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EEUU-Irán: La guerra se extiende a otros lugares y a la infraestructura civil
El agua ha sido históricamente otro factor estratégico en Oriente Medio y aunque rara vez constituye la única causa de un conflicto o provoca guerras, sí actúa como un multiplicador y “driver” de tensiones.
El Comando Central de EE.UU. ha informado que, en ataques sucesivos en Irán, habría alcanzado “lugares de vigilancia, infraestructura logística militar, depósitos subterráneos de armas y capacidades marítimas”.
Sin embargo, la televisión estatal y la agencia IRNA afirmaron que los bombardeos alcanzaron un aeropuerto, túneles, dos puentes, así como una planta de electrificación y desalinización, dejando a 20 poblados sin suministro e interrumpiendo una de las principales carreteras hacia Bandar Abbas, ciudad situada cerca de la parte más angosta de Ormuz. También atacaron la estratégica isla de Qeshm, con decenas de muertos y heridos.
Por su parte, Irán respondió atacando bases estadounidenses en Jordania y Kuwait, mientras que Bahrein (sede de la Quinta Flota de la Armada estadounidense) y Qatar anunciaron haber interceptado drones y misiles en ataques a bases aéreas (ya son 17 militares estadounidenses muertos y cerca de 430 heridos en más de cuatro meses de conflicto). Sin embargo, estos terceros países que prestan logística para los despliegues bélicos estadounidenses han acusado a Irán también de atacar infraestructura e instalaciones civiles.
Más allá de la violación sistemática y profunda de la Carta de Naciones Unidas y de sus principios en los ataques de EE.UU. a Irán y de las controvertidas respuestas asimétricas de Irán, lo ocurrido refleja que el conflicto se ha extendido geográficamente y en objetivos, ante la imposibilidad de supremacía (triunfo) de la primera potencia mundial sobre el país persa.
Desde ya, los ataques a infraestructura civil-económica son una ampliación de los objetivos bélicos usados calculadamente por Irán como respuesta a la asimetría de poder. Una de las principales vulnerabilidades en este conflicto para la región y con efectos mundiales es la concentración geográfica de la infraestructura energética. Grandes instalaciones como Abqaiq, Khurais, Ras Tanura o los terminales petroleros del Golfo procesan millones de barriles diarios. La interrupción de una sola puede reducir significativamente la producción del país exportador y alterar el mercado internacional.
Esto último ya ocurrió en septiembre de 2019, cuando las plantas de procesamiento de Abqaiq y el campo de Khurais en Arabia Saudita fueron atacadas con drones y misiles. Los hutíes (con Irán supuestamente detrás) reivindicaron la operación que redujo temporalmente cerca del 50 % de la producción saudita (5 % del suministro mundial), provocando el mayor aumento del precio del crudo en décadas. Este episodio demostró que incluso infraestructuras altamente protegidas son vulnerables frente a drones y misiles de precisión de bajo valor.
El agua ha sido históricamente otro factor estratégico en Oriente Medio y aunque rara vez constituye la única causa de un conflicto o provoca guerras, sí actúa como un multiplicador y driver de tensiones. La región posee alrededor del 1 % de los recursos hídricos renovables del mundo, pero concentra cerca del 6 % de la población. El crecimiento demográfico, el cambio climático, la urbanización y la expansión agrícola han incrementado la competencia por este recurso, convirtiéndolo en un elemento de seguridad nacional.
Durante los recientes conflictos en Siria e Irak, el agua fue utilizada como un arma de guerra. Organizaciones como el Estado Islámico (ISIS) ocuparon represas y plantas de tratamiento de agua, inundando algunas zonas, privando de agua a poblaciones enteras o condicionando el suministro para ejercer control. El dominio del agua se convirtió en una herramienta militar y política tan importante como el control de carreteras o instalaciones petroleras.
Más allá de los poco afluentes en disputa, gran parte del agua depende de plantas desalinizadoras, especialmente en los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). Por la escasez de lluvias, ausencia de ríos y agotamiento de los acuíferos, la desalinización se ha convertido en la principal fuente de agua para millones y en un objetivo estratégico en esta guerra de desgaste. Los seis países del Golfo producen alrededor del 40% del agua desalinizada del mundo, mediante más de 400 plantas.
Mientras las hostilidades entre EE.UU. e Irán siguen intensificándose, Teherán le pidió a los hutíes (grupo proxy) que estén preparados para cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb si EE.UU. ataca la infraestructura eléctrica iraní.
En términos geopolíticos, Bab el-Mandeb es comparable a otros grandes “cuellos de botella” marítimos del mundo, como el Estrecho de Ormuz, el Canal de Panamá o el Estrecho de Malaca, entre otros.
Este estrecho conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico, siendo la puerta de acceso al Canal de Suez. Se ubica entre Yemen, en la península arábiga, y Yibuti y Eritrea, en el Cuerno de África. El control o la interrupción del tránsito de este punto de estrangulamiento geográfico del comercio marítimo tiene repercusiones inmediatas sobre el comercio mundial, mercados energéticos y estabilidad internacional. Su anchura relativamente reducida (32 kilómetros en la parte más angosta) facilita que grupos armados puedan atacar embarcaciones con misiles, drones o lanchas explosivas.
Para Arabia Saudita, gran parte de sus exportaciones energéticas depende de la seguridad del mar Rojo. Un movimiento de los aliados de Irán, los hutíes, para atacar el tráfico marítimo o cerrar parcialmente el estrecho, les representa una gran amenaza tanto económica como militar.
Por ello, la guerra en Yemen ha tenido una dimensión que trasciende la política interna yemení y forma parte de la competencia estratégica entre Arabia Saudita e Irán por la influencia en Oriente Medio.
Arabia Saudita ha intervenido en la guerra civil de Yemen desde el 2015, por considerar que los hutíes representaba una amenaza directa en su frontera sur. Con el paso de los años y apoyo de Irán, los hutíes han desarrollaron capacidades para lanzar misiles y drones contra ciudades, aeropuertos e instalaciones petroleras sauditas. Sin embargo, en los últimos años había reducido considerablemente sus operaciones militares y mantenía una tregua informal con los hutíes desde 2022.
No obstante, en julio de 2026 la tensión resurgió después de que fuerzas sauditas atacaran el aeropuerto de Saná y los hutíes respondieron con misiles, rompiendo varios años de relativa calma.
Entre los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb pasan entre 24 y 28 millones de barrilles diarios (lo que representa cerca de un cuarto de entre los 103 y 105 millones de barriles de uso diario mundial). El barril de petróleo ha experimentado una alta volatilidad, con un aumento neto aproximado de $18 dólares desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos e Irán a fines de febrero de 2026 (los precios rondan los $75 a $85 dólares por barril, pero llegó a registrar picos históricos que superaron los $126 dólares en abril de 2026).
Tras el noveno ataque de EE.UU. a Irán, el presidente iraní Massoud Pezeshkian declaró que el país se encuentra en una “guerra total”, mientras los hutíes han declarado la imposición de un bloqueo naval a Arabia Saudita, lo que amplía la amenaza al suministro mundial de petróleo y energía. En función de la merma de capacidades y desgaste, la guerra se ha extendido a la infraestructura civil-económica y en la geografía.
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