Opinión
La oportunidad que Chile no puede dejar pasar
Así como hace más de 50 años Chile identificó una gran oportunidad de la industria del salmón y decidió actuar , hoy el país tiene la posibilidad de hacer lo mismo en la industria de la tecnología, con más información, mejores condiciones y ejemplos concretos sobre la mesa.
En 1969, un acuerdo con la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) cambió para siempre la economía del sur de Chile permitiendo sentar las bases para una nueva y prominente industria del salmón.
Aunque el país ya contaba con condiciones naturales privilegiadas en sus fiordos, fue esta apuesta estratégica por el desarrollo tecnológico y la diversificación de exportaciones la que convirtió a Chile en el segundo productor mundial con el 25% del mercado global del salmón.
Este éxito demuestra que las potencias exportadoras no nacen por azar, sino que se construyen; una lección clave si hoy queremos aplicar ese mismo diseño de incentivos y transferencia tecnológica para impulsar la economía del conocimiento.
La semana pasada tuve el privilegio de participar de un encuentro organizado por ACTI, con la presencia del sector público, privado y la academia, que podría servir como germen para un nuevo acuerdo como el de 1969 pero sobre la Economía Digital. De este encuentro me llevé una certeza: Chile tiene hoy la oportunidad inédita de construir consenso político y productivo alrededor de una industria capaz de generar empleo calificado, divisas y nuevas empresas globales. Para entender el tamaño de esa oportunidad, vale cruzar por un momento la cordillera.
En 2004 Argentina intentaba recuperarse de una de las peores crisis económicas de su historia y tomó la decisión estratégica de impulsar a través de políticas públicas la industria del software. Es verdad que a comienzos de los 2000, pocos imaginaban que una industria basada en programadores, ingenieros y exportación de servicios terminaría convirtiéndose en uno de los principales generadores de empleo calificado y divisas de Argentina. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió.
Lo que comenzó como una apuesta sectorial terminó transformándose en uno de los motores más dinámicos de su economía. Dos décadas después, las exportaciones de servicios basados en conocimiento se multiplicaron, de 2 mil millones a 10 mil millones de dólares, el empleo formal creció de manera sostenida de 40 mil a 360 mil empleos, y surgieron miles de empresas tecnológicas. Algunas alcanzaron escala global y se convirtieron en referentes regionales, como Mercado Libre, Globant, Despegar o Auth0. Muchas otras, menos conocidas, construyeron un ecosistema que hoy genera miles de millones de dólares en exportaciones y puestos de trabajo calificado.
La oportunidad que tiene Chile no es solo la de replicar este modelo, sino de mejorarlo. Repasemos.
El desafío no consiste en crear una industria tecnológica desde cero, como pasó hace más de dos décadas en otros países de Latinoamérica. Los datos muestran algo mucho más llamativo que se podría resumir bajo el siguiente concepto: Chile tiene el talento y la tecnología, pero no lo aprovecha. Es decir, cuenta con gran parte de las capacidades necesarias para competir internacionalmente, tiene una de las mejores infraestructuras digitales de América Latina, altos niveles de conectividad, estabilidad institucional, una extensa red de acuerdos comerciales y un ecosistema tecnológico maduro. Los datos lo explican mucho mejor: los servicios digitales ya representan el 22% del PIB y generan más de 220 mil empleos.
Sin embargo, existe una paradoja difícil de ignorar. Chile produce tecnología, pero no logra venderla al mundo. En términos comparativos: ocupa el sexto lugar en exportación relativa de servicios digitales en América Latina, por detrás de países como Brasil, Argentina, Costa Rica y Uruguay.
Un reciente estudio desarrollado por investigadores de la Escuela de Economía de Londres muestra que el país posee una capacidad productiva en servicios informáticos comparable, justamente, a la de Costa Rica, uno de los líderes regionales en exportación digital. La diferencia aparece cuando se analiza cuánto de esa producción logra transformarse en exportaciones. Mientras Costa Rica orienta casi la mitad de su producción de servicios informáticos hacia mercados internacionales, Chile destina menos de una quinta parte. El problema no es la falta de talento. Tampoco la ausencia de empresas. El problema es que esas capacidades permanecen excesivamente concentradas en el mercado interno.
Las consecuencias son mucho más profundas de lo que parece. Cada servicio tecnológico exportado representa ingreso de divisas, empleo de calidad, salarios más altos y oportunidades para miles de jóvenes profesionales. En una economía que históricamente ha dependido de la exportación de recursos naturales, la economía digital ofrece una posibilidad extraordinaria de diversificación productiva. Y algo más: el círculo virtuoso que se podría generar a partir del motor tecnológico impactaría en industrias clásicas como la minería o la pesca, a través de cuestiones como beneficios impositivos hasta la reducción de costos, eficiencia en los procesos e incluso la mitigación del impacto ambiental. Repito: es una oportunidad que no se puede desaprovechar.
La experiencia internacional demuestra que este tipo de transformaciones rara vez ocurren de manera espontánea. Costa Rica construyó su liderazgo mediante una estrategia sostenida de atracción de inversiones tecnológicas. Uruguay apostó durante décadas por incentivos estables y previsibilidad regulatoria. Los caminos fueron diferentes, pero todos tuvieron un denominador común: entendieron que competir globalmente en servicios digitales requería una visión de largo plazo.
El país tiene una ventaja que pocos tuvieron al momento de iniciar ese recorrido. Puede observar las experiencias de sus vecinos con perspectiva histórica. Puede estudiar qué políticas funcionaron, cuáles generaron resultados concretos y qué errores conviene evitar. En fin, tomar lo mejor de todos los mundos: puede aprender de los éxitos de Uruguay en exportación de software, de la capacidad de Costa Rica para atraer inversión tecnológica y de la experiencia argentina en generación de empresas globales. Chile no necesita inventar el camino, sino que tiene la posibilidad de recorrer una versión mejorada.
La discusión ya no pasa por determinar si la economía digital será relevante para el desarrollo económico. Esa discusión está resuelta. El mercado global de servicios digitales continúa expandiéndose, apalancado en las inteligencia artificial, y las empresas buscan cada vez más y mejor talento especializado para desarrollarlo. La verdadera pregunta es otra: ¿Chile quiere participar de ese crecimiento como productor o únicamente como consumidor de tecnología?
El talento está. La infraestructura también. Lo que falta es una estrategia capaz de transformar esas fortalezas en exportaciones, empleo y crecimiento económico.
Así como hace más de 50 años Chile identificó una gran oportunidad de la industria del salmón y decidió actuar, hoy el país tiene la posibilidad de hacer lo mismo en la industria de la tecnología, con más información, mejores condiciones y ejemplos concretos sobre la mesa.
Las oportunidades históricas no suelen esperar demasiado tiempo. Y en la economía digital, quedarse quieto también es una decisión.
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