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Invitadas por género, ignoradas por mérito: el machismo que se disfraza de inclusión Opinión Crédito foto: magnific.es

Invitadas por género, ignoradas por mérito: el machismo que se disfraza de inclusión

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El llamado es concreto: si vas a invitar a una académica, investigadora o profesional, invítala porque es la persona que mejor puede hablar de ese tema. Punto. Si no sabes si lo es, infórmate. Lee su trabajo. Revisa su trayectoria.


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Hay una escena que se repite con inquietante frecuencia en las actividades de la academia. Un congreso se acerca, un panel se arma, y alguien revisa la lista de expositores con cierta incomodidad. Faltan mujeres. Entonces llega el mensaje: “Oye, ¿puedes participar? Es que necesitamos a una mujer en el panel”. La invitación llega. Pero no por lo que sabes, sino por tu género.

Esta práctica, ya instalada como una suerte de protocolo informal en eventos académicos y científicos, merece ser llamada por su nombre: es una forma de devaluación. Sofisticada, bienintencionada, incluso festejada por algunos como señal de avance. Pero devaluación al fin.

El argumento de quienes la ejercen es comprensible en su origen: los paneles con mayor diversidad de género son evaluados con mejor puntaje, percibidos como más legítimos, más completos. Y es cierto. Hay evidencia de sobra que respalda el valor epistémico de la diversidad. El problema no está en querer que las mujeres estén. El problema está en por qué se las invita y cómo se les comunica esa razón.

Nadie le escribe a un colega hombre: “Te invitamos porque faltan hombres”. Esa frase no existe. De hecho, en la mayoría de los casos, quien advierte que “faltan mujeres” y activa esa búsqueda tardía, suele hacerlo desde una posición en la que su propio género nunca ha sido considerado criterio de invitación.

Al hombre se lo invita por su trayectoria, por su publicación reciente, por ser referente en el tema, por la red de contactos que lo conecta con el organizador, su género es invisible en el proceso.

A la mujer, en cambio, se la hace consciente de él justo en el momento en que debería importar menos: cuando se evalúa su competencia para ocupar un espacio intelectual.

Esto no es un gesto de inclusión. Es una inversión de prioridades que termina reproduciendo exactamente la lógica que dice combatir. Cuando el género antecede al conocimiento especializado, el mensaje implícito es que este no alcanza por sí solo. Hubo que sumar algo. Que ella no llegó al panel porque es experta en el área o porque era la mejor voz posible sobre ese tema, sino porque era necesaria para completar una cuota estética, institucional, evaluativa. Y las mujeres lo saben. Lo sentimos. 

Este fenómeno no es nuevo. La filósofa Miranda Fricker nos permite nombrarlo: lo que ocurre cuando se convoca a una mujer por su género y no por su saber es una forma de injusticia epistémica. Específicamente, una injusticia de credibilidad invertida y paradójica: se la incluye, sí, pero en un gesto que, simultáneamente, revela que su conocimiento no fue el criterio principal.

Fricker argumenta que las mujeres han sido históricamente ubicadas en posiciones de menor credibilidad intelectual, en las que su saber vale menos o requiere ser justificado por factores externos a su propia competencia.

Lo más contradictorio es que esta práctica se sostiene en un sistema de incentivos que, en apariencia, busca corregir una injusticia histórica. Los comités evaluadores de proyectos y fondos concursables efectivamente valoran la representación femenina. Y esa valoración tiene sentido: viene a compensar décadas de exclusión sistemática. Pero cuando la respuesta institucional a ese incentivo es buscar a una mujer, cualquier mujer, para cumplir con la forma, el fondo se vacía.

La brecha de género en la ciencia no se cierra poniendo cuerpos femeninos en los programas. Se cierra cuando esos cuerpos están ahí porque nadie pensó dos veces en si debían estarlo.

Es importante aclarar, el problema no es la cuota, ni la búsqueda activa de mujeres, ni el esfuerzo institucional por corregir desigualdades históricas. Al contrario, en muchos espacios esas medidas siguen siendo necesarias, porque si la representación se deja simplemente a la inercia de las redes existentes, las mujeres quedan fuera.

La inclusión no ocurre sola. Requiere intención, criterios explícitos y responsabilidad por parte de quienes organizan. Pero precisamente por eso importa preguntarse cómo se incluye. La cuota puede abrir una puerta; lo que no puede hacer es reemplazar el reconocimiento del mérito.

Si la presencia de mujeres se gestiona como un trámite de último minuto, generalmente activado cuando un hombre advierte que “faltan mujeres” en la mesa, el gesto pierde su potencia transformadora y se convierte en una señal de que la diversidad fue pensada tarde, no desde el diseño intelectual del espacio.

La pregunta que deberíamos hacernos antes de extender cualquier invitación es siempre la misma, independientemente del género de quien convocamos: ¿es esta persona la más adecuada para hablar de esto, en este contexto, con esta audiencia? Si la respuesta incluye las palabras “además”, además es mujer o “además suma para la evaluación”, algo está mal en el orden de los criterios.

Entonces, el llamado es concreto: si vas a invitar a una académica, investigadora o profesional, invítala porque es la persona que mejor puede hablar de ese tema. Punto. Si no sabes si lo es, infórmate. Lee su trabajo. Revisa su trayectoria. Haz el esfuerzo que harías con cualquier otro nombre de tu lista. Y si después de eso la invitas, hazlo diciéndole exactamente eso: “Te invito porque tu trabajo es relevante para esta conversación”. No porque falte una mujer. No porque el comité lo pide. No porque el panel se ve mejor.

Las mujeres en la ciencia necesitamos ser visibilizadas, valoradas y convocadas por lo que hacemos, no por lo que representamos en una lista. No es un pedido menor ni un gesto simbólico: es la condición mínima para que el conocimiento que producimos circule, se debata y se acumule con la misma legitimidad que el de cualquier otro.

Cuando una mujer no es convocada por su aporte intelectual, o cuando se la convoca solo para completar una cuota, no solo se devalúa su trayectoria, también se empobrece la conversación científica. Se pierde una mirada, una forma de hacer preguntas, de construir evidencia, de interpretar resultados, de debatir, de enseñar y de comunicar. Se pierde, en definitiva, una parte del conocimiento posible.

Los que organizan, evalúan y convocan tienen una responsabilidad activa y concreta en ese cambio: mientras sigan abordando la diversidad de género como un trámite de último minuto, como un casillero que hay que marcar antes de enviar el formulario, seguirán siendo parte del problema que dicen querer resolver. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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