Opinión
La natalidad, ¿problema o síntoma?
La pregunta, entonces, no es por qué nacen menos niños. La pregunta es qué país estamos construyendo, y para quién.
Un barrio o una ciudad empieza a quedarse sin niños mucho antes de que las estadísticas lo registren. Para cuando la natalidad aparece en las cifras de un país, miles de jóvenes llevan años reflexionando y decidiendo sobre la maternidad y la paternidad. Y muchos de ellos deciden no dar el paso porque tener o no tener hijos es, antes que nada, una decisión que impacta en su propia vida.
Mientras, las cifras empiezan a confirmarlo. El INE informó hace poco que Chile bajó por primera vez de un hijo por mujer –la tasa de fecundidad llegó a 0,99–, que tres regiones (Valparaíso, Ñuble y Los Ríos) ya registran más muertes que nacimientos y que casi la mitad de las comunas presenta crecimiento poblacional negativo.
Pero ¿de qué hablamos en las conversaciones públicas cuando empiezan a aparecer esas señales del cambio demográfico? De tasa de reposición, de fuerza laboral, de sostenibilidad de las pensiones, de rentabilidad de la infraestructura. Los analistas y los políticos expresan alarma; los ciudadanos expresamos sorpresa. Los primeros se preguntan qué hacemos para que nazcan más niños; los segundos intentamos comprender qué está pasando y, a veces, hablamos con los jóvenes que tenemos alrededor.
Si nos detenemos, veremos que hay a lo menos tres grupos. Hay un conjunto de mujeres y hombres que han decidido de manera legítima no ser madres o padres; y por suerte vivimos en un mundo en que las mujeres pueden decidirlo sin vivir la maternidad como un deber femenino. Hay quienes sí querrían tener hijos y no encuentran las condiciones para hacerlo. Y hay un tercer grupo, el más invisible de la discusión, compuesto por quienes podrían llegar a querer ser padres si tuvieran las condiciones propicias.
Si en lugar de lamentar las cifras nos detuviéramos a escuchar por qué tantas mujeres y tantos jóvenes se sienten hoy menos seducidos por la maternidad o la paternidad, escucharíamos argumentos muy concretos. Los hemos conocido en los encuentros de 3xi.
Escucharíamos, primero, la vivienda. Una generación que arrienda piezas o vive con sus padres hasta los treinta y cinco no está en condiciones materiales de proyectar una familia. Escucharíamos sobre salarios que no rinden, jornadas largas, incertidumbre permanente. Escucharíamos de la corresponsabilidad, o más bien su ausencia: la maternidad sigue siendo una penalización profesional para las mujeres y, mientras eso no cambie, tener hijos significa aceptar una doble jornada, un retroceso de carrera y menos ingresos.
Escucharíamos que esta generación quiere criar de otra manera –con presencia, sin delegarlo todo en terceros, con apego, sin violencia, con tiempo–, pero se trabaja demasiadas horas y bajo demasiada exigencia. Muchos prefieren no tener hijos antes que criarlos de un modo que contradice sus convicciones. Y también escucharíamos sobre un horizonte hecho de crisis climática, guerras, polarización y una inteligencia artificial que reordena el mundo del trabajo. No es casual que tantas parejas elijan criar una mascota, quizá como un desplazamiento de la necesidad de cuidar y de querer.
Hay, sobre todo, tres trampas de las que conviene salir. La primera es culpar a las mujeres y a los jóvenes. “Son egoístas, lo posponen todo, priorizan la carrera”, se dice. Pero es injusto y, sobre todo, es falso. La segunda es creer que esto se arregla con dinero. “Démosles un bono y listo”. Numerosos países lo han intentado, con incentivos cada vez más generosos, y la aguja apenas se mueve. La tercera es analizar el siglo XXI con el marco –material y cultural– del siglo XX. Ni las condiciones son las mismas ni lo es la manera de entender la vida.
Propongo, en cambio, mirar la natalidad no como un problema en sí, sino como un síntoma. Es decir, como un termómetro de qué tan habitable resulta nuestro país y nuestro mundo para una generación entera. Y sugiero abandonar la idea de que la crianza es un asunto exclusivamente privado, porque es la sociedad entera la que la sostiene o la vuelve imposible.
La pregunta, entonces, no es por qué nacen menos niños. La pregunta es qué país estamos construyendo, y para quién.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.