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Atacama, portal del desierto

Atacama, portal del desierto

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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El desierto era el vacío, la nada; las ciudades empezaban más al sur. Hasta que los hallazgos minerales, en especial plata y cobre, cambiaron la historia; nos volvimos país minero, dependiente de las riquezas ocultas en esos parajes hostiles pero dotadas de una extraña belleza.


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Fue nuestro límite norte. Más allá estaba el vacío, el desierto infatigable, miles de kilómetros. ¿A quién podría interesarle?

Sin embargo, el ser humano vivió deslumbrado desde siempre por el brillo del oro y de la plata. Ya se extraían minerales en esas soledades hace 1.500 años. Luego llegaron los incas, que armaron una gran empresa, la mayor de la época: un monumental centro metalúrgico de 26 hornos para fundir cobre cerca de Copiapó, procesarlo en el noroeste de la actual Argentina y distribuirlo desde Cuzco a todo el imperio. Los españoles continuaron extrayéndolo para la fabricación de cañones en España o para las grandes pailas de uso en los ingenios azucareros peruanos. Sin embargo, el verdadero despertar de Atacama sucedió tras la Independencia.

Como si la República naciera iluminada desde lo alto, muy pronto, en 1824, Diego de Almeyda explora su región natal; se mueve desde una caleta de indios changos, a la que da el nombre de Caldera. Cuando logra exportar cobre, lo hace desde un puerto que lo considera como a su fundador: Chañaral. Amante de su tierra, donde iba sembraba frutales para los habitantes del futuro. De ahí la frase de Vicuña Mackenna: “Dios creó los desiertos y Diego de Almeyda sus oasis”.

El mestizo Juan Godoy, con un hallazgo muy afortunado, inaugura en 1832 la fiebre de la plata. La noticia recorre medio mundo y comienzan a llegar aventureros de países cercanos —argentinos—, pero también de Europa. Es el mineral de Chañarcillo, uno de los mayores en la historia de América: cerca de 300 toneladas de plata pura, que serán fundamentales para organizar el país y activar la economía por cerca de 30 años. El comercio nacional, la modernización de la agricultura, la infraestructura, la vitivinicultura: todo se desarrolla. Para trasladar el material, los mineros construyen el primer ferrocarril extenso de Sudamérica, de Copiapó a Caldera.

No era un paraíso. La brutal dureza del trabajo genera una economía de expansión —chinganas, bares, casas de juego y prostíbulos—, para desahogos que, a pesar de ello, se acumulan; allá se produce la primera huelga obrera en Chile. Ante el resto del país, el minero es alguien diferente. Capaz de permanecer días, semanas, en soledad, en medio de un paisaje hostil, al ser tocado por la mano de la fortuna era capaz de gastar sin cautela. Los habrá que levanten palacios y naveguen por el mundo en barcos lujosos, pero también los que mueran en la miseria. Intensos.

La capital regional, Copiapó, será cosmopolita y vital. Su brillo atraerá a periodistas e intelectuales, quienes denuncian las condiciones laborales y dan lugar al primer movimiento social chileno y al primer partido político moderno del país, el Radical, un actor relevante de la vida pública —voz de las cosas medias— por cerca de un siglo. Candelaria Goyenechea, entretanto, líder social y filántropa, aporta un hospital para los mineros y escuelas para sus hijos, para así mejorar la calidad de vida de los trabajadores.

La vida social y cultural será dinámica, con figuras como Rosario Orrego, “la primera periodista nacional”, quien escribe una novela costumbrista —Los Busca Vidas— sobre la vida atacameña. Isidora Zegers, música casada con otro minero, funda la Sociedad Filarmónica de Copiapó, que orientará las vocaciones de varios jóvenes. Entretanto, los hermanos Gallo contratan músicos italianos que recrean a los paseantes de la plaza los domingos. También impulsan el teatro, que recibirá compañías italianas que llegarán directo, sin pasar por Santiago. Domingo Faustino Sarmiento, José Victorino Lastarria y Carlos Bello son otros intelectuales que prueban suerte en las minas y dejan sus recuerdos de esos años, que marcarán sus vidas; también Vicente Pérez Rosales. Protagonistas del Chile clásico, aquí forjaron su mirada del país. De mármol, en la plaza, se levantará un monumento dedicado a Godoy, el descubridor.

El aduanero Máximo Villaflor, desde Chañaral, llamó a colonizar el desierto: ¿Qué iba a pasar en Atacama cuando se agotaran las vetas y no hubiera nuevos hallazgos? ¿Cuando los aventureros extranjeros, y también los chilenos del sur, volvieran a sus tierras? Desde la Escuela de Minas de Copiapó, impulsada por mineros, Ignacio Domeyko —“el padre de la minería en Chile”— buscó un desarrollo científico que alejara ese riesgo. Efectivamente, será un exalumno, Francisco San Román, quien, por encargo del Gobierno y una vez terminada la Guerra del Pacífico, haga un registro metódico de las potencialidades de Tarapacá, Antofagasta y Atacama, todo el Norte Grande.

Para otro sabio científico, Claudio Gay, debía observarse que las maderas ocupadas en las fundiciones estaban agotando arbustos y matorrales, por lo que algunos estaban casi extintos. La introducción del horno de reverbero, del alsaciano Carlos Lambert, en ese período, aumentó la presión sobre la flora, puesto que su tecnología permitió trabajar minas antes abandonadas por no ser rentables. Una paradoja es que varios mineros exitosos financiaron obras de regadío en el sur, con lo que el Valle Central se volvió más verde.

El siglo XX traería una actividad minera centrada en el cobre, en Potrerillos y El Salvador, grandes proyectos que serían fundamentales en el perfilamiento de Chile como país minero, con un desarrollo industrial a gran escala que lleva a que el país lidere la producción mundial. La Universidad de Atacama, heredera de la Escuela de Minas, que desarrolla actividades relacionadas con la economía regional, también es protagonista en el cuidado del patrimonio ambiental y en la búsqueda de innovaciones —y transferencias tecnológicas— que permitan la conciliación entre empresa y medioambiente para un futuro sustentable.

El reciente interés por los testimonios patrimoniales ha permitido recuperar la nobleza de la Alameda Matta de Copiapó, con sus mansiones y monumentos relacionados con la estación del ferrocarril y con la Zona Típica adyacente. En tanto, la casa del líder radical Manuel Antonio Matta Goyenechea alberga el Museo Regional, con testimonios de sus distintos períodos. Para los viajeros del sur, Copiapó ha vuelto a ser la ciudad para acopiarse, la estación base, antes de internarse en el interminable desierto que se despliega hacia el norte.

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