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El espejismo del empleo: lecciones desde La Araucanía Opinión Crédito foto: imagen referencial, Temuco, Agencia Uno

El espejismo del empleo: lecciones desde La Araucanía

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Patricio Ramírez R.
Por : Patricio Ramírez R. Coordinador Observatorio Económico Social Universidad de La Frontera
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El problema de fondo no es solo cuánto crece la economía regional, sino cómo crece.


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Por años, el crecimiento económico ha sido presentado como la principal señal de progreso. Sin embargo, una pregunta clave sigue abierta: ¿Estamos creciendo lo suficiente —y de la manera correcta— para generar empleos de calidad?

La evidencia reciente para Chile y, en particular, para La Araucanía, sugiere que la respuesta es más compleja de lo que indican las cifras agregadas.

Un concepto útil para entender esta relación es la elasticidad empleo-producto, que mide cuánto varía el empleo cuando crece la economía. En términos simples, indica cuántos puestos de trabajo se generan por cada punto porcentual adicional de crecimiento del PIB.

En el período 2020–2025, tanto La Araucanía como el país registran una elasticidad promedio cercana a 1,7, lo que implica que el empleo ha crecido, en promedio, más que proporcionalmente al producto.

A primera vista, esto podría interpretarse como una buena noticia. Sin embargo, esta lectura es engañosa si no se considera la calidad del empleo que se está generando. En contextos como el de La Araucanía, donde la informalidad laboral supera un tercio de los ocupados, una alta elasticidad puede reflejar más bien estrategias de subsistencia que una expansión sostenida del empleo formal.

Aquí es donde el análisis exige mayor cautela. La tasa de desocupación, indicador tradicionalmente utilizado para evaluar el mercado laboral, puede dar una señal incompleta —e incluso distorsionada— de la realidad.

En La Araucanía, por ejemplo, una menor tasa de desempleo respecto del promedio nacional convive con bajos niveles de participación laboral, una recuperación incompleta del empleo y una alta incidencia de informalidad. En otras palabras, no necesariamente hay más y mejores empleos, sino menos personas buscando trabajo o insertándose en ocupaciones precarias.

El problema de fondo no es solo cuánto crece la economía regional, sino cómo crece. La estructura productiva de La Araucanía —concentrada en sectores de baja productividad como comercio, agricultura y construcción— limita su capacidad para generar empleos formales, estables y bien remunerados. A esto se suman brechas en capital humano, baja diversificación productiva y restricciones territoriales que dificultan la inserción laboral, especialmente en mujeres y jóvenes.

En este contexto, el vínculo entre crecimiento y empleo no puede darse por sentado. Requiere políticas que impulsen sectores de mayor valor agregado, fomenten la formalización laboral y fortalezcan el tejido empresarial regional. De lo contrario, corremos el riesgo de seguir celebrando cifras de crecimiento que no se traducen en bienestar real para las personas.

Porque, al final del día, el verdadero desarrollo no se mide solo en puntos de PIB, sino en la capacidad de una economía para ofrecer oportunidades laborales dignas, sostenibles y de calidad. Y en esa prueba, La Araucanía —y buena parte del país— aún tiene desafíos pendientes.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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