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El cuidado como motor económico y la política de empleo que falta activar pnud

El cuidado como motor económico y la política de empleo que falta activar

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Rodrigo Herrera
Por : Rodrigo Herrera Jefe de programa reducción de pobreza y desarrollo inclusivo Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo PNUD
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La pregunta no es si el país necesitará un sistema de cuidados más robusto, sino si será capaz de desarrollarlo a tiempo para transformar esa presión en una oportunidad de empleo, productividad y cohesión social.


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Chile enfrenta una paradoja. El país busca reactivar el crecimiento, mejorar la productividad y generar empleo de calidad, pero convive con una crisis de cuidados que limita precisamente esos objetivos. El envejecimiento acelerado de la población y el aumento de la dependencia restringen la participación laboral, especialmente de las mujeres, y tensionan la capacidad futura de crecimiento. El cuidado no es una actividad marginal ni un asunto privado de los hogares. Es una función esencial para el funcionamiento de la economía y la reproducción cotidiana de la vida social. Lo que aún no se termina de internalizar es que el crecimiento económico y la crisis de cuidados no solo están profundamente conectados, sino que pueden abordarse conjuntamente mediante una política deliberada de desarrollo de la economía de los cuidados.

Las cifras son elocuentes. Hoy, cerca de 1,5 millones de personas en Chile se encuentran en situación de dependencia y una proporción significativa de mujeres realiza labores de cuidado en el país. A ello se suma una tendencia demográfica irreversible, ya que hacia 2050 casi un tercio de la población será mayor. Este escenario no es solo un desafío social, sino también una oportunidad económica de gran escala.

De hecho, estimaciones recientes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Chile sugieren que una expansión gradual y sostenida del sistema de cuidados podría generar del orden de 200 mil empleos, especialmente si se habilita el desarrollo de un mercado de cuidados con participación activa del sector privado en la provisión de servicios. Es comparable a políticas industriales completas, pero con una ventaja clave, el empleo en cuidados es intensivo en trabajo, territorialmente distribuido y difícilmente automatizable. Es decir, genera empleo donde más se necesita y con alto impacto económico y social.

Además, el efecto no se limita al empleo directo. La evidencia muestra que el desarrollo de este sector aumenta la participación laboral de las mujeres, libera tiempo productivo y mejora la productividad agregada de la economía. En términos simples, invertir en cuidados no solo crea empleos, sino que habilita que otros empleos existan.

Sin embargo, el potencial está lejos de materializarse. Hoy Chile no cuenta con un mercado de cuidados suficientemente desarrollado para responder a la magnitud de la demanda. Lo que existe es una oferta fragmentada, con alta informalidad, baja profesionalización y persistentes brechas de financiamiento y regulación, que dificultan ampliar cobertura y asegurar estándares adecuados de calidad. Superar estas barreras requiere generar condiciones que permitan expandir y fortalecer el sector. 

Ahora bien, la expansión de una oferta más robusta y diversificada de servicios de cuidados no puede entenderse como una retirada del Estado, sino como un nuevo pacto de responsabilidad compartida. Para que este ecosistema sea sostenible, debe sustentarse en tres pilares que hoy son incipientes: una regulación robusta que asegure que la participación privada esté condicionada a estándares de calidad; un esquema de financiamiento que garantice que el acceso no dependa de la capacidad de pago; y una cultura de corresponsabilidad que involucre activamente a los hombres en esta nueva ética del cuidado. Solo bajo estas condiciones, el desarrollo de una economía de los cuidados será socialmente justo y económicamente viable. 

Hay razones muy poderosas para avanzar en esa dirección:

Primero, el mercado de cuidados debe ser entendido como una actividad económica con alto potencial de generación de empleo y productividad social. Esto implica construir un entorno regulatorio y de incentivos que permita ampliar la oferta de servicios, fortalecer su desarrollo y facilitar su formalización.

Segundo, la expansión del sector exige formalizar y profesionalizar una fuerza laboral que hoy opera en condiciones precarias. Esto no solo mejora la calidad y continuidad de los servicios, sino que también permite transformar un trabajo históricamente invisible en empleo decente, con mayor estabilidad, capacitación, protección social y reconocimiento económico.

Tercero, el cuidado no puede operar como un sistema aislado. Su efectividad depende de su articulación con otros servicios, como salud. Sin esa integración, los costos se multiplican y los resultados se deterioran. Por ejemplo, una persona mayor que recibe apoyo domiciliario, pero no logra acceder oportunamente a atención médica puede terminar hospitalizado, elevando significativamente el gasto público y deteriorando su calidad de vida.

Pero quizás el punto más importante es que cuidado no es solo una política social. Es infraestructura económica. Así como la inversión en carreteras permite mover bienes, la inversión en cuidados permite mover personas hacia el empleo, sostener trayectorias laborales y evitar que millones de horas productivas queden atrapadas en la informalidad doméstica.

El marco institucional ya comenzó a construirse, pero transformar el cuidado en un verdadero motor de desarrollo exige avanzar con mayor decisión en regulación, financiamiento, formación de capital humano y articulación público-privada. No se trata solo de ampliar servicios sociales, sino de construir una infraestructura capaz de sostener una sociedad que envejece, aumentar la participación laboral y reducir brechas de bienestar. 

La pregunta no es si el país necesitará un sistema de cuidados más robusto, sino si será capaz de desarrollarlo a tiempo para transformar esa presión en una oportunidad de empleo, productividad y cohesión social. Invertir en cuidados no es solo una política social, es una decisión estratégica para el desarrollo futuro del país.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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