Opinión
Chile, un actor clave para proteger la oscuridad de la Antártica
Chile reúne hoy dos condiciones muy relevantes: está generando conocimiento científico sobre los efectos de la contaminación lumínica en la Antártica y posee una regulación nacional avanzada para controlar las emisiones de este contaminante.
El continente antártico sigue siendo uno de los lugares más prístinos del planeta. Sin embargo, la Antártica no está exenta de la actividad humana y de los impactos que genera. Actividades como el desarrollo de investigación científica, trabajo logístico, soberanía y en el último tiempo actividades turísticas, han aumentado significativamente durante los último años. Entre los impactos de las actividades de origen antropogénico existe uno que, hasta hace poco, había recibido escasa atención en ambientes polares: la luz artificial nocturna.
La iluminación artificial permite el desarrollo de diversas actividades durante las horas de oscuridad y además es utilizada con fines de seguridad. Sin embargo, esta ha mostrado tener diversos efectos negativos, por lo que ha sido reconocida como contaminación lumínica.
Una de sus consecuencias más conocidas es la pérdida de la calidad de los cielos nocturnos para la observación astronómica. Paralelamente, hoy sabemos que los efectos de la luz artificial pueden afectar distintas especies y en distintos ecosistemas, por lo que la protección de la biodiversidad ha comenzado a ocupar un lugar central en la regulación de la emisión de luz artificial.
La Antártica no está ajena a este problema. Bases científicas, embarcaciones, infraestructura y actividad turística requieren de iluminación y, con ello, se introduce luz artificial en ambientes que naturalmente experimentan períodos de oscuridad muy particulares. Los efectos de la contaminación lumínica sobre los ecosistemas antárticos son aún desconocidos y por tanto constituye una prioridad de investigación.
Chile ya está contribuyendo a llenar ese vacío de conocimiento. La Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) financia actualmente el programa de investigación “Disrupting Polar Ecosystems: Light Pollution May Alter the Ecological Effects of Global Warming” (DIPOLE), iniciativa que busca evaluar la magnitud de la contaminación lumínica y comprender los impactos sobre los organismos y sus interacciones en los ecosistemas antárticos.
Chile tiene gran experiencia en la regulación de la emisión de luz artificial. Desde octubre de 2024 se encuentra vigente la nueva Norma de Emisión de Luz Artificial, una de las más modernas del mundo, que incluye la protección de los cielos para la observación astronómica, la protección de la biodiversidad y la salud de las personas. Aquellos elementos sitúan a Chile en una posición particularmente avanzada en materia de regulación de la contaminación lumínica.
Esa experiencia abre una oportunidad que debiéramos aprovechar. La gobernanza ambiental de la Antártica se desarrolla en el marco del Sistema del Tratado Antártico y de su Protocolo sobre Protección del Medio Ambiente, que compromete a las Partes con la protección integral de los ecosistemas antárticos. Por ello, una norma nacional chilena no puede implementarse como una regulación para la Antártica.
Sin embargo, el conocimiento adquirido en Chile sí puede aportar evidencia, criterios técnicos y experiencia para promover mejores prácticas y avanzar en la discusión internacional sobre cómo prevenir y reducir la contaminación lumínica en el continente blanco.
Chile reúne hoy dos condiciones muy relevantes: está generando conocimiento científico sobre los efectos de la contaminación lumínica en la Antártica y posee una regulación nacional avanzada para controlar las emisiones de este contaminante. Esta combinación ofrece una oportunidad concreta para que nuestro país contribuya al desarrollo de estándares, criterios y buenas prácticas para la protección de la oscuridad natural en la Antártica.
Proteger la oscuridad no significa detener la presencia humana en el continente. Significa comprender que incluso una intervención aparentemente pequeña, como encender una luz, puede tener consecuencias en ecosistemas que han evolucionado durante millones de años bajo condiciones de iluminación natural. La Antártica representa una oportunidad única para anticiparnos al problema y evitar que la contaminación lumínica se convierta en una nueva amenaza para sus ecosistemas.
Chile tiene ciencia, experiencia y una posición geográfica privilegiada para asumir este desafío. El siguiente paso es transformar ese conocimiento en colaboración internacional y contribuir a que la oscuridad antártica siga siendo parte de uno de los patrimonios naturales más extraordinarios del planeta.
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