Opinión
La situación migratoria África-Europa y el fondo de la cuestión
Es el momento para que los líderes y toda la sociedad europea comprendan que por razones históricas y por propia seguridad, se debe dar un giro completo al enfoque de la situación, asumiendo la responsabilidad por las condiciones que impulsan estas migraciones.
La irrupción por mar y tierra hace dos semanas de ochenta mil personas (según cifras oficiales) en la ciudad de Ceuta, debe ser objeto, una vez superada la emergencia, de un análisis de fondo más allá de las interpretaciones y lecturas que se han prodigado por estos días, tanto en España como en el resto de Europa, que sitúan el problema en la superficie, en la coyuntura y en el corto plazo. Las soluciones que se proponen en Europa siguen siendo más de lo mismo: contención, cierre de fronteras, represión, expulsión, militarización, que no son sostenibles en el tiempo
Este episodio también debería servir de alerta para entender, prospectar y conducir situaciones migratorias que se viven o están latentes en otras partes del mundo, especialmente en los flujos hacia EE. UU. o las migraciones al interior de América del Sur, generadas por profundas asimetrías de desarrollo y falta de oportunidades especialmente para los jóvenes.
África enfrenta un enorme reto demográfico: supera actualmente los 1.500 millones de habitantes, alcanzará los 2.100 millones dentro de 15 años, y en el 2050 serán 2.500 millones. El 70% tiene menos de 30 años, con pocas perspectivas de empleo, prosperidad y estabilidad, millones de ellos ven en el Viejo Continente el futuro del que carecen. Si se mantienen estas condiciones, el impulso migratorio es imparable.
Es el momento para que los líderes y toda la sociedad europea comprendan que por razones históricas y por propia seguridad, se debe dar un giro completo al enfoque de la situación, asumiendo la responsabilidad por las condiciones que impulsan estas migraciones.
Según historiadores, analistas e informes de organizaciones internacionales, durante el periodo colonial las potencias europeas se distribuyeron amplias zonas de África de acuerdo con sus intereses políticos y económicos. La Conferencia de Berlín de 1884-85, en la que participaron 12 países europeos, el Imperio Otomano y EE. UU. “oficializó” las reglas del reparto, sin la presencia, por cierto de algún líder africano. ¿Con qué derecho se repartieron el continente o establecieron los llamados eufemísticamente “protectorados”? Se construyeron ferrocarriles, carreteras, puertos, escuelas y administraciones, pero el efecto no fue crear economías africanas integradas y autónomas, promover instituciones políticas y creación de capacidades, sino hacer funcionar un sistema colonial.
Posteriormente, la descolonización e independencia no significó una ruptura ordenada, sino más bien apresurada y desprolija. En muchos casos mediante guerras, presión política y económica, Guerra Fría, nuevos Estados con fronteras artificiales y antinaturales, gobiernos precarios, corrupción, economías poco preparadas para un desarrollo autónomo. Las antiguas metrópolis conservaron influencia, importantes relaciones económicas, militares y políticas, haciendo la vista gorda frente a dictaduras, persecuciones y corrupción.
Los programas de cooperación al desarrollo implementados durante décadas como una suerte de compensación, han aportado recursos muy importantes pero insuficientes. A la vista está que no han servido para transformar las estructuras que generan desigualdad y falta de oportunidades. La relación comercial asimétrica no ha dado respuesta a la demanda de “trade and aid”, y la cooperación ha sido frecuentemente fragmentaria, paliativa y diseñada desde categorías europeas. En los últimos años, a la inversa de lo que se requiere, una parte de ella se ha vinculado cada vez más a la gestión migratoria y al control de fronteras, como revela un estudio publicado por el Parlamento Europeo en 2025.
La Europa actual claramente no es la 1884, tiene valores, principios y normas que impedirían una situación como aquella, y el mundo también ha evolucionado. Por lo tanto, tiene las condiciones para contribuir a cambiar las cosas de raíz. Una estrategia de desarrollo integral que supere en objetivos, alcances y financiamiento los actuales programas de cooperación, construida conjuntamente con las sociedades africanas en un gran acuerdo político de futuro para un Plan Integral sostenible, una suerte de Plan Marshall pero con los parámetros del Siglo XXI.
Puede seguir invirtiendo en contener con muros y paliativos las consecuencias migratorias de la falta de desarrollo africano, tratando de mantener un estatus quo imposible. O puede demostrar claridad prospectiva y estratégica, invirtiendo en que la población africana tenga futuro. Migrar dejaría de ser una necesidad, sería una opción. En definitiva, la mejor política migratoria europea debe ser una política euroafricana de desarrollo.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.