Opinión
Cuando el eco empieza a cerrar futuros
El desafío de orientar la ciencia y el conocimiento sin apagar las preguntas que todavía no sabemos que necesitaremos.
Hay frases que desaparecen rápidamente del debate público y otras que producen eco. No necesariamente porque sean escandalosas, sino porque tocan algo más profundo. En las últimas semanas hemos escuchado que Chile debe ser “más estratégico” en ciencia, que cada peso invertido en talento debe traducirse en “desarrollo real” y que “no hay ideología, solamente hay datos”.
Chile necesita una política científica estratégica. El problema aparece cuando esas ideas reverberan de otra manera en el ecosistema: cuando “estratégico” comienza a confundirse con priorizar determinadas áreas; “desarrollo real”, con retorno económico inmediato; y “datos”, con una neutralidad que oculta que toda prioridad supone criterios, valores y, finalmente, una determinada idea de país.
Una política científica no solo distribuye recursos. También envía señales. Un investigador o investigador inicial observa qué áreas tendrán financiamiento; una universidad anticipa dónde estarán las oportunidades; un doctorando intenta imaginar qué conocimientos tendrán futuro. Esas señales modifican decisiones, las decisiones construyen o erosionan capacidades y esas capacidades terminan delimitando las preguntas que un país podrá responder mañana.
Ese es quizás el punto menos visible de esta discusión. Las capacidades científicas tardan décadas en construirse, mientras una generación de investigadores puede decidir su trayectoria en pocos años. Nadie necesita prohibir una disciplina para debilitarla. Basta con que los incentivos comiencen a hablar más fuerte que la curiosidad, la exploración y el riesgo intelectual. Lo que hoy parece una señal de financiamiento puede convertirse mañana en una frontera de lo que el país es capaz de conocer.
Por eso importa distinguir dirección estratégica de control epistemológico. Es legítimo que el Estado plantee que Chile debe enfrentar el cambio climático, desarrollar inteligencia artificial o transformar su matriz productiva. Lo delicado es pasar de definir esos desafíos a anticipar qué conocimientos serán los más valiosos para resolverlos. Los grandes problemas públicos no vienen ordenados por disciplinas. Precisamente porque son complejos, necesitan conocimientos capaces de encontrarse, tensionarse y producir respuestas que ninguna especialidad podría construir por sí sola.
También debemos escuchar otro eco. Cuando universidades y comunidades científicas son descritas principalmente como actores que defienden intereses económicos, existe el riesgo de disminuir su legitimidad como interlocutores públicos. Las universidades tienen intereses y deben rendir cuentas. Pero reducir la discrepancia a una defensa corporativa empobrece una conversación que necesita más voces, no menos.
Tal vez la pregunta no sea si la ciencia chilena está hoy bajo amenaza, sino cuándo comienza una amenaza para un ecosistema de conocimiento. ¿Cuando se elimina una disciplina? ¿Cuando se cierra un programa? ¿O mucho antes, cuando las señales, los incentivos y las prioridades empiezan a modificar silenciosamente qué investigamos, qué capacidades construimos y qué conocimientos imaginamos con futuro? La pregunta democrática es qué arquitectura institucional necesitamos para que este o cualquier futuro gobierno pueda orientar estratégicamente la CTCI sin estrechar los límites de lo que un país puede llegar a conocer.
Defender la ciencia tampoco significa defender el statu quo. Chile necesita más transferencia, pertinencia, colaboración y capacidad para demostrar contribución. Pero necesita también preservar aquello que le permite aprender frente a futuros que todavía no puede anticipar: autonomía, pluralidad, excelencia, estabilidad, evaluación por pares, interdisciplinariedad, libertad de investigación y compromiso social.
Conviene, entonces, escuchar estos ecos. No solo aquello que una política pretende decir, sino lo que un ecosistema termina escuchando. Porque las políticas científicas no solo distribuyen recursos: también distribuyen posibilidades.
La pregunta democrática es quién puede definirlas, discutirlas y transformarlas. Y cómo evitamos que una sola voz termine ocupando toda la sala.
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