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Orwell y la lección que las élites aún no quieren entender Opinión Archivo

Orwell y la lección que las élites aún no quieren entender

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Alfredo Ugarte S.
Por : Alfredo Ugarte S. Abogado. Doctor en derecho financiero y tributario. Profesor Universidad de Chile.
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Orwell nos recuerda que la política pierde su sentido cuando deja de caminar por las calles y comienza a vivir exclusivamente en seminarios, oficinas, ministerios o parlamentos. Ninguna estadística sustituye una conversación con quien trabaja, emprende, paga impuestos o espera una atención médica.


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A propósito de las últimas discusiones político-parlamentarias respecto de algunos proyectos en actual tramitación, he recordado que en enero de 1976 se publicó en Barcelona, en Ediciones Destino (luego de varios años de censura por la dictadura franquista), la primera edición en castellano de una de las obras más lúcidas y menos ideológicas de George Orwell: El camino a Wigan Pier, publicada por primera vez en Inglaterra en 1937.

Hoy, en tiempos en que abundan los diagnósticos, los programas y las grandes promesas de transformación social, no cabe duda de que conviene, en particular por parte de las élites políticas, volver a releerla.

Aunque fue escrita hace casi 90 años, sus páginas contienen una advertencia que hoy es incluso más vigente que en la Inglaterra de 1937.

Muchos recuerdan este libro por la conmovedora descripción de la vida de los mineros del norte inglés. Sin embargo, su aporte más profundo se encuentra en la segunda parte del mismo, donde Orwell dirige su mirada no hacia la pobreza, sino hacia quienes afirmaban representarla.

Su crítica resulta sorprendente porque no está dirigida principalmente contra el capitalismo, sino más bien contra la inconsecuencia de una parte importante de las élites intelectuales y socialistas de su tiempo.

Orwell observó que muchos de quienes hablaban en nombre de los trabajadores apenas conocían la realidad cotidiana de aquellos cuya causa decían defender. Construían teorías sobre la vida de personas con las que rara vez convivían, proponían soluciones desde círculos intelectuales cerrados (hoy ni siquiera aquello), y discutían modelos abstractos mientras los problemas concretos seguían sin resolverse.

El mensaje de la novela es sencillo y, precisamente por ello, profundo: ninguna teoría puede reemplazar el conocimiento directo de la realidad. La verdadera política comienza cuando se escucha antes de hablar, cuando se observa antes de legislar y cuando se comprende antes de intentar transformar.

Ese es el gran legado de Orwell.

Las sociedades modernas necesitan conocimiento técnico, economistas, abogados, científicos y expertos. Pero también necesitan humildad intelectual. El conocimiento deja de servir al bien común cuando comienza a creer que la realidad debe adaptarse a las teorías y no las teorías a la realidad.

Quizás allí reside uno de los problemas más visibles de muchas de las actuales democracias, en particular la nuestra. Con frecuencia, quienes diseñan políticas públicas viven en entornos muy distintos de aquellos sobre los cuales legislan. Se discuten encuestas, indicadores, modelos econométricos, datos estadísticos, narrativas ideológicas o categorías conceptuales, mientras millones de personas enfrentan problemas mucho más inmediatos: llegar a fin de mes, encontrar empleo, acceder a una vivienda, educar a sus hijos, emprender sin una carga regulatoria excesiva o recibir una atención de salud oportuna.

La distancia entre la política y la vida cotidiana no siempre nace de la mala fe. Muchas veces es consecuencia de una creciente separación entre las élites políticas, burocráticas e intelectuales y la realidad y experiencia concreta de la ciudadanía.

Orwell comprendió que esa distancia termina debilitando incluso las mejores causas. Cuando las personas sienten que quienes las gobiernan no conocen sus dificultades, dejan de confiar no solo en determinados gobiernos, sino también en las propias instituciones.

Esta enseñanza también interpela a una parte de la izquierda contemporánea. Orwell nunca renunció a la búsqueda de una sociedad más justa (socialista), pero rechazó la idea de que la justicia pudiera construirse desde la superioridad moral, el dogmatismo o la desconexión con la experiencia de las personas. Su crítica iba dirigida precisamente contra aquellos intelectuales que, convencidos de poseer las respuestas correctas, terminaban hablando más entre ellos que con quienes decían representar.

Esa advertencia conserva plena actualidad. Ningún proyecto de transformación social puede sostenerse únicamente sobre discursos, consignas o elaboraciones teóricas. Las reformas públicas exigen comprender cómo viven las personas, cómo funcionan las instituciones, cuáles son los incentivos reales y qué consecuencias producirán las normas que se dictan.

Cuando una política pública se diseña desde la abstracción, sin suficiente contacto con la realidad económica y social, aumenta el riesgo de crear regulaciones formalmente coherentes pero materialmente ineficaces. La calidad de una ley no depende solo de la nobleza de sus fines; también depende de la racionalidad de sus medios, de la solidez de sus fundamentos y de su capacidad para responder a los problemas reales que pretende resolver.

Esta reflexión resulta especialmente pertinente frente a proyectos legislativos complejos que buscan transformar áreas relevantes de la economía o del sistema tributario. Más allá de los objetivos que persigan, la pregunta esencial sigue siendo la misma que planteaba Orwell: ¿Han sido concebidos desde el conocimiento de la realidad o desde una construcción predominantemente teórica? ¿Dialogan con la experiencia de quienes deberán cumplir esas normas y vivir bajo sus efectos? ¿Han ponderado adecuadamente sus consecuencias sobre la igualdad, la competencia, la seguridad jurídica y el funcionamiento de las instituciones?

Estas preguntas no son un rechazo al cambio. Por el contrario, constituyen una exigencia para que el cambio sea legítimo, eficaz y sostenible.

El verdadero progreso no consiste en imponer una teoría sobre la sociedad, sino en comprender primero la sociedad para luego construir instituciones capaces de mejorarla.

Quizás esa sea la mayor lección de El camino a Wigan Pier. Orwell nos recuerda que la política pierde su sentido cuando deja de caminar por las calles y comienza a vivir exclusivamente en seminarios, oficinas, ministerios o parlamentos. Ninguna estadística sustituye una conversación con quien trabaja, emprende, paga impuestos, espera una atención médica o intenta sacar adelante a su familia.

La realidad siempre termina imponiéndose sobre las ideas que la ignoran.

Y mientras las élites —sean de izquierda o de derecha, políticas, económicas, burocráticas o académicas— no comprendan que la legitimidad de sus decisiones depende de su capacidad para conocer y entender la vida de las personas, seguirán reproduciendo el mismo error que Orwell denunció hace casi un siglo: creer que es posible transformar la sociedad sin escucharla primero.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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