Opinión
El problema no es la edad, es el edadismo
No se trata de negar que el envejecimiento trae desafíos. Las enfermedades existen, la dependencia existe y muchas personas necesitarán apoyos.
La evidencia científica acumulada durante la última década muestra que el edadismo no solo discrimina a las personas mayores. También modifica su comportamiento, deteriora su salud, favorece la dependencia y aumenta los costos para los sistemas sanitarios. Combatirlo ya no es solo una cuestión de derechos; es una prioridad de salud pública para las sociedades longevas.
Cuando pensamos en las amenazas del envejecimiento solemos imaginar enfermedades, dependencia o fragilidad. Sin embargo, una de las más peligrosas no aparece en ningún examen médico. Vive en las palabras con las que hablamos de la vejez, en las expectativas que construimos sobre ella y en los prejuicios que terminan convenciendo a las propias personas mayores de que ya no pueden hacer aquello que todavía son perfectamente capaces de hacer. Ese fenómeno tiene un nombre: edadismo.
Durante mucho tiempo lo entendimos únicamente como una forma de discriminación. Hoy la evidencia científica ha ampliado radicalmente esa comprensión. Investigaciones desarrolladas por la Universidad de Yale, la Universidad de Harvard, el Stanford Center on Longevity y la Organización Mundial de la Salud muestran que el edadismo no solo vulnera derechos. También cambia la forma en que las personas envejecen. Los mensajes negativos sobre la vejez modifican expectativas; las expectativas modifican conductas; y esas conductas terminan influyendo en la salud, la autonomía y la participación social.
La Organización Mundial de la Salud dio una señal inequívoca cuando publicó su Informe Mundial sobre Edadismo. Sus cifras son tan elocuentes como preocupantes: una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas hacia las personas mayores, mientras una de cada tres personas mayores declara haber experimentado discriminación por su edad. Pero quizás la principal contribución del informe no sean esas cifras, sino una idea mucho más profunda: el edadismo acorta la vida, deteriora la salud física y mental, incrementa la soledad, limita el acceso a oportunidades y genera costos económicos evitables. En otras palabras, no estamos únicamente frente a un problema de convivencia; estamos frente a un problema de salud pública.
La investigadora Becca Levy, de la Universidad de Yale, lleva más de dos décadas intentando responder una pregunta que parecía impensada: ¿pueden los prejuicios enfermar? Sus investigaciones sugieren que sí. Levy desarrolló la denominada Teoría de la Incorporación de los Estereotipos, según la cual las ideas que una sociedad transmite sobre la vejez no desaparecen con el tiempo. Las escuchamos desde niños: que las personas mayores ya no aprenden, que inevitablemente pierden memoria, que son una carga o que ya no están para asumir nuevos desafíos y las incorporamos como verdades. Décadas después, cuando nosotros mismos alcanzamos esas edades, esos mensajes dejan de hablar de otros y comienzan a definir lo que creemos posible para nuestra propia vida.
La evidencia acumulada es difícil de ignorar. Una revisión sistemática publicada por el equipo de Yale analizó 422 investigaciones realizadas en 45 países y encontró que el edadismo se asociaba con peores resultados de salud en el 95,5 % de los estudios revisados. Los efectos aparecían prácticamente en todos los ámbitos analizados: peor salud cardiovascular, mayor riesgo de depresión, deterioro cognitivo, menor actividad física, mayor aislamiento, peor recuperación funcional e incluso menor expectativa de vida. Son pocos los factores sociales cuyo impacto sobre la salud que hayan mostrado un nivel de consistencia semejante.
Quizás el hallazgo más inquietante no sea que el edadismo discrimina, sino la forma en que logra hacerlo. No actúa únicamente desde fuera, mediante decisiones injustas o comentarios despectivos. También termina habitando dentro de las personas. Quien comienza a pensar que “ya no tiene edad” para aprender un idioma, iniciar un emprendimiento, viajar, enamorarse, participar en una organización o simplemente caminar unas cuadras más, empieza a reducir su vida mucho antes de que una enfermedad se lo imponga. Poco a poco el horizonte se estrecha. No porque la edad haya limitado sus capacidades, sino porque el prejuicio limitó primero sus expectativas.
Esta es probablemente la gran contribución de la investigación reciente: demostrar que muchas veces no dejamos de hacer cosas porque envejecemos; envejecemos peor porque dejamos de hacer cosas. El edadismo opera como una profecía autocumplida. Convierte en inevitables pérdidas que, en numerosos casos, podrían haberse retrasado o incluso evitado.
La buena noticia es que el proceso también puede funcionar en sentido contrario. Un estudio reciente del equipo de Yale, basado en más de 11.000 personas mayores de 65 años seguidas durante hasta doce años, encontró un resultado que desafía uno de los prejuicios más arraigados de nuestra cultura. El 45,15 % mejoró en al menos uno de los dos indicadores evaluados; función cognitiva o capacidad física medida por la velocidad de marcha; y quienes mantenían percepciones más positivas sobre el envejecimiento presentaban una probabilidad significativamente mayor de experimentar esas mejorías. Los propios autores concluyen que la narrativa predominante del envejecimiento como un proceso de deterioro inevitable debe ser reconsiderada. La vejez no es una trayectoria única ni uniforme; es mucho más diversa y dinámica de lo que solemos imaginar.
Desde otras disciplinas, las conclusiones apuntan en la misma dirección. El histórico Harvard Study of Adult Development, que ha seguido a varias generaciones durante más de ocho décadas, demuestra que las relaciones humanas significativas constituyen uno de los principales predictores de salud y longevidad. Stanford, por su parte, sostiene que las personas mayores conservan durante mucho más tiempo capacidades para aprender, innovar, trabajar y contribuir, y que el verdadero problema no es el envejecimiento de las personas, sino el envejecimiento de instituciones que siguen organizándose como si la vida terminara veinte años antes.
Las consecuencias económicas tampoco son menores. Investigadores de Yale estimaron que solo en Estados Unidos el edadismo genera alrededor de 63 mil millones de dólares anuales en gastos adicionales de salud asociados a algunas de las enfermedades más frecuentes en personas mayores. Combatir el edadismo, por tanto, no solo mejora la calidad de vida; también constituye una estrategia de eficiencia para los sistemas sanitarios.
Chile acaba de iniciar una nueva etapa con la entrada en vigencia de la Ley de Envejecimiento Digno, Activo y Saludable. Su implementación ofrece una oportunidad para incorporar esta evidencia en las políticas públicas. Combatir el edadismo no puede reducirse a campañas comunicacionales ocasionales. Requiere formar a los equipos de salud y de cuidados para reconocer y evitar prácticas edadistas; revisar políticas laborales que excluyen tempranamente a trabajadores experimentados; promover el aprendizaje permanente; fortalecer el contacto intergeneracional desde la escuela; diseñar ciudades que favorezcan la autonomía y la participación; e instalar una narrativa pública que deje de asociar automáticamente la vejez con pérdida y dependencia.
No se trata de negar que el envejecimiento trae desafíos. Las enfermedades existen, la dependencia existe y muchas personas necesitarán apoyos. Pero convertir esas situaciones en el único relato posible sobre la vejez constituye uno de los errores más costosos que una sociedad puede cometer. Allí donde solo vemos fragilidad dejamos de reconocer experiencia; donde solo vemos dependencia dejamos de descubrir contribución; donde solo vemos necesidades dejamos de valorar capacidades.
Si el siglo XX nos enseñó que una sociedad más justa se construye desmontando prejuicios profundamente arraigados, el siglo XXI nos enfrenta a un desafío semejante. La longevidad es uno de los mayores logros de la humanidad, pero el edadismo amenaza con convertir ese logro en una experiencia de renuncias anticipadas. Hemos aprendido a vivir más años; ahora debemos aprender a vivirlos mejor.
Porque el problema no es la edad. Es el edadismo. Mientras sigamos creyendo que envejecer consiste inevitablemente en perder capacidades, seguiremos diseñando políticas para administrar el deterioro en lugar de promover el potencial de una sociedad longeva. Combatir el edadismo no es proteger exclusivamente a las personas mayores. Es una estrategia para prevenir dependencia, mejorar la salud, fortalecer la participación y construir un país capaz de aprovechar el mayor logro demográfico de nuestra historia: vivir más años.
Si tenemos la fortuna de envejecer, todos habitaremos algún día la edad que hoy estamos aprendiendo —o negándonos— a valorar.
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