Opinión
La fe que no camina contigo
Es, con una literalidad que casi da risa, el modelo freemium aplicado a la comunión de los santos: el legado espiritual de la Iglesia, tarificado por mensaje.
“La fe que camina contigo”, dice el eslogan de Santos x Chat, un servicio que por $6.000 u $8.000 al mes permite conversar por WhatsApp con versiones de inteligencia artificial de cinco santos (Josemaría Escrivá, Teresa de Calcuta, Francisco de Asís, Carlo Acutis, Pío de Pietrelcina).
Las respuestas que entregan los santos en esta conversación, son generadas por Gemini de Google a partir de una base de “3.337 pasajes RAG”, fragmentos de sus textos que el sistema consulta y que han sido indexados de sus escritos.
Es un eslogan bonito. Pero también es, a la luz de la propia letra chica del servicio, difícil de sostener.
Porque los propios Términos de Uso del servicio aclaran que estas conversaciones “recrean, de forma ficticia y aproximada” la voz del santo y que el personaje es una representación de software “sin conciencia, intención ni autoridad espiritual”.
Es la distancia exacta que León XIV describe en Magnífica Humanitas cuando advierte que las IA “pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no reside en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (n. 99).
El home del servicio le llama a esto “acompañamiento espiritual”. Los Términos, en su sección sobre transparencia algorítmica, le llaman por su verdadero nombre: apariencia. Que ambos textos convivan en el mismo sitio no es un simple matiz legal, sino una confesión del límite que se oculta en la formulación comercial.
Pero el problema mayor no es que alguien confunda el chatbot con la santa real (el sitio se cuida bastante de eso, con sus advertencias sobre “afirmaciones inventadas” y su protocolo de derivación a líneas de emergencia). El problema, para seguir con la encíclica, es más sutil: el riesgo de que la imitación artificial haga “que la persona pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro” (n. 100).
Y aquí el diseño del producto es elocuente. Hay un disclaimer, al pie del home, que promete no reemplazar las conversaciones en persona con un sacerdote o un director espiritual. Conviven con él, sin embargo, todos los argumentos de venta: disponibilidad 24/7, un canal “que ya usas” (WhatsApp) sin apps nuevas, respuesta inmediata sin esperas, conversaciones “sin juicio”.
Es la comodidad sin obstáculos contra la cual, sin quererlo, se erige el propio disclaimer. Porque lo que la vida espiritual pide no es disponibilidad, sino salida de sí. Y esa salida es, por definición, incómoda.
Hay algo aún más literal en esta reducción. El santo, para el sitio, es un corpus: un conjunto de fragmentos indexados sobre los cuales un modelo de IA genera texto plausible citando su fuente. Es una descripción técnicamente honesta, aunque teológicamente devastadora, porque un santo no es la suma de su obra escrita. Es, como recuerda la encíclica, alguien que se dejó modelar “por la vida” y creció “en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad” (n. 99): una biografía, no una base de datos vectorial. Convertir a Carlo Acutis o al Padre Pío en un corpus consultable, por más citado que venga cada párrafo, es la reducción antropológica que la encíclica asocia al paradigma tecnocrático: traducir el misterio de la persona en datos y en rendimiento (n. 10).
Y luego está el precio. “Un Santo” cuesta $6.000 mensuales y da acceso a 25 mensajes diarios; “Todos los Santos” cuesta $8.000 y sube el límite a 40, y está marcado en el sitio como el plan “Más Popular”. Un tercero radicado en Delaware procesa el cobro y renueva automáticamente la suscripción hasta que el usuario cancele. Es, con una literalidad que casi da risa, el modelo freemium aplicado a la comunión de los santos: el legado espiritual de la Iglesia, tarificado por mensaje.
La encíclica extiende el principio del destino universal de los bienes también a “los bienes inmateriales y culturales” (n. 65) y denuncia los modelos de negocio que “prosperan a costa de la debilidad humana” (n. 170). La fe, decía yo antes de leer estos Términos y Condiciones, no tiene un plan básico ni uno completo. Ahora resulta que sí los tiene, y tienen una diferencia de dos mil pesos.
Todo esto es, en el fondo, el paradigma tecnocrático operando sin disimulo sobre el territorio que menos le pertenece. “Respuesta en tiempo real”, “sin cola de espera”, cancelación “cuando quieras”: es exactamente “la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones” que describe la encíclica (n. 92), con su advertencia de que “más poderoso no significa necesariamente mejor” (n. 93).
Incluso la intimidad entra en esa lógica: el propio formulario de registro exige que el usuario autorice que el contenido de sus conversaciones (que la Política de Privacidad reconoce como capaz de revelar “creencias religiosas o filosóficas”, dato sensible bajo la ley chilena) viaje a servidores de Google en Estados Unidos para generar cada respuesta. La oración convertida en un dato sensible procesado en la nube: es difícil imaginar una imagen más precisa del problema.
Frente a esto, la encíclica recuerda algo que toda vida espiritual sabe por experiencia: los procesos, como los educativos, “requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente” (n. 140). Ninguna suscripción mensual compra eso.
Vale la pena decir, para ser justos, que el sitio no pretende ser otra cosa de lo que confiesa en sus Términos: aclara que no está afiliado, autorizado ni aprobado por la Iglesia Católica y que las respuestas de sus “santos” no representan la doctrina oficial. Es una advertencia honesta. Pero también admite, en el mismo documento, que ningún ser humano lee ni responde a estos mensajes en tiempo real. Ahí está, quizás, el resumen más exacto de todo el asunto: se puede escribir a cualquier hora, y nadie, en el sentido que a la fe siempre le ha importado más, está del otro lado.
La fe que camina contigo, entonces, resulta ser una fe que no camina con nadie.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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