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El latido que no quieren escuchar Opinión

El latido que no quieren escuchar

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Teresa Velastín Bastías
Por : Teresa Velastín Bastías Especialista en temas de Participación Social y Ciudadanía
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Porque el verdadero latido que Chile no puede dejar de escuchar no es el que algunos pretenden utilizar como instrumento de culpabilización.


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Hay proyectos de ley que nacen para resolver problemas. Otros, en cambio, parecen diseñados para profundizar el sufrimiento.

La iniciativa presentada por un grupo de parlamentarios, que busca que las mujeres que acceden a la interrupción del embarazo bajo las tres causales deban escuchar previamente los latidos fetales pertenece, lamentablemente, a esta segunda categoría.

Conviene recordar de qué estamos hablando. La ley chilena no permite el aborto libre. Solo contempla tres circunstancias excepcionales: cuando el embarazo es consecuencia de una violación, cuando existe inviabilidad fetal de carácter letal y cuando la vida de la mujer está en riesgo. Ninguna de estas situaciones es sencilla. Ninguna mujer llega a ese momento desde la tranquilidad o la indiferencia. Son decisiones atravesadas por el dolor, el miedo y, muchas veces, por pérdidas irreparables.

Quienes han acompañado a una mujer víctima de una violación conocen el peso psicológico que implica continuar con un embarazo producto de ese delito. También conocen el sufrimiento de quienes esperaban con ilusión un hijo y, en un control médico, reciben la noticia de que ese embarazo jamás llegará a convertirse en la vida que imaginaron.

Muchas familias han debido enfrentar incluso el parto de un hijo que nació sin vida. Durante meses prepararon una habitación, imaginaron un futuro y escogieron un nombre. Luego, al salir del hospital, debieron tramitar al mismo tiempo un certificado de nacimiento y uno de defunción. Es un dolor que ninguna legislación debería convertir en un espectáculo ni en una prueba de resistencia emocional.

Obligar a esas mujeres a escuchar los latidos antes de un procedimiento médico no entrega más información clínica, no mejora la atención de salud y no protege a nadie. Solo agrega una carga emocional deliberada sobre personas que ya viven una de las experiencias más difíciles de sus vidas.

Paradójicamente, quienes hablan con tanta intensidad de “defender la vida”, suelen guardar un silencio inquietante frente a otras infancias. Las de los niños que permanecen en el sistema de protección del Estado; las de quienes fueron abandonados al nacer; las de aquellos cuyos primeros años transcurren porque sus madres están privadas de libertad y no existe una red familiar que pueda hacerse cargo de ellos; las de quienes esperan durante años una familia que los abrace y los cuide.

Si realmente creemos que toda vida importa, entonces el compromiso con ella no puede comenzar y terminar en el embarazo. Debe continuar cuando ese niño nace, cuando necesita alimentación, educación, salud mental, afecto y oportunidades para desarrollarse.

Porque el verdadero latido que Chile no puede dejar de escuchar no es el que algunos pretenden utilizar como instrumento de culpabilización. Es el latido de miles de niños y niñas que ya están entre nosotros y que siguen esperando que el Estado y la sociedad les demuestren, con hechos y no con consignas, que su vida también importa.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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