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La familia postergada: causas y consecuencias de la baja fecundidad Opinión

La familia postergada: causas y consecuencias de la baja fecundidad

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Nicolás Garrido Pérez
Por : Nicolás Garrido Pérez Director Instituto de Políticas Económicas UNAB
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Chile desarrolló rápidamente las expectativas de una sociedad moderna —más educación, más autonomía, proyectos individuales— sin desarrollar a la misma velocidad las instituciones que permiten compatibilizar esos proyectos con la crianza.


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Chile tiene hoy la tasa de fecundidad más baja de su historia: 1,16 hijos por mujer, lejos de los 2,1 que estabilizan una población. La palabra “crisis” puede ser engañosa, porque no se trata de una emergencia de corto plazo, sino de una transformación estructural. Pero antes de discutir sus consecuencias conviene entender bien sus causas, porque el diagnóstico habitual está incompleto.

El dato más revelador no es la caída misma, sino la brecha que muestran las encuestas de opinión: el número ideal de hijos que las personas declaran sigue cercano a dos, mientras la fecundidad efectiva se desploma. Las preferencias no han caído tan rápido como los nacimientos. La pregunta correcta, entonces, no es por qué los chilenos no quieren hijos, sino qué les impide tener la familia que consideran deseable.

La evidencia descarta la explicación más simple: que no alcanza la plata. Cruzando los registros de nacimientos del DEIS con la encuesta Casen, la fecundidad cae con el ingreso: 56 nacimientos anuales por mil mujeres en el segundo decil contra 27 en el octavo. Si la restricción fuera presupuestaria, el gradiente iría al revés. El hijo no se comporta como un bien que se compra con ingreso, sino como una actividad cuyo costo principal es el tiempo y los proyectos desplazados: educación, carrera, autonomía personal.

Dos datos adicionales completan el cuadro. Primero, en el decil más rico la fecundidad repunta (38 por mil, más que en los deciles 7 a 9). Donde el ingreso permite comprar en el mercado lo que las instituciones no proveen —cuidado infantil, vivienda amplia, apoyo doméstico—, los hijos vuelven. Segundo, y más elocuente: las mujeres con educación universitaria tienen siete veces menos fecundidad que las de educación básica antes de los 25 años, pero más fecundidad después de los 35. No renunciaron a la maternidad; la postergaron. El problema es que la recuperación tardía repone una fracción mínima de lo postergado: la fecundidad de ciclo de vida de las universitarias apenas bordea un hijo por mujer. La ventana biológica convierte la postergación en renuncia involuntaria.

La síntesis es esta: Chile desarrolló rápidamente las expectativas de una sociedad moderna —más educación, más autonomía, proyectos individuales— sin desarrollar a la misma velocidad las instituciones que permiten compatibilizar esos proyectos con la crianza.

Las consecuencias ya están en las proyecciones. La población en edad de trabajar, que crecía 1,4% anual en 2010, crece hoy apenas 0,3% y comenzará a contraerse hacia comienzos de la próxima década; la relación entre mayores de 65 y población activa se duplicará entre 2010 y 2035. Eso significa más de un punto porcentual de crecimiento potencial que desaparece y que la productividad deberá reponer solo para quedar igual; presión creciente sobre el pilar solidario de las pensiones y sobre la salud pública, financiados por una base tributaria que envejece; y un sistema escolar diseñado para cohortes que ya no nacerán.

Frente a una fuerza laboral que se contrae existen cuatro mecanismos: más natalidad, más participación laboral, más migración y más productividad. La experiencia internacional muestra que revertir una fecundidad extremadamente baja es muy difícil, y la inteligencia artificial, aunque promisoria, es el mecanismo más especulativo de los cuatro. Quedan dos palancas concretas, y los datos muestran que una de ellas ya está operando: el 17,8% de los nacimientos del período 2020-2023 fue de madre extranjera, con tasas de fecundidad un 60% superiores a las chilenas. Chile no necesitará migración: ya depende de ella. La discusión pendiente no es si abrir o cerrar fronteras, sino qué migración, en qué magnitud y bajo qué instituciones —al modo de los sistemas activos de selección e integración de Canadá o Australia.

Y hay una política que aparece en las dos columnas de este análisis, como causa y como remedio: la infraestructura de cuidados. Es lo que hoy impide compatibilizar proyectos y crianza, y es también lo que libera el margen de participación laboral femenina, todavía baja en comparación internacional. Una misma inversión ataca el problema por ambos lados. En una sociedad que envejece, pocas políticas públicas pueden decir lo mismo.

*Las estimaciones citadas provienen de microdatos DEIS 2020-2023, Casen 2022 y proyecciones INE.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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