Opinión
No hay niños flojos
Si queremos un sistema educativo más justo, no basta con reconocer el mérito: debemos preguntarnos primero si todos tuvieron realmente la oportunidad de demostrarlo.
En el marco del proyecto que reforma el Sistema de Admisión Escolar (SAE) —hoy en discusión en el Congreso—, uno de los conceptos que ha cobrado mayor protagonismo es el reconocimiento del mérito académico y el esfuerzo como criterios para acceder a los establecimientos con alta demanda.
La propuesta permitiría que esos colegios ponderen, entre otros factores, el rendimiento académico desde séptimo básico. Es precisamente sobre este punto donde resulta necesario detenerse y reflexionar.
Hablar de mérito parece, a primera vista, una idea justa. ¿Quién podría estar en contra de reconocer el esfuerzo de un estudiante? El problema surge cuando ese criterio se transforma en la llave principal para acceder a un cupo en los colegios más demandados, porque entonces corremos el riesgo de invisibilizar todo aquello que ocurre mucho antes del resultado académico.
Detrás de cada estudiante existe una historia. Y, particularmente en quienes crecen en contextos de mayor vulnerabilidad, esa historia muchas veces está marcada por la pobreza, la negligencia, la violencia intrafamiliar, el abandono, los problemas de salud mental, el consumo de alcohol y drogas al interior del hogar, el maltrato o la ausencia de adultos protectores. Ninguna de estas realidades aparece reflejada en una calificación, un ranking o un indicador de rendimiento, pero todas influyen profundamente en las posibilidades reales de aprender.
Por eso, cuando un estudiante no alcanza los resultados esperados, no deberíamos concluir automáticamente que le faltó esfuerzo. Con demasiada frecuencia, el verdadero fracaso es el de un sistema que no fue capaz de identificar ni responder a las condiciones que limitaron sus oportunidades de aprender.
Hemos aprendido a observar únicamente la punta del iceberg, ignorando todo aquello que permanece oculto bajo la superficie y que explica gran parte de las diferencias en el desempeño escolar.
Es necesario cuestionar, además, una idea profundamente instalada en nuestra cultura: que existen niños flojos o desmotivados. La evidencia y la experiencia cotidiana muestran otra realidad. No existen niños que elijan no esforzarse; existen niños que enfrentan condiciones enormemente desiguales para desarrollar ese esfuerzo.
Trabajo hace más de quince años en un colegio con alta vulnerabilidad social y, para mí, es imposible mirar a los estudiantes con los que trabajo sin considerar su situación de carencia afectiva y social. Mientras algunos crecen rodeados de afecto, estabilidad, alimentación adecuada, apoyo escolar y adultos disponibles para acompañarlos, otros deben estudiar solos, cuidar a sus hermanos menores, convivir con la violencia o intentar aprender en hogares donde las necesidades básicas ni siquiera están cubiertas.
Algunos hacen sus tareas en un ambiente tranquilo, con acceso a libros, internet y acompañamiento permanente; otros simplemente intentan sobrevivir al día siguiente. Pretender evaluar a ambos bajo el mismo concepto de mérito es desconocer que nunca comenzaron desde el mismo lugar.
Y esto no es solo una impresión desde el aula. Chile aparece de forma persistente como uno de los sistemas escolares más segregados socioeconómicamente de la OCDE: nuestras escuelas tienden a reunir a niños parecidos entre sí, y esa separación se refleja directamente en los aprendizajes.
En la prueba PISA más reciente, los estudiantes del nivel socioeconómico más alto superaron a los del más bajo por cerca de setenta puntos. La evidencia comparada agrega algo incómodo para quienes celebran la selección temprana: los países que seleccionan antes no son más justos ni obtienen mejores resultados; concentran a quienes ya venían aventajados y ensanchan la brecha. Reponer criterios de selección en la puerta de entrada no corrige esa desigualdad de origen.
La verdadera igualdad de oportunidades consiste en garantizar que todos tengan condiciones reales para desarrollar sus potencialidades y para nada significa exigir el mismo rendimiento a todos. Antes de premiar el punto de llegada, el Estado y el sistema educativo tienen la responsabilidad de nivelar el punto de partida. Solo cuando ese punto de partida es equivalente, el esfuerzo puede convertirse en un criterio justo.
La educación debe transformarse en un mecanismo que reduzca las desigualdades de origen y ofrezca a cada niño y adolescente la posibilidad de construir un proyecto de vida independiente del contexto en el que nació. Debemos alejarnos de un modelo educativo que premie únicamente a quienes el azar les permitió nacer en una familia con recursos y capacidades.
Si queremos un sistema educativo más justo, no basta con reconocer el mérito: debemos preguntarnos primero si todos tuvieron realmente la oportunidad de demostrarlo.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.