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El momento de Codelco
El cobre ha sido durante generaciones el sueldo de Chile y una de las principales fuentes de financiamiento para el desarrollo nacional. Por eso merece un debate serio, transparente y basado en hechos, no en relatos construidos para justificar decisiones previamente adoptadas.
Durante meses hemos visto repetirse una vieja receta de la política chilena. Primero, se instala la idea de que una institución está en crisis. Luego, se exageran sus errores, se multiplican las filtraciones, aparecen voceros anunciando catástrofes inminentes y, finalmente, se presenta como inevitable una decisión que probablemente ya estaba tomada desde el inicio.
Lo vimos con la seguridad. Durante años se nos dijo que era el problema más grave de Chile, la razón de todos los males y la principal promesa electoral de quienes hoy gobiernan. Bastaron unos pocos meses para que desapareciera de la primera línea y fuera reemplazada por nuevas urgencias comunicacionales. Lo vimos después con los recortes por decreto al presupuesto nacional. Y ahora todo parece indicar que llegó el momento de Codelco.
Nadie discute que la principal empresa estatal de Chile enfrenta desafíos importantes, pero una cosa es corregir problemas y otra muy distinta es construir una realidad paralela donde todo aparece al borde del colapso. Lo preocupante no es que se fiscalice o se exijan mejores resultados; lo preocupante es cuando el relato parece apuntar deliberadamente a instalar la idea de que la empresa es inviable y que su condición estatal sería la causa de todos sus problemas. Esa es una diferencia fundamental que Chile no puede perder de vista.
Las señales son evidentes. Antes incluso de completar los primeros meses de gobierno comenzaron las declaraciones sobre una supuesta crisis terminal de gobernanza. Luego vinieron los anuncios de cambios estructurales, auditorías extraordinarias y cuestionamientos públicos desde las más altas autoridades económicas. Todo ello podría ser parte de un legítimo esfuerzo por mejorar la gestión de la empresa. Sin embargo, también abre una interrogante política que no puede ser ignorada: ¿se está preparando el terreno para una futura privatización, total o parcial, de Codelco?
Codelco no es una empresa cualquiera. Es una de las principales herramientas de desarrollo económico del país. Durante décadas ha financiado carreteras, hospitales, escuelas, universidades y programas sociales. Es parte del patrimonio estratégico de Chile y de una política de Estado que trasciende a cualquier gobierno.
Cuando se instala permanentemente la idea de que todo funciona mal, que nada sirve y que la única solución es cambiarlo todo, se debilita la confianza en una institución que durante más de cincuenta años ha sido el sueldo de Chile y una de las principales fuentes de financiamiento para el desarrollo nacional. Y la historia muestra que cuando se logra instalar esa desconfianza en una empresa estratégica del Estado, la solución que inevitablemente se comienza a promover es la misma de siempre: la privatización, bajo el argumento de que los privados podrían administrar mejor aquello que, en realidad, nos pertenece a todos los chilenos.
Más preocupante aún es que pareciera existir un patrón. Primero se identifica un problema real. Luego se amplifica hasta transformarlo en una crisis existencial. Después se instala la sensación de que las estructuras actuales son incapaces de resolverlo. Finalmente, se presentan medidas excepcionales como la única salida posible. No es una estrategia nueva; es una fórmula tan antigua como efectiva para construir consentimiento frente a cambios que, de otra forma, encontrarían una fuerte resistencia ciudadana.
Cada día resulta más legítimo preguntarse si detrás de esta construcción permanente de una crisis existe un objetivo mayor, porque cuando se insiste en que una empresa estratégica no funciona, cuando se exageran sus falencias y se instala la idea de que el Estado es incapaz de administrarla, la conclusión a la que se intenta conducir a la opinión pública suele ser siempre la misma: que la administración privada sería mejor. Y justamente ahí surge la sospecha de que el gobierno del Presidente Kast podría estar preparando las condiciones políticas para avanzar, más temprano que tarde, hacia algún mecanismo de privatización de Codelco.
Codelco no pertenece a un gobierno ni a una coalición política. Pertenece a los chilenos. El cobre ha sido durante generaciones el sueldo de Chile y una de las principales fuentes de financiamiento para el desarrollo nacional. Por eso merece un debate serio, transparente y basado en hechos, no en relatos construidos para justificar decisiones previamente adoptadas.
La historia enseña que ninguna privatización comienza con una venta. Comienza mucho antes, cuando se instala la idea de que una empresa pública es un problema, cuando se convence a la ciudadanía de que el Estado es incapaz de administrarla y cuando se repite una y otra vez que la única salida posible está en manos de privados. Por eso el debate sobre Codelco no puede reducirse a balances o cifras coyunturales. Lo que está en juego es si Chile seguirá siendo dueño de una empresa estratégica que ha financiado buena parte de su desarrollo o si terminará entregando una parte de su patrimonio bajo el pretexto de una crisis cuidadosamente construida.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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