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¿Quo Vadis, Chile? Opinión

¿Quo Vadis, Chile?

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Mauricio Jelvez
Por : Mauricio Jelvez Coordinador Foro para el Desarrollo Justo y Sostenible
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Responder esta pregunta exige previamente hacer una serie de distinciones y consideraciones que nos permitan comprender las diferencias conceptuales básicas entre verdad y certeza, teoría y práctica, teoría y experiencia.


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 Todo ello con el propósito de abonar a la precaución que se debe tener acerca de los límites del conocimiento humano y, más específicamente, acercarnos a una comprensión más plena y equilibrada de esa compleja entidad llamada “economía”, sobre todo considerando que se trata de una disciplina que se encuentra muy lejos de las llamadas ciencias duras.

Revisemos someramente estos conceptos.

Cuando hablamos de “verdad” nos estamos refiriendo a si una afirmación se corresponde o no con la realidad, en cambio “certeza” refiere al grado de convicción subjetiva que una persona tiene respecto de algo. Es decir, se puede estar completamente seguro de algo y, aun así, estar completamente equivocado.

Desde luego esta distinción resulta más difícil de comprender para quienes todavía creen que la economía es una ciencia exacta, pero como sabemos que no lo es, a esta no le queda otro camino que trabajar con evidencia, probabilidad, corroboración, refutación, entre otros elementos.

La genialidad de Einstein es muy muy ilustrativa para entender la segunda distinción al advertirnos que “en teoría, la teoría y la práctica son lo mismo, en la práctica no” o también cuando afirma que “la teoría es cuando se sabe todo y nada funciona, la práctica es cuando todo funciona y nadie sabe por qué”.

Para la tercera recurramos a Kant y Bourdieu. Kant sostiene que “la experiencia sin teoría es ciega, pero la teoría sin experiencia es simple juego intelectual”, por su parte Bourdieu sostiene que “la teoría sin investigación empírica resulta vacía y la investigación empírica sin teoría, ciega”.

Veamos ahora como el monocultivo intelectual o teórico nos aleja de una comprensión más rica para identificar y reconocer la variedad de factores que intervienen no solamente en la generación de condiciones para un mayor crecimiento económico, sino que también en una ruta sobre la cual transitar hacia el desarrollo del país.

En esta línea, hay buenas razones para que la economía siga el ejemplo de un campo de la ciencia dura como la física para reconocer el valor de complejizar sus análisis y propuestas y evitar reduccionismos ideológicos. Galor (2022) nos señala que “en décadas recientes, los físicos han tratado de concebir una teoría del todo que ofreciera una explicación coherente sobre cada uno de los aspectos físicos del universo, conciliando así la mecánica cuántica con la teoría de la relatividad general de Einstein e integrando las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza: gravitatorias, electromagnéticas, nuclear débil y nuclear fuerte. Sus esfuerzos se han guiado por la certeza que un conocimiento sistemático y más preciso de los aspectos físicos del universo deben basarse en un marco unificado capaz de explicar todos los fenómenos físicos conocidos; cualquier teoría que sea coherente con algunos, pero no todos los fenómenos conocidos serán parciales e, intrínsecamente, incompleta”.

Atendiendo a todo lo anterior, cabe discernir acerca de si el megaproyecto de reforma tributaria del gobierno ha tenido o no a la vista todas las advertencias, cuidados y consideraciones necesarias para evitar caer en un derrotero que lleve al país ya no solo a incumplir la metas que el propio gobierno se ha propuesto en el ámbito económico (crecimiento económico potencial del 4% al término del año 2029, equilibrio fiscal y empleo a tasas del 6%), sino que también a una situación de retroceso de lo avanzado en 36 años desde recuperada nuestra democracia.

Desgraciadamente, a juzgar por los hechos y la evidencia empírica, lo segundo (retroceso) tiene mayor probabilidad de ocurrencia que lo primero (incumplimiento de promesas).

Son muchas las advertencias que economistas serios y que entienden cómo funciona la economía en el ámbito de lo público han hecho respecto de la inconveniencia de repetir una fórmula que, principalmente, en los ochentas se aplicó en varios países, incluido Chile, por lo que resulta redundante agregar más argumentos.

Lo que sí me parece útil es intentar desentrañar las posibles motivaciones y razones que pueden estar detrás para forzar la implementación de un proyecto que conlleva serios riesgos de una regresión, inclusive, respecto de la situación actual del país.

Desde luego, se hace necesario reconocer que el presidente (y su ministro de hacienda), cuentan con la legitimidad de origen desde el momento en que su poder o autoridad se originó mediante una elección democrática. Distinto es el caso de la legitimidad de resultado o rendimiento, toda vez, que esta se puede perder cuando las políticas impulsadas por un gobierno no cumplen mínimamente con las propias expectativas que ha creado de cara a los ciudadanos y ciudadanas.

En consecuencia, si existe la posibilidad de que este gobierno, aunque sea remotamente, arriesgue a perder la legitimidad de resultado, cómo se entiende la ceguera y sordera ante las múltiples advertencias de la necesidad de enmendar el camino que se está siguiendo. Difícil saberlo.

A lo más, se puede hipotetizar acerca de las posibles razones: i) ideologismo exacerbado; ii) convicción técnica subjetiva; iii) desconocimiento (la ignorancia es atrevida); iv) apostar a un retorno económico futuro; y, v) todas las anteriores.

Complementariamente, también nos podemos preguntar qué explica que nuestro sistema político no pueda impedir o, a lo menos, corregir sustantivamente la aplicación de esta iniciativa legislativa en los términos en que está diseñada.

Aquí, la respuesta a primera instancia resulta fácil.  La derecha tiene la mayoría de los votos en ambas cámaras. Pero esta respuesta no se condice con aquellas afirmaciones o investigaciones que sostienen la existencia de dos derechas en el país. Una, la derecha radical o extrema (PR y PNL) y, la otra, derecha tradicional (RN, UDI, Evópoli, Demócratas, Amarillos y, en ocasiones, PDG).

O es que acaso, se debe entender que lo único que diferencia a estas dos derechas sería su adhesión a los principios de una democracia iliberal, por una parte, y a una democracia liberal, por otra parte. Por lo tanto, en materia económica existe una sola derecha que se encuentra unida por su adhesión a la ideología neoliberal.

Sin embargo, esto último no deja de ser contradictorio, toda vez que, en los dos gobiernos conformados por la derecha tradicional bajo la presidencia de Sebastián Piñera, no se aplicaron políticas propias del recetario neoliberal. De hecho, en su primer gobierno el manejo económico estuvo marcado por una dosis no menor de pragmatismo que lo llevó a mantener los dispositivos contra-cíclicos para enfrentar la reconstrucción post terremoto del 27F e impulsó iniciativas de protección social como: Ingreso Ético Familiar; eliminación del 7% de cotización de los jubilados cuyas rentas fueran inferiores a los $255.000; y, la Ley de extensión del postnatal a 6 meses. Asimismo, si bien su segundo gobierno se instaló bajo la pretensión de revertir o corregir vía contrarreformas varias de las iniciativas impulsadas por el anterior gobierno, el estallido social y posteriormente la pandemia del Covid-19 lo obligó a renunciar a su intento refundacional y, nuevamente, a actuar con pragmatismo desplegando un amplio stock de políticas contra-cíclicas entre las que destacan: un aumento considerable del monto y cobertura del IFE; apoyo al financiamiento y renegociación de las deudas de las PYMES; y, correcciones tributarias y combate a la evasión, proponiendo que el SII tuviese acceso a las cuentas bancarias (iniciativa rechaza por la derecha), mayores facultades a la Aduana para controlar los precios declarados en exportaciones e importaciones y revisión de varias franquicias tributarias, tales como a la construcción y a las ganancias de capital exentas de impuestos.

Hoy, al contrario de sus dos gobiernos anteriores, la “derecha tradicional” no solo se ha omitido de proponer alguna medida compensatoria en lo recaudatorio o en lo social, sino que ha adherido sin más de manera incondicional y sumisa al proyecto del gobierno.

Por último, cabe preguntarse qué pasó con aquellas pocas voces de la élite económica del país que, en los días posteriores al estallido social, reconocieron la necesidad de compartir en mayor medida los frutos de una riqueza altamente concentrada en pocas manos y que hoy guardan silencio o apoyan decididamente un proyecto que sabemos no hará sino favorecer, principalmente, al 1% más rico del país. Si acaso creen que el malestar social quedó superado, vale la pena informarles que el Informe de Desarrollo Humano 2024 del PNUD, reporta que el 83% de las personas que estaban a favor de las demandas del estallido social, lo siguen estando.

¿A dónde vas, Chile? No estoy en condiciones de responder con certeza, pero la evidencia comparada me inclina a pensar que vamos en un auto cuesta abajo sin frenos de mano y que si nos desbarrancamos sus conductores no podrán argüir que no estaban advertidos.

… Aun así, siguiendo a Byung-Chul Han, me refugio en la esperanza que todavía estamos a tiempo de entrar en razón para evitar o enmendar el rumbo que nos propone el actual gobierno.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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