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PISA se juega antes de entrar al Escuela Opinión AgenciaUno

PISA se juega antes de entrar al Escuela

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PISA es una fotografía tardía. Los jóvenes que rindieron esta prueba ingresaron al sistema escolar hace una década. Los que rendirán la próxima están hoy en sala cuna y jardín infantil, o en sus casas.


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El dato revelado esta semana es que el 59% de los estudiantes chilenos de 15 años no alcanza el nivel básico en matemáticas, frente al 35% en la OCDE, y que, con 403 puntos, tuvimos el peor resultado desde que Chile participa en PISA. Vale la pena agregar uno menos comentado: prácticamente ningún estudiante chileno alcanza los niveles superiores de desempeño, donde la OCDE ubica al 8%. No es solo que nos esté yendo mal. Arriba directamente no aparecemos.

La discusión que viene será sobre el currículum, las horas de clase y los celulares en la sala. Todo eso importa. Pero conviene decir algo que la evidencia muestra desde hace rato y que la política pública chilena sigue tratando como un detalle, y es que buena parte de esa brecha ya estaba instalada mucho antes de que estos jóvenes entraran a la enseñanza media. 

Primero, ¿por qué deberían importarnos especialmente las matemáticas? No es una preferencia estética por los números. La habilidad numérica temprana es uno de los predictores más fuertes del rendimiento académico posterior y sus efectos no se limitan a la escuela. Estudios longitudinales muestran que la capacidad matemática a los siete años predice el nivel socioeconómico a los cuarenta años. Y en decisiones cotidianas, la diferencia es concreta; la evidencia sobre créditos hipotecarios muestra que las personas con menor habilidad numérica caen en mora con mucha mayor frecuencia, controlando por ingresos y educación. En un país donde la gente elige AFP, plan de isapre, crédito y repactación, no saber estimar es caro.

Segundo, dónde se aprende. Llevamos años estudiando lo que la literatura denomina el ambiente numérico del hogar, es decir cuánto se cuenta, se mide, se comparan cantidades y se habla de números en la vida cotidiana de una familia. En nuestras investigaciones con niños chilenos, ese ambiente no solo se asocia con el nivel de habilidad matemática; también predice cuánto crece esa habilidad durante el kínder. Y lo que los adultos hacen con los niños depende de algo previo: de lo que esperan de ellos y de cómo se sienten ellos mismos ante las matemáticas. Las expectativas y las actitudes anteceden a las actividades.

Hay un resultado que debería ordenar esta conversación. Al considerar niños chilenos desde kínder hasta tercero básico, encontramos que las actividades matemáticas en el hogar predicen el desempeño en kínder, pero dejan de predecirlo desde primero básico en adelante, cuando el nivel socioeconómico de la escuela y la fluidez aritmética de la madre pasan a explicarlo. Dicho de otro modo: la ventana en la que la casa marca la diferencia es temprana y se cierra. Antes es mejor, y no por una intuición pedagógica, sino porque después el hogar pesa menos. A esto se suma algo que hemos visto al comparar Chile con países europeos: el contexto del hogar, incluidos los materiales de aprendizaje disponibles, explica acá una mayor parte de las trayectorias de desarrollo infantil. En Chile, la casa es una palanca más grande, para bien y para mal.

Tercero, la asimetría chilena. Hicimos un trabajo cultural razonablemente bueno instalando la idea de que a los niños hay que leerles desde guagua. A ningún padre le extraña que le regalen un cuento. Pero contar con ellos, estimar, medir, jugar con cantidades, se siguen viendo como materia de la escuela y no de la casa. Y arrastramos un problema adicional, muchos adultos chilenos les tienen miedo a las matemáticas y lo transmiten. La investigación experimental resulta incómoda en este sentido. Los padres con ansiedad matemática que ayudan con las tareas transmiten la ansiedad, no la habilidad, y sus hijos aprenden menos. 

La buena noticia es que la intervención es barata. No se trata de comprar material ni de escolarizar la sala cuna. Se trata de hablar y usar números en lo que ya ocurre: poner la mesa, subir la escalera, repartir la fruta, comparar precios en la feria. Estudios experimentales recientes muestran que aumentar deliberadamente el uso del lenguaje numérico por parte de los padres mejora el conocimiento numérico de los niños de educación inicial. Es de las pocas cosas en política educativa que cuestan casi nada.

Y tenemos los canales para hacerlo. El control de salud infantil atiende a casi todos los niños del país durante sus primeros años de vida. Chile Crece Contigo ya entrega material a las familias. Las salas cuna y jardines están discutiendo su reglamentación justo ahora, con la extensión del derecho a la sala cuna en trámite. Ninguno de esos tres canales tiene hoy un componente serio de matemática temprana, y en el caso de las educadoras vale preguntarse cuántas cargan la misma ansiedad matemática que queremos evitar en las familias.

PISA es una fotografía tardía. Los jóvenes que rindieron esta prueba ingresaron al sistema escolar hace una década. Los que rendirán la próxima están hoy en sala cuna y jardín infantil, o en sus casas. Si seguimos discutiendo solo lo que pasa en la enseñanza media, vamos a volver a mirar la misma foto en tres años y a sorprendernos otra vez.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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