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La evidencia muestra que… Opinión

La evidencia muestra que…

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Luis Navarro
Por : Luis Navarro Académico e investigador UNAB Doctor en Educación con especialización en política y gestión educativa
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Anteponer la evidencia puede ser una forma de evadir la pregunta de fondo: qué tipo de educación queremos y para quién.


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Si usted quiere participar en el debate educativo nacional (por ejemplo, de la reforma del SAE o de los SLEP), incorpore conveniente y obligatoriamente esta frase: “la evidencia muestra que…”. Si lo hace, entonces conseguirá la atención del lector informado.

La evidencia opera como el mecanismo para dar legitimidad a lo que se defiende o bien para dar por cerrada la discusión. Es casi como un timbre notarial: certifica lo real y lo definitivamente resuelto. Sin embargo, el notario no crea la verdad, simplemente la consagra, cobra por hacerlo y, a veces, confunde los papeles.

La evidencia corre un riesgo similar: quien apela a la evidencia parece creer que habla desde el lugar aséptico de los hechos, mientras que quien la cuestiona corre el riesgo de parecer irracional, obtuso o simplemente ignorante.

Pero el problema no es que la evidencia esté presente en el debate. El problema es cómo lo hace: llega selectivamente, pone sus papeles sobre la mesa y pretende dar por terminada la reunión antes de que los demás hablen.

Vamos a uno de los debates troncales: el rol del mercado en el sistema escolar chileno. Durante años, los promotores del cuasimercado y la libre elección han citado estudios que mostraban efectos positivos de la competencia sobre el rendimiento académico.

Desde el frente, sus críticos citaban otros estudios que documentaban segregación, selección y deterioro de la educación pública. Aunque ambos bandos tenían evidencia, a poco andar quedaba claro que el debate real no era sobre los datos: era sobre si la educación es un bien de consumo o un derecho social, si la elección individual es el valor central o lo es la cohesión comunitaria, si el Estado debe garantizar provisión directa o simplemente regular a proveedores privados.

Eran y siguen siendo decisiones ancladas social, política y filosóficamente.

Las preguntas por los sentidos y fines de la educación deben ser siempre accesibles para el debate ciudadano. Cuando se antepone la evidencia, la participación del ciudadano de a pie se ve truncada o capturada por sectores o grupos de interés. De allí que, paradojalmente, entre los efectos de la apelación permanente a la evidencia está la despolitización: cuando se dice -por ejemplo- que la evidencia muestra que la evaluación docente mejora los aprendizajes, se oculta que esa afirmación ya tomó partido y definió los aprendizajes, decidió que el docente es una variable más relevante que las condiciones materiales y asumió que la evaluación con consecuencias es el mecanismo correcto de mejora. Ninguna de esas decisiones es puramente técnica y decirlas en el lenguaje de la evidencia no las hace más verdaderas: las hace menos discutibles.

El segundo efecto es la colonización epistémica. Buena parte de la evidencia que circula en el debate chileno tiene su origen en estudios realizados en Estados Unidos o Europa que se enarbolan como verdades sin mayor mediación crítica, como si los sistemas educativos fueran canjeables ¡Pero no lo son! No hay otro sistema cuya configuración asigne tanta importancia a la educación financiada por el Estado, al mismo tiempo que la propiedad y la administración estén en manos privadas.

El tercer efecto es la exclusión de los significados y valores en el debate público. Una política educativa no puede decidirse solo sobre la base de “lo que funciona”, porque esa pregunta supone ya haber respondido otra: ¿Funciona para qué, en qué condiciones y para quién?, ¿Para escuelas que maximizan el rendimiento en pruebas estandarizadas o que forman ciudadanos críticos?, ¿Para un sistema que premie el mérito individual o que redistribuya las oportunidades?

Estas no son preguntas académicas. Son preguntas sobre la sociedad que queremos y responderlas requiere deliberación democrática.

Así visto, anteponer la evidencia puede ser una forma de evadir la pregunta de fondo: ¿Qué tipo de educación queremos y para quién? Una pregunta que se responde en un debate político abierto, donde los valores e intereses se nombran, se disputan y no se ocultan detrás de cálculos e informes.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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