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Cerimedo y la opinión pública fabricada: una tesis Opinión Elaborada por El Mostrador

Cerimedo y la opinión pública fabricada: una tesis

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Guido Romo Costamaillère
Por : Guido Romo Costamaillère Director de Encuestas y Opinión Pública de Gemines Consultores y director de Scanner Social
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El asunto Cerimedo no debería investigarse solo para saber quién difundió una falsedad contra Matthei. También debería permitirnos preguntar quién puede producir la apariencia del público, quién puede medirla y qué ocurre cuando ambas operaciones empiezan a cerrarse sobre sí mismas.


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El caso Cerimedo importa por algo más grave que la eventual difusión de falsedades contra Evelyn Matthei durante la campaña. Ese episodio concentró la discusión chilena en el problema conocido de la desinformación, pero el caso deja entrever algo más sofisticado: la posibilidad de cerrar un circuito entre la fabricación de aquello que creemos que los demás piensan, la modificación de nuestras propias preferencias y la posterior devolución de esos efectos, mediante encuestas o mediciones, como si fueran expresión espontánea de la ciudadanía.

No se manipula únicamente aquello que pienso sobre una candidata. También puede intervenirse aquello que creo que los demás piensan de ella. Puedo desconfiar de una acusación y, sin embargo, concluir que “todo el mundo” la cree. Y esa percepción puede llevarme a callar, abandonar una candidatura que considero derrotada, modificar mi voto o sumarme a quien aparece como mayoritario.

La literatura especializada conoce desde hace tiempo ese mecanismo. La “espiral del silencio” mostró que las personas no expresan sus convicciones independientemente del clima social que perciben. Podemos mantener una opinión y dejar de defenderla si creemos que hemos quedado solos. Los bots y el astroturfing intervienen precisamente en ese nivel. No necesitan convencerme de que una acusación es verdadera. Puede bastar con hacerme creer que miles de ciudadanos ya están convencidos de que lo es.

Aquí aparece una diferencia crucial respecto de la propaganda tradicional. Esta tenía un emisor reconocible: un partido, un gobierno o un periódico quería persuadirme. “El Mercurio miente”, escrito por los estudiantes de la PUC en 1967 pertenece a esa lógica. El astroturfing realiza una operación distinta: una acción organizada desde arriba se presenta como espontaneidad desde abajo. El problema puede no residir en la falsedad de cada mensaje, sino en la falsedad de la cantidad y pluralidad que los emite. Mil cuentas parecen mil ciudadanos; una operación centralizada aparece como clima social.

Pero el salto más inquietante surge cuando esa fabricación se conecta con los instrumentos mediante los cuales una sociedad intenta saber qué está pensando: Los estudios de opinión.

Cerimedo ofrece aquí un antecedente sugerente. En 2020 explicó que Numen combinaba encuestas y estrategia política digital. Eso no demuestra fraude ni prueba que haya operado en Chile el circuito completo que describo, pero sí permite formular la pregunta pertinente: ¿qué ocurre cuando quien interviene estratégicamente sobre el clima de opinión participa también en los dispositivos que luego lo representan como realidad independiente? Con ello puede cerrarse un circuito perverso.

Una operación coordinada produce la impresión de apoyo o rechazo masivo. Ciudadanos reales perciben ese clima y ajustan su conducta. Algunos callan, otros abandonan, otros se suman. Una encuesta posterior puede registrar cambios reales producidos, en parte, por aquel clima inicialmente artificial. Al publicarse, la medición confirma la sensación de que “la gente piensa así” y alimenta nuevas conductas.

No hace falta que una encuesta cuente bots como electores ni que adultere resultados. Puede ocurrir algo más sutil: que una medición metodológicamente real registre consecuencias reales de una participación inicialmente ficticia.

Por eso el problema no es simplemente una relación entre bots y encuestas. Es una relación recursiva entre producción y observación de la opinión pública. Quien interviene como parte puede reaparecer, directa o indirectamente, como productor de conocimiento sobre el conjunto. Aquello que contribuyó a producir retorna convertido en evidencia de “lo que piensa la ciudadanía”.

Llamo s esto “captura reflexiva de la opinión pública”: intervenir no solo sobre las opiniones, sino también sobre los mecanismos mediante los cuales una sociedad intenta observarse a sí misma.

Aquí el problema va un paso más allá de lo que Jürgen Habermas alcanzó a conceptualizar en su última reflexión sobre la esfera pública. Habermas vio con extraordinaria claridad la fragmentación digital, la erosión de la mediación periodística y el peligro de que la esfera pública perdiera la capacidad de reconocerse como un espacio común. El caso Cerimedo obliga a radicalizar esa intuición: no solo puede fragmentarse el público real; puede fabricarse parcialmente su apariencia.

Y esa apariencia puede regresar después a los ciudadanos bajo la forma autorizada de una medición de aquello que ellos mismos supuestamente piensan.

La diferencia es importante. Una esfera pública fragmentada sigue estando compuesta por ciudadanos reales que ya no se escuchan suficientemente entre ellos. Una esfera parcialmente sintética introduce además voces que simulan ciudadanos independientes. Si esas señales alteran conductas reales y luego reaparecen en encuestas, tendencias o indicadores, la sociedad puede terminar observando como propia una imagen que alguien contribuyó estratégicamente a fabricar.

Esto no convierte toda encuesta partidaria en manipulación ni toda cuenta anónima en engaño. Una encuesta financiada por un actor político puede ser rigurosa. El anonimato puede proteger al disidente. Lo decisivo es que podamos distinguir entre quien busca persuadir, quien habla como ciudadano y quien pretende medir lo que la ciudadanía piensa. En el límite, el problema es que la “captura reflexiva de la opinión pública” hace que sea imposible decidir entre opinión pública verdadera y fabricada, entre algo así como el original y su copia. Es el viejo problema de la falsificación.

En El show de Truman, el protagonista no es engañado simplemente acerca de hechos particulares. Le fabrican a los otros con quienes contrasta su experiencia. Cree estar observando una sociedad cuando, en realidad, observa una puesta en escena construida para él.

La democracia se degrada cuando se engaña a los ciudadanos sobre la realidad. Se degrada todavía más cuando se les engaña acerca de sus conciudadanos. Y cruza un umbral distinto cuando esa imagen fabricada puede volver certificada como “opinión pública”.

El asunto Cerimedo no debería investigarse solo para saber quién difundió una falsedad contra Matthei. También debería permitirnos preguntar quién puede producir la apariencia del público, quién puede medirla y qué ocurre cuando ambas operaciones empiezan a cerrarse sobre sí mismas.

En ese punto ya no se falsifica solamente una noticia. Se fabrica al público en cuyo nombre después se pretende hablar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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