La salud que no se ve: como el Programa CERO cambia las reglas de la prevención
Los resultados disponibles son alentadores. Desde su implementación, el programa ha contribuido a consolidar una mirada preventiva en salud bucal infantil y se ha asociado a mejoras en indicadores de niños libres de caries, junto con una reducción de desigualdades.
En salud solemos repetir una frase que parece indiscutible: prevenir es mejor que curar. La dicen las autoridades, los equipos sanitarios, las familias y también los usuarios. Sin embargo, cuando miramos cómo funcionan realmente los sistemas de salud, aparece una contradicción profunda y es que casi todo está organizado para actuar cuando la enfermedad ya ocurrió.
La prevención gana todos los discursos, pero pierde demasiadas veces en los presupuestos, en los indicadores, en los incentivos y en la forma en que entendemos el éxito de una política pública.
Esta es la paradoja de la prevención, que cuando funciona bien, aparentemente no pasa nada, no hay urgencia, no hay lesión evidente, no hay pabellón, no hay procedimiento espectacular. No aparece una enfermedad que contar ni un daño que reparar. La prevención produce una ausencia y los sistemas de salud no siempre saben valorar aquello que no ocurre.
La salud bucal es un ejemplo muy claro de esta paradoja. Durante mucho tiempo, la odontología fue vista principalmente como una disciplina destinada a reparar dientes dañados, restaurar lesiones de caries, extraer dientes, resolver dolor, rehabilitar bocas deterioradas. La atención llegaba cuando el problema ya estaba instalado y en esa lógica, el éxito se medía por la cantidad de tratamientos realizados, altas entregadas o procedimientos ejecutados.
Pero la caries dental no es solo una cavidad en un diente, es una enfermedad crónica, no transmisible y profundamente relacionada con las condiciones de vida. No aparece al azar, ya que afecta con más fuerza a quienes viven en contextos de mayor vulnerabilidad, donde comer saludable es más difícil, llegar a un centro de salud cuesta más, los horarios laborales no siempre permiten asistir a controles y la publicidad o disponibilidad de productos azucarados y ultraprocesados pesa más que cualquier consejo individual.
Por eso, decirle a una persona simplemente “cuídese más” puede ser insuficiente e incluso injusto. Las decisiones de autocuidado, como cepillarse los dientes, usar pasta fluorada, controlar el consumo de azúcar o asistir al dentista, no dependen solo de la voluntad, se construyen socialmente, ya que están condicionadas por los ingresos, el tiempo disponible, la educación, las experiencias previas con el sistema de salud, el miedo, la discriminación, el acceso a servicios y los entornos familiares, escolares y comunitarios.
En este punto, el Programa Control con Enfoque de Riesgo Odontológico, conocido como CERO, representa algo mucho más importante que un programa odontológico infantojuvenil. Representa un cambio de lógica.
El programa CERO rompe con la idea de que la odontología debe esperar el daño para actuar. Su propósito es controlar periódicamente la salud bucal de niños, niñas y adolescentes, identificar tempranamente el riesgo, acompañar a las familias y ajustar la intensidad de las acciones preventivas según la necesidad de cada persona. En vez de ordenar el sistema alrededor de la lesión, lo ordena alrededor del riesgo y de la mantención de la salud.
Ese giro puede parecer técnico, pero es profundamente político.
Porque un sistema que espera la aparición de lesiones de caries para actuar, termina premiando, aunque no lo diga, la enfermedad instalada. En cambio, un sistema que controla riesgo, acompaña trayectorias y mide cuántos niños permanecen sanos empieza a poner los incentivos donde deberían estar, que es en evitar que el daño ocurra.
La diferencia es enorme. No es lo mismo celebrar cuántas lesiones de caries se restauraron que preguntarse cuántos niños y niñas lograron permanecer libres de caries. No es lo mismo financiar solo la rehabilitación que organizar controles preventivos desde la erupción de los primeros dientes. No es lo mismo medir producción clínica que medir salud conservada.
Ahí está la fuerza del programa CERO, ya que hace visible la salud que antes pasaba inadvertida.
Además, el programa se instala en la Atención Primaria de Salud, es decir, en el espacio más cercano a las personas, sus familias y comunidades. Esto permite que la salud bucal deje de ser un asunto aislado del sillón dental y se conecte con el modelo de salud familiar, con el curso de vida y con la realidad cotidiana de los territorios.
El programa CERO no supone que todos los niños tienen el mismo riesgo ni que todas las familias necesitan lo mismo, al contrario, reconoce que hay distintas condiciones de vida y por lo tanto, distintas necesidades de apoyo. Esta idea es clave, ya que una política preventiva justa no trata a todos idénticamente, sino que entrega más intensidad allí donde existe mayor necesidad.
Los resultados disponibles son alentadores. Desde su implementación, el programa ha contribuido a consolidar una mirada preventiva en salud bucal infantil y se ha asociado a mejoras en indicadores de niños libres de caries, junto con una reducción de desigualdades. Aun así, las brechas persisten, lo que confirma que la prevención no puede depender solo de controles clínicos, también requiere políticas sobre alimentación, azúcar, ultraprocesados, acceso a servicios, educación, fluoruración, protección social y entornos saludables.
Por eso el programa CERO no debe entenderse como el punto final de la prevención, sino como una plataforma para avanzar hacia algo mayor, que el sistema de salud bucal deje de mirar la boca solo cuando duele y empiece a protegerla cuando todavía está sana.
Esta transformación también cambia el rol del dentista. El odontólogo no puede ser solo quien repara el daño acumulado, debe ser también un actor de salud pública, capaz de trabajar con equipos de atención primaria, comunidades, escuelas, municipios y tomadores de decisiones. Debe participar en la conversación sobre azúcar, desigualdad, acceso, políticas alimentarias y condiciones de vida.
Las caries, entendidas como una enfermedad socialmente transmitida, exige respuestas sociales. No basta con entregar consejos al lado del sillón dental si después las personas vuelven a entornos que hacen difícil sostener esos consejos. No basta con pedir autocuidado si no existen las condiciones materiales para cuidarse. No basta con educar si las alternativas saludables son más caras, más lejanas o menos disponibles.
El gran aporte del programa CERO es que empieza a alinear el sistema con una idea sencilla pero transformadora, que la salud también debe medirse cuando se conserva, no solo cuando se pierde.
En tiempos en que los sistemas sanitarios están presionados por listas de espera, enfermedades crónicas y costos crecientes, invertir en prevención no es un lujo ni una ingenuidad, es una forma inteligente de cuidar mejor, gastar mejor y reducir sufrimiento evitable.
La paradoja de la prevención nos recuerda que lo más importante en salud muchas veces es aquello que no llega a ocurrir, es decir el dolor que se evitó, la lesión de caries que no apareció, la familia que no tuvo que enfrentar una urgencia, el niño que pudo comer, dormir, sonreír y aprender sin molestias y en un futuro, personas mayores con todos sus dientes.
El programa CERO nos invita a mirar precisamente eso. A valorar la salud antes del daño, a reconocer que mantener población sana también es una forma concreta, medible y profundamente humana de hacer política pública.
Porque quizás la verdadera revolución en salud bucal no sea hacer más tratamientos, sino lograr que cada vez menos personas los necesiten.
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