ANÁLISIS
Crédito foto: min. ciencia
Cómo, cuándo y dónde priorizar la ciencia
Una buena política debe buscar un balance, pero eso implica optimizar no solamente dentro de cada instrumento, sino también entre ellos, reconociendo diferencias en objetivos y estándares de éxito.
¿Cómo evaluaría la ciencia de la innovación las propuestas de priorización que apuntan a Fondecyt y Becas Chile?
La priorización es necesaria cuando los recursos son escasos en comparación con las necesidades. Eso responde un simple por qué. Pero preguntas como cómo, cuándo y dónde hacerlo son parte central de las ciencias de la innovación y la complejidad económica, ramas de la literatura académica que estudian los principios que rigen el crecimiento, difusión y valorización del conocimiento.
En este artículo uso ideas de esa literatura para poner en perspectiva las propuestas del Ministerio de Ciencia y la ministra Lincolao. Esto nos llevará a explorar el cómo, cuándo y dónde de la focalización sectorial y la focalización geográfica.
En la focalización sectorial, veremos un nivel adecuado de coincidencia entre las propuestas hechas por el gobierno y la ciencia de la innovación, aunque aún quedan preguntas importantes.
En la focalización geográfica encontraremos una distancia un poco mayor. El objetivo de este artículo no es una carta de apoyo ni de repudio, sino una invitación a discutir este tipo de políticas usando las herramientas que tenemos para evaluarlas.
Antes de ir al detalle, quisiera resaltar el uso de una palabra clave en el discurso: “capacidades.” La ministra Lincolao la usa para enmarcar su artículo en El Mercurio. Esta palabra es clave porque apunta a que el conocimiento no es una canasta de grandes categorías como ciencias sociales o naturales, sino una red compuesta por una infinidad de capacidades específicas, complementarias y distribuidas en personas, organizaciones e instituciones. Las capacidades son una idea central en las ciencias de la innovación y la complejidad económica que nos permiten entender dónde está un sistema de innovación y adónde puede ir. Es un marco conceptual que cambia la pregunta de política pública, apuntando no solo a qué áreas queremos desarrollar, sino a cómo podemos hacerlo dadas las capacidades que tiene Chile y las inercias que estas implican. La idea de capacidades nos ayudará a comprender los puntos de contacto entre las propuestas y la literatura que explora este tipo de instrumentos.
Desarrollo afín y estratégico
La existencia de capacidades granulares implica que las economías tienden a entrar en actividades relacionadas con las que ya realizan. Este es el principio de la afinidad (o principle of relatedness de la complejidad económica). Actividades relacionadas son las que requieren un portafolio de capacidades similar a las actuales. Eso no implica apostar solamente por lo que ya sabemos hacer, sino balancear un portafolio de apuestas que busca explotar las capacidades existentes y complementarlas con apuestas más riesgosas que buscan abrir nuevas trayectorias de desarrollo.
Este portafolio de apuestas es algo que se ha estudiado en detalle. Su tratado comienza estableciendo que el desarrollo basado solo en actividades afines es subóptimo (Alshamsi, Pinheiro & Hidalgo, 2018) y, por ende, que las políticas públicas de innovación deben buscar esta solución intermedia (Hidalgo, 2023) que podemos encontrar usando modelos de optimización (Stojkoski & Hidalgo, 2026). La lección es que la proporción óptima de apuestas arriesgadas sigue una U invertida, alcanzando su máximo cuando las economías tienen niveles medios-altos de complejidad. Eso quiere decir que los países con complejidad económica muy alta o baja deben concentrarse en productos afines. Pero aquellos en el medio tienen que arriesgar más en apuestas a actividades no afines.
En indicadores de complejidad de investigación y tecnología, construidos a partir de datos de publicaciones y patentes, Chile tiene niveles medios-altos de complejidad (ECI_investigación=23º y ECI_patentes=26º, comparado con 62º en ECI_comercio, ver enlace). Es decir, estamos en una situación donde debemos apostar una parte importante de nuestro portafolio a actividades no relacionadas.
Ahora, ¿Qué nos dice esto sobre la propuesta de asignar un 70% de Fondecyt de Posdoctorado a áreas prioritarias y mantener un 30% abierto a todas las áreas?
Por un lado, Chile tiene áreas afines: minería, litio y algunas áreas de ingeniería química son afines a las capacidades chilenas. Pero también en esos sectores estratégicos encontramos áreas prioritarias que son más deseables que afines, como la inteligencia artificial (Chile tiene algunas capacidades en ese campo, pero no está en la frontera comparado con minería). En resumen, hay un intento de balancear un portafolio. En el 30% que queda abierto, también deberíamos encontrar un número importante de actividades menos afines. Saber si el balance es óptimo es muy difícil, pero si aceptamos que algún tipo de balance es necesario, la pregunta es: ¿Estamos realizando ese balance de manera integral? ¿O estamos optimizando cada instrumento de política por separado?
El portafolio de políticas de innovación de Chile no está limitado a Fondecyt. Chile tiene varios instrumentos más, como Fondef, que financia investigación aplicada y desarrollo tecnológico, y los instrumentos de Corfo, que son más cercanos a la transferencia tecnológica y las empresas. Por lo que la pregunta no es solamente cuál debe ser el balance dentro de Fondecyt, sino cuál es el balance cuando incorporamos todos los instrumentos que tiene el Estado. Eso es algo más complejo que requiere de mucha coordinación, pero que también es fundamental. Si los instrumentos orientados a aplicaciones más directas son importantes, el balance de Fondecyt debe ser reevaluado.
Esto nos lleva naturalmente a las ciencias sociales y las humanidades. Estas no tienen por qué justificar su existencia por su contribución a la transformación productiva. El Estado tiene objetivos culturales que van más allá de la productividad. Para eso también cuenta con instrumentos, como los fondos del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, que apoyan investigación y producción cultural. Pero reconocer objetivos diferentes no significa renunciar a estándares de relevancia. Las actividades en estos campos también tienen que ser capaces de demostrar su adopción y uso. En literatura, por ejemplo, podemos preguntar si una obra es leída y traducida en otros idiomas; en las ciencias sociales, si el conocimiento o los marcos conceptuales producidos entran en conversaciones internacionales de políticas públicas. Un objeto de estudio puede ser profundamente local y al mismo tiempo producir conocimiento de relevancia global.
En resumen, una buena política debe buscar un balance, pero eso implica optimizar no solamente dentro de cada instrumento, sino también entre ellos, reconociendo diferencias en objetivos y estándares de éxito.
La geografía del conocimiento
Las propuestas del ministerio no solo han abierto la conversación sobre los sectores, sino que también la de la geografía. En simple, ¿Dónde deben estar las personas en las que Chile invierte? Esto incluye la conversación sobre Becas Chile. Acá la tentación es pensar que la estrategia óptima es focalizar los recursos en la geografía local. Chilenos trabajando en Chile. Pero la ciencia acá es bastante clara y nos dice que esa es la variable incorrecta. La unidad por optimizar no es el territorio, sino las redes. Esto nos invita a pensar en un conjunto de políticas muy distinto.
El conocimiento tiene un rango de difusión que está geográficamente limitado. Eso fue establecido con fuerza en los años 90 (Jaffe, Trajtenberg & Henderson, 1993; Audretsch & Feldman, 1996). Pero ese hecho no es una consecuencia pura de la geografía. El conocimiento se difunde a través de redes profesionales y sociales que tienen componentes locales y que hacen de la distancia geográfica un efecto secundario. Hace dos décadas, varios académicos mostraron que la difusión del conocimiento es, en gran medida, consecuencia de las redes sociales y profesionales (Breschi & Lissoni, 2005; Singh, 2005; Agrawal, Cockburn & McHale, 2006). Esto implica que la unidad relevante en las políticas de innovación no es la posición geográfica del investigador, sino su posición en la red global de creación de conocimiento.
Esto implica que el objetivo no es maximizar el número de investigadores chilenos físicamente en Chile, sino la calidad, diversidad y alcance de las redes a las que Chile está conectado. Es más valioso para Chile un chileno exitoso en el extranjero, con redes que conectan a Chile con el mundo, o un extranjero residente en Chile con buenas redes locales y globales, que un chileno residente en Chile con pocas conexiones. Esto invita a pensar en instrumentos de reinserción sin requerir repatriación, especialmente para investigadores líderes que sean canales de conexión con otros sistemas de innovación en el mundo.
Esto no hace irrelevante a la geografía. Las universidades y laboratorios son catalizadores de estas redes. Pero dado que la ciencia y la tecnología son actividades globales, no podemos tener una política de economía cerrada. Lo que no funciona para el comercio, tampoco es sensato para la innovación. Lo que importa en un académico son las conexiones y canales que esa persona genera para Chile, no si su escritorio está en Providencia, París o Pittsburgh.
Es importantísimo que nuestro sistema de innovación esté finalmente en la palestra. La innovación no es una urgencia, como la seguridad o la salud, pero es fundamental en el largo plazo, porque ayuda a determinar los niveles futuros de crecimiento y bienestar de la población. Pero para construir un buen sistema de investigación e innovación debemos utilizar el conocimiento que tenemos en este tema. Este nos ayudará no solo a evaluar las políticas que se proponen, sino a pensar y justificar las políticas del futuro. Este tipo de procesos requiere constantes ajustes y para eso necesitamos entender las dinámicas sectoriales y geográficas y los principios que las subyacen. Hay buen conocimiento en este tema que podemos aprovechar para ir mejorando nuestro modelo.
Apéndices
- Recursos adicionales
¿Cuáles son las capacidades científicas de Chile? ¿Y qué universidades y académicos las poseen?
Estas preguntas y otras las podemos explorar con herramientas como Rankless , una plataforma analítica que construimos con mi equipo en el CCL de Budapest utilizando datos de millones de investigadores y miles de universidades. Acá podemos ver los mapas del espacio de investigación de Chile y de sus universidades, observando dónde se especializa cada una de estas y cuáles son sus espacios afines. Las redes de citas y colaboración también permiten ver una segunda capa: no solamente qué sabe Chile, sino con quién desarrolla este conocimiento y en qué otros países e instituciones se utiliza el conocimiento realizado en Chile.
- Referencias
Agrawal, A., Cockburn, I., & McHale, J. (2006). “Gone but not forgotten: Knowledge flows, labor mobility, and enduring social relationships.” Journal of Economic Geography, 6(5), 571–591.
Alshamsi, A., Pinheiro, F. L., & Hidalgo, C. A. (2018). “Optimal diversification strategies in the networks of related products and of related research areas.” Nature Communications, 9, 1328.
Audretsch, D. B., & Feldman, M. P. (1996). “R&D spillovers and the geography of innovation and production.” American Economic Review, 86(3), 630–640.
Breschi, S., & Lissoni, F. (2005). “‘Cross-firm’ inventors and social networks: Localised knowledge spillovers revisited.” Annales d’Économie et de Statistique, 79/80, 189–209.
Hidalgo, C. A. (2023). “The policy implications of economic complexity.” Research Policy, 52(9), 104863.
Jaffe, A. B., Trajtenberg, M., & Henderson, R. (1993). “Geographic localization of knowledge spillovers as evidenced by patent citations.” The Quarterly Journal of Economics, 108(3), 577–598.
Singh, J. (2005). “Collaborative networks as determinants of knowledge diffusion patterns.” Management Science, 51(5), 756–770.
Stojkoski, V., & Hidalgo, C. A. (2026). “Optimizing economic complexity.” Research Policy, 55(4), 105454.
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