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El banjo del Endurance y la psicología social  de una ciudad antártica Opinión

El banjo del Endurance y la psicología social de una ciudad antártica

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Marcelo Astorga
Por : Marcelo Astorga sociólogo Proyecto NODO INACH
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Quizás una ciudad antártica plena comience justamente ahí: cuando somos capaces de descubrir las conexiones ocultas entre nuestra vida cotidiana y las historias que todavía sobreviven, silenciosamente, en nuestras calles.


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Cuando el Endurance quedó atrapado en los hielos antárticos y la tripulación de Sir Ernest Shackleton debió abandonar el barco para sobrevivir, hubo una decisión aparentemente menor que con el tiempo se volvió profundamente simbólica.

Entre el caos, el hambre y la necesidad de reducir al mínimo las pertenencias, Shackleton permitió conservar un banjo que pertenecía al Dr. Leonard Hussey, meteorólogo de la expedición.

No servía para navegar ni para sobrevivir físicamente, pero en medio del aislamiento extremo, la música cumplía otra función: sostener la moral, mantener la cohesión y recordar, aunque fuera por algunos minutos, que seguían siendo humanos.

Hace algunos días, volvimos a pensar en esa historia mientras acompañábamos a estudiantes de segundo año de la carrera de psicología de la Universidad de Magallanes, a recorrer calle Roca, O’Higgins, Lautaro Navarro y Montt buscando las huellas del Circuito Histórico Antártico.

La última parada fue frente al actual Celebrity Pub, en la esquina de O’Higgins con José Menéndez. Allí estuvo el antiguo Hotel Royal, lugar donde en septiembre de 1916 fueron fotografiados Shackleton y Luis Pardo junto a varios de los sobrevivientes del Endurance tras su rescate desde los hielos antárticos.

Hoy el hotel ya no existe. En su lugar hay música, tránsito y vida nocturna, pero mientras los estudiantes sostenían en sus manos una reproducción de aquella fotografía histórica tomada hace más de cien años, exactamente en ese punto, la escena permite darle una continuidad entre pasado y presente. Como si por un momento la ciudad permitiera ver las capas de memoria que todavía permanecen inscritas en ciertos lugares.

La imagen tenía algo profundamente urbano y simbólico. Un grupo de futuros psicólogos de la ciudad sostenía en sus manos la fotografía de los sobrevivientes del Endurance tomada exactamente en ese mismo lugar hace más de un siglo atrás. Detrás aparecía el letrero del Celebrity Pub; delante, los rostros agotados de hombres que acababan de sobrevivir a uno de los episodios más extremos de la exploración antártica. Distintas capas de memoria parecían superponerse en una misma esquina, separadas por cien años, pero unidas por algo profundamente humano: la necesidad de reunirse, celebrar la supervivencia y darle sentido colectivo a experiencias límite.

Desde la psicología social solemos decir que las ciudades producen identidad colectiva. No solo porque acumulan monumentos o edificios históricos, sino porque organizan formas de encuentro, memoria y experiencia compartida. 

Sin embargo, a veces las ciudades conviven diariamente con historias extraordinarias sin incorporarlas plenamente a su conciencia colectiva.

Algo parecido ocurre con Punta Arenas y la Antártica. Sabemos que existe una relación profunda, la repetimos en discursos, está presente en el turismo y en símbolos regionales, pero muchas veces esa conexión no alcanza a convertirse en una experiencia cotidiana significativa para quienes recorren diariamente la ciudad, trabajan en ella o habitan sus espacios comunes.

Este hecho nos recuerda que, en medio del hielo, el hambre y la incertidumbre, la música funcionó como una forma de refugio emocional y cohesión colectiva. Aquel instrumento —que probablemente, tras el rescate, también pasó por el antiguo Hotel Royal y que hoy es una de las piezas destacadas del  National Maritime Museum (Londres, Inglaterra)— sobrevivió no por utilidad práctica, sino porque ayudaba a sostener algo invisible, pero fundamental: el vínculo entre las personas.

Tal vez ahí exista también una clave patrimonial para Punta Arenas. No solo conservar placas o relatos históricos, sino activar lugares capaces de volver significativa esa memoria en la experiencia cotidiana de la ciudad. Esa esquina de calle O’Higgins con José Menéndez podría ser precisamente uno de esos espacios.

Tal vez por eso resulta tan sugerente que hoy, en el mismo lugar donde alguna vez llegaron los sobrevivientes del Endurance, exista nuevamente un espacio asociado a la música. El antiguo Hotel Royal desapareció físicamente, pero el lugar sigue convocando personas. 

Quizás una ciudad antártica plena comience justamente ahí: cuando somos capaces de descubrir las conexiones ocultas entre nuestra vida cotidiana y las historias que todavía sobreviven, silenciosamente, en nuestras calles.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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