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Criar con el celular en la mano: padres conectados, hijos invisibles
La mayor tecnología que un niño necesita para crecer seguro sigue siendo una mirada atenta, una conversación sin interrupciones y la tranquilidad de saber que, para sus padres, nunca habrá una notificación más importante que él.
Es una escena cada vez más común en cualquier viaje, restaurante, plaza o sala de espera: un niño con su teléfono móvil o con su tablet interactuando con algún videojuego, mientras su padre o su madre revisa el celular. Comparten el mismo espacio, pero no necesariamente el mismo momento.
Muchas veces creemos que acompañar es estar físicamente presentes, cuando en realidad nuestra atención está capturada por notificaciones, reels, redes sociales o trabajo.
Paradójicamente, la sociedad de hoy, incluidos los propios padres, cuestiona el exceso de pantallas y las interfaces a las que acceden sus hijos, siendo que son ellos mismos quienes terminan delegando parte de la crianza y la atención a esos mismos dispositivos.
Esta imagen es la puerta de entrada al tema de fondo: hay dos fenómenos paralelos y complementarios que están marcando a esta generación de padres y niños, el phubbing parental y el sharenting.
El phubbing es un término que proviene de la unión de phone (teléfono) y snubbing (despreciar o ignorar). Es el acto de hacer un desaire a la persona que tienes enfrente (ya sea tu hija, tu pareja, un amigo o un familiar) por prestarle atención al teléfono móvil. Ejemplo típico es estar cenando con alguien y que esa persona no deje de mirar sus redes sociales o responder mensajes mientras le hablas. Deteriora las relaciones interpersonales, genera aislamiento y hace que la otra persona se sienta invisible o poco valorada.
El sharenting, concepto que nace de la unión de share (compartir) y parenting (paternidad/crianza), es la práctica de los padres de documentar y compartir masivamente la vida de sus hijos en las redes sociales (fotos, videos, anécdotas) desde que son bebés o incluso antes de nacer (con las ecografías).
Aunque la mayoría de los padres lo hace por orgullo y amor, plantea serios dilemas éticos y de seguridad, ya que expone la intimidad de los menores sin su consentimiento. Se crea una identidad en internet para el niño antes de que él pueda decidir sobre ella. Es más, los datos o imágenes pueden caer en manos de desconocidos o ser utilizados para ciberacoso. Ambas nociones hablan de lo mismo desde ángulos distintos; es decir, el vínculo entre la no atención de los padres y el tipo de presencia que se les está dando a los hijos en la era digital.
Un estudio publicado este año en la revista científica Frontiers in Psychology, liderado por el psicólogo Dr. Don Grant —especialista en bienestar digital—, analizó a más de 600 adolescentes de entre 12 y 17 años en Estados Unidos. El objetivo era medir el impacto del parental phubbing, es decir, cuando los padres interrumpen o sustituyen la interacción con sus hijos por atender el teléfono. El hallazgo principal es que los adolescentes que perciben mayor distracción digital de sus padres presentan niveles significativamente más altos de apego inseguro, un factor asociado a ansiedad, menor autoestima y dificultad para construir relaciones sanas en la adultez.
El problema no es solo el tiempo frente a la pantalla, sino el mensaje que recibe el niño, que siempre hay algo más importante que él al otro lado de una notificación.
Según las investigaciones, el uso excesivo del teléfono por parte de los padres deteriora la calidad de las interacciones familiares y aumenta el riesgo de que los propios hijos desarrollen un uso problemático de pantallas.
La dependencia al smartphone en los padres se asocia con más problemas emocionales y conductuales en los niños, reforzando que el ejemplo adulto es uno de los principales determinantes del comportamiento digital infantil.
Muy a propósito, en España, el comité de 50 expertos convocado por el Gobierno español para diseñar una política nacional de protección infantil en el entorno digital, recomendó cero pantallas hasta los seis años y propuso incorporar advertencias sanitarias en los dispositivos sobre los riesgos de su uso durante el desarrollo. El informe sostiene que el desafío no es solo limitar el acceso de los niños a la tecnología, sino transformar la cultura digital de las familias completas.
La educación digital empieza antes del primer teléfono, empieza con el ejemplo cotidiano que los hijos observan en sus padres.
El sharenting está siendo investigado por varias universidades europeas haciéndose cuatro preguntas: ¿Con qué frecuencia los padres publican información sobre sus hijos? ¿Por qué lo hacen? ¿Cómo afecta esto a la privacidad, identidad y bienestar de los niños? ¿Qué políticas públicas deberían protegerlos?
El equipo está construyendo la primera sharenting scale, una escala científica para medir frecuencia, intensidad y riesgo de la exposición digital infantil. Una de las hipótesis es que una vez que algo se publica en internet, los padres pierden el control sobre esa información y esta puede permanecer en línea de manera indefinida. ¿Por qué los padres comparten la vida de sus hijos en redes sociales? Se identifican distintas motivaciones: orgullo, búsqueda de reconocimiento, validación social, necesidad de pertenencia, entre algunas de ellas.
Lo cierto es que esta conducta vulnera la privacidad infantil, crea una huella digital permanente, expone a los menores sin su consentimiento y ocurre en un vacío regulatorio, pues ni el Reglamento de Servicios Digitales de la UE ni alguna arquitectura legal propia de algún país aborda específicamente el intercambio de datos de menores por parte de sus propios padres.
Si el phubbing les está indicando a los niños que una pantalla y las aplicaciones pueden ser más importantes que una conversación, el sharenting les construye una identidad digital antes de que puedan decidir quiénes quieren ser. Ambos fenómenos tienen un mismo origen, adultos que, muchas veces sin advertirlo, entregan parte de su atención y de la privacidad de sus hijos al ecosistema digital.
Quizás el mayor desafío de esta generación de padres no sea controlar el tiempo de exposición a la pantalla de sus hijos, sino recuperar el control sobre el suyo, porque la mejor educación digital comienza con el ejemplo, y la mayor tecnología que un niño necesita para crecer seguro sigue siendo una mirada atenta, una conversación sin interrupciones y la tranquilidad de saber que, para sus padres, nunca habrá una notificación más importante que él.
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