócrata: la capacidad de transmitir seriedad, estabilidad y confianza. En tiempos de incertidumbre, las personas no solo demandan cambios; también quieren sentir que quienes conducen el país son personas responsables, competentes y capaces de ofrecer certezas. Ese puede ser uno de los activos más valiosos para reconstruir una nueva mayoría.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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