Opinión
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La política en modo pelea
El pendenciero suele presentarse como enemigo de las élites, aunque conoce perfectamente las ventajas del poder y de la exposición pública. Su rebeldía puede convivir cómodamente con el cálculo electoral, el personalismo e incluso con prácticas muy tradicionales de acumulación de influencia.
En política, como en otros ámbitos de la vida, hay una amplia galería de estilos, de formas de sumirse en el debate, sea o no sea confrontacional.
Tenemos al político pragmático que negocia y busca acuerdos, al moralista que juega a la antipolítica, al político identitario que gira en torno a una causa y al aspirante a estadista que piensa más allá de la contingencia. En fin, una tipología que, en buena hora, refleja la variedad humana.
Pero hay un tipo de protagonista que no encaja en el cuadro ideal de la política, la de alto estándar y fineza de argumentación: es el peleador permanente, aquel que vive de la denuncia, de la interpelación y de frases rotundas, al hueso del adversario o, a veces, del propio aliado.
Es un político que concibe la vida pública como una riña permanente. No entra al debate para confrontar argumentos, sino para doblegar adversarios; tampoco busca persuadir a quien piensa distinto, sino exhibirlo, provocarlo ante las cámaras y micrófonos o en sus propias y extensas redes sociales. Su escenario natural es el altercado, lejos de la deliberación democrática.
En su actuar necesita enemigos reconocibles, porque sin ellos pierde identidad, pues su figura se construye desde la agresividad desplegada contra otros y no a partir de un proyecto propio. Divide el espacio político entre valientes y cobardes, pueblo y élite, corruptos y puros. En ese mundo sin matices, él siempre ocupa el lugar de quien se atreve a decir aquello que los demás supuestamente callan.
Su lenguaje es hiperbólico. Habla de escándalos, montajes y componendas aun antes de contar con antecedentes suficientes. La sospecha le basta para acusar y la acusación, repetida con seguridad, termina adquiriendo apariencia de prueba. Cuando se equivoca rara vez rectifica: prefiere cambiar de tema o se presenta como víctima de una operación destinada a silenciarlo.
Las redes sociales constituyen su hábitat privilegiado. Allí puede recortar el enfrentamiento, eliminar el contexto y presentar cada discusión como una victoria. Su propósito no es informar, sino movilizar a su hinchada. Sus seguidores dejan de ser ciudadanos a quienes se ofrecen razones y pasan a convertirse en espectadores que esperan el próximo golpe.
El pendenciero suele presentarse como enemigo de las élites, aunque conoce perfectamente las ventajas del poder y de la exposición pública. Su rebeldía puede convivir cómodamente con el cálculo electoral, el personalismo e incluso con prácticas muy tradicionales de acumulación de influencia.
No debe confundirse, sin embargo, la pendencia con la firmeza. Un político firme puede sostener posiciones duras, denunciar abusos y enfrentar intereses poderosos sin degradar al adversario ni reemplazar las pruebas por insinuaciones. El peleón (o peleona), en cambio, convierte el conflicto, inevitable y legítimo en democracia, en una forma de espectáculo personal.
Su éxito revela también un déficit colectivo, pues crece donde existe desconfianza, frustración y una ciudadanía que siente que el lenguaje moderado, el de los grandes políticos veteranos, ha servido para ocultar abusos o postergar respuestas. En ese sentido, el político contencioso puede señalar problemas verdaderos e incluso romper silencios cómplices; pero su peligro comienza cuando la veracidad del problema parece justificar cualquier acusación y cuando la eficacia de la denuncia se mide por el ruido producido, no por la solución alcanzada.
¿Cuál es su ganancia?
Obtener visibilidad, instalar controversias y entusiasmo entre sus partidarios, pero difícilmente construye mayorías estables. La política se transforma a su alrededor en una sucesión de querellas personales, mientras los problemas públicos permanecen intactos. Como colofón, digamos que sus salidas a menudo son diversas, o derechamente van en contra de la línea y estrategia de su propio partido.
He preferido no personificar. Cada lector (estoy seguro) tendrá más de algún nombre en su mente. Es más conveniente describir un mal hábito que daña la buena política, que dirigir críticas a personajes concretos.
La intención ha sido alertar acerca de una conducta que reduce la política a la pregunta de quién venció en el último altercado. Porque de este modo, la democracia puede conservar sus procedimientos, pero pierde gradualmente su capacidad de conversar y decidir para el bien común.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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