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De los desbordes a los aluviones: por qué entender el territorio puede salvar vidas Opinión Crédito foto: FOTO: LUCAS AGUAYO/AGENCIAUNO Puente Maintencillo, comuna de Freirina

De los desbordes a los aluviones: por qué entender el territorio puede salvar vidas

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Santiago Montserrat y German Aguilar
Por : Santiago Montserrat y German Aguilar Investigadores Advanced Mining Technology Center (AMTC), Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) de la Universidad de Chile.
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No podemos impedir que llueva ni controlar la fuerza de un río atmosférico. Pero sí podemos decidir dónde construimos, cómo planificamos nuestras ciudades y qué información utilizamos para hacerlo, asumiendo los riesgos de nuestras decisiones de manera informada.


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Cada invierno las imágenes se repiten. Ríos que sobrepasan sus cauces, puentes destruidos, caminos interrumpidos y comunidades aisladas.

El sistema frontal que ha afectado a gran parte de Chile durante la última semana, asociado a un río atmosférico de gran intensidad, vuelve a recordarnos que los fenómenos hidrometeorológicos extremos forman parte de nuestra realidad.

Sin embargo, detrás de cada desastre hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿Estamos comprendiendo realmente lo que ocurre sobre el territorio donde vivimos? 

En medio de la cobertura de emergencia es frecuente que distintos fenómenos sean descritos bajo un mismo concepto. Se habla indistintamente de aluviones, desbordes o crecidas, cuando desde el punto de vista científico corresponden a procesos distintos, con causas, dinámicas y formas de mitigación diferentes. Comprender esa diferencia no es un detalle técnico, es una condición necesaria para planificar ciudades más seguras. 

Un aluvión, conocido también como flujo de detritos, se origina a partir de una remoción en masa. Un deslizamiento de suelo desde una ladera o sección de un cauce generan grandes volúmenes de mezcla de agua y sedimentos extremadamente densos, donde cerca de la mitad corresponde a material sólido, con una apariencia similar a la del concreto fresco. Esa enorme concentración le otorga una capacidad destructiva muy superior a la de una crecida convencional. 

En cambio, muchas de las imágenes observadas durante este sistema frontal -especialmente en el norte y centro del país- corresponden a crecidas detríticas. En estos casos, al aumentar el caudal se incorporan sedimentos presentes en el cauce de ríos y quebradas. Aunque la concentración de material sólido es menor, sigue siendo suficiente para erosionar caminos, socavar puentes, destruir infraestructura y transportar grandes volúmenes de sedimento. 

La diferencia puede parecer académica, pero tiene consecuencias prácticas. Cada fenómeno requiere estrategias distintas para evaluar el peligro, diseñar obras de mitigación y definir dónde es seguro construir. 

En Chile conocemos demasiado bien las consecuencias de no anticiparnos. Los aluviones de Atacama en 2015 marcaron un antes y un después para la investigación nacional. Más allá de la tragedia humana, dejaron en evidencia que el país carecía de metodologías estandarizadas para evaluar la amenaza aluvional y que muchas decisiones territoriales se estaban tomando con información insuficiente. 

A partir de esa experiencia, un equipo multidisciplinario del Advanced Mining Technology Center de la Universidad de Chile desarrolló la Guía metodológica para el diagnóstico y cálculo de la amenaza aluvional presente y futura en el norte de Chile, financiada por ANID a través de un proyecto FONDEF, con la participación de la Dirección de Obras Hidráulicas del Ministerio de Obras Públicas y el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin) del Ministerio de Minería

El propósito de esta herramienta es cambiar el paradigma. En lugar de reaccionar después de cada desastre, entrega una metodología común para estimar el volumen de un potencial aluvión, con qué frecuencia podrían ocurrir estos eventos y cómo a cambiará bajo distintos escenarios de cambio climático. Esa información constituye la base para elaborar mapas de amenaza, apoyar planes reguladores, diseñar infraestructura y orientar nuevas inversiones públicas y privadas. 

No se trata de una herramienta pensada para la emergencia inmediata. Su verdadero valor está en la prevención y en la planificación territorial de largo plazo. Las quebradas pequeñas -generalmente con cuencas inferiores a 20 kilómetros cuadrados- representan uno de los escenarios de mayor peligro.

En el norte y centro norte, en especial después de largos períodos de sequía, estas acumulan enormes volúmenes de sedimentos que pueden movilizarse rápidamente cuando ocurren precipitaciones intensas.

En contraste, en el sur de Chile las lluvias frecuentes tienden a mantener los cauces más limpios de sedimentos transportables, por lo que predominan otros tipos de procesos asociados a deslizamientos de ladera. 

El cambio climático vuelve este escenario aún más desafiante. Diversos estudios indican que los eventos extremos serán más intensos y, en algunos sectores, más frecuentes. Eso significa que las herramientas de planificación ya no pueden basarse únicamente en el clima del pasado, si no que deben incorporar escenarios climáticos futuros para diseñar ciudades, carreteras y obras hidráulicas capaces de convivir con un territorio dinámico. 

La prevención, sin embargo, no depende exclusivamente de las autoridades. También requiere una ciudadanía que conozca el lugar donde vive, trabaja o visita. Saber si una vivienda se encuentra sobre un antiguo cauce, identificar quebradas activas, comprender cómo funciona una cuenca o reconocer que una obra de mitigación disminuye el riesgo, pero no lo elimina, son conocimientos que deberían formar parte de nuestra educación territorial. 

Países con larga experiencia en amenazas hidrometeorológicas han incorporado esta cultura desde la escuela. En Chile, hemos incorporado en nuestra cultura las amenazas sísmicas, pero aún tenemos un importante desafío para abordar también esta clase de amenazas en la educación y transformar el conocimiento científico en una herramienta útil para las comunidades. 

Los eventos de esta semana son una nueva señal de alerta. No podemos impedir que llueva ni controlar la fuerza de un río atmosférico. Pero sí podemos decidir dónde construimos, cómo planificamos nuestras ciudades y qué información utilizamos para hacerlo, asumiendo los riesgos de nuestras decisiones de manera informada. 

La ciencia ya dispone de herramientas para anticipar estos riesgos. El verdadero desafío consiste ahora en incorporarlas oportunamente en las decisiones públicas y privadas.

Porque cuando entendemos el territorio antes de la emergencia, no solo protegemos infraestructura: protegemos vidas.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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