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La gran convergencia del siglo XXI es entre la infraestructura digital y la energética
En el siglo XX, la electricidad impulsó la industrialización. En el siglo XXI, impulsará buena parte de la economía digital. Chile tiene la oportunidad de transformar su abundancia en generación energética en capacidad tecnológica, innovación y desarrollo.
El principal desafío que enfrenta hoy la economía digital no está solamente en la capacidad de procesar datos y la velocidad de despliegue de la infraestructura digital, sino en la capacidad de los sistemas eléctricos para sostenerlos. En 2024, los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora en el mundo y hacia 2030 esa cifra podría alcanzar los 945 teravatios hora. En Estados Unidos utilizaron 176 teravatios hora en 2023 y se proyecta que demandarán entre 325 y 580 teravatios hora en 2028, equivalentes a entre el 6,7 y el 12 por ciento de toda la electricidad de ese país.
En Chile, la demanda eléctrica de estas instalaciones podría pasar de aproximadamente 325 megavatios en 2025 a más de 1.200 megavatios en 2030. En menos de una década, el consumo mundial se duplicará, el estadounidense podría triplicarse y el chileno casi cuadruplicarse. Sin embargo, aunque comparten territorio, infraestructura y clientes, ambos mundos han sido históricamente planificados como industrias separadas, fragmentadas, sin una relación estratégica formal y sin una visión de propósito común. El avance tecnológico actual hace que esa separación sea cada vez más difícil de sostener.
Lo que solemos describir como una revolución de algoritmos es también una revolución de generación, transmisión, subestaciones, almacenamiento, semiconductores y refrigeración. Las grandes empresas tecnológicas buscan contratos eléctricos de largo plazo, aseguran capacidad de generación y exploran alternativas renovables, geotérmicas y nucleares. Al mismo tiempo, las compañías eléctricas deben prepararse para conectar instalaciones enormes, concentradas territorialmente, que operan las veinticuatro horas y requieren una continuidad de suministro a todo evento. La competencia internacional por liderar la inteligencia artificial se está convirtiendo, inevitablemente, en una competencia por disponer de energía suficiente, segura y competitiva.
Chile tiene una oportunidad excepcional frente a este escenario. Posee abundantes recursos solares y eólicos, estabilidad institucional, redes de fibra óptica, sistemas inalámbricos, conectividad internacional, cables submarinos y una industria digital relevante dentro de América Latina. El país cuenta además con un Plan Nacional de Data Centers y con una cartera creciente de iniciativas cuya inversión potencial se proyecta en torno a los US$12.000 millones. Tenemos condiciones difíciles de reunir en un mismo territorio, pero ninguna de ellas garantiza por sí sola que Chile consiga atraer, distribuir territorialmente y sostener esas inversiones.
La oportunidad chilena encierra, además, una paradoja. Mientras la inteligencia artificial requiere cantidades crecientes de electricidad, nuestro sistema eléctrico necesita nuevas fuentes de demanda capaces de aprovechar mejor la energía renovable que ya producimos. Durante 2025, el vertimiento de generación renovable superó los seis teravatios hora. Se trata de electricidad proveniente principalmente del sol y del viento que pudo generarse, pero no logró ser transportada, almacenada o consumida oportunamente. Chile posee una riqueza energética que muy pocos países tienen y, simultáneamente, enfrenta dificultades para aprovecharla completamente.
Durante años, nuestra conversación energética se concentró en cómo producir más electricidad. La transformación digital nos obliga ahora a incorporar la otra mitad de la ecuación y preguntarnos qué nueva demanda productiva necesita Chile y cuánta energía será necesaria para sostener nuestra economía digital.Los centros de datos, la computación de alto rendimiento, la inteligencia artificial y otras industrias intensivas en conocimiento pueden transformar parte de esa capacidad energética en inversión, innovación, empleo especializado y desarrollo regional.
Por eso resulta especialmente relevante que el Ministerio de Energía haya impulsado una instancia público-privada entre empresas tecnológicas, operadores de centros de datos y representantes del sector eléctrico. Es una señal correcta y avanza en la dirección que desde la industria de infraestructura digital hemos venido promoviendo. El mundo de la energía y el mundo digital deben comenzar a planificar juntos.
Con todo, y para aprovechar esa instancia, es la oportunidad de proyectar una gobernanza energético-digital permanente, con participación de las industrias de generación, transmisión, distribución, almacenamiento, telecomunicaciones y centros de datos, además de los organismos reguladores, los ministerios sectoriales y los gobiernos regionales. Su misión debe ser anticipar la demanda, identificar cuellos de botella, coordinar inversiones, reducir la tramitación innecesaria y establecer metas verificables. No se trata de confundir competencias, sino de construir una capacidad pública que observe ambas infraestructuras como partes de un mismo sistema para el desarrollo.
Esa gobernanza debe comenzar por elaborar un matriz nacional energético-digital. Chile necesita superponer la generación renovable, los vertimientos, las líneas y capacidades de transmisión, las subestaciones, los sistemas de almacenamiento, las redes de fibra óptica, los sistemas inalámbricos, la conectividad internacional, la disponibilidad de suelo digital, las condiciones ambientales, los ecosistemas productivos y la demanda tecnológica proyectada. Debemos saber dónde puede instalarse la nueva economía digital antes de que los inversionistas lleguen a preguntarlo.
Esta coordinación debe alcanzar también la escala más cotidiana de la infraestructura. Las empresas de telecomunicaciones necesitan conocer oportunamente cuándo será reemplazado o trasladado un poste, hacia dónde se proyectará una nueva red eléctrica, qué ductos estarán disponibles y en qué lugares se ejecutarán obras públicas. Una parte importante del despliegue digital todavía opera con información incompleta sobre la planificación eléctrica y territorial. Intercambiar esos datos permitiría disminuir costos, evitar duplicaciones, anticipar dificultades y ordenar mejor nuestras ciudades.
A partir de esa información, Chile debe desarrollar corredores o polos energético-digitales en territorios preparados para recibir centros de datos, infraestructura de inteligencia artificial y computación de alto rendimiento. Las regiones que reúnan energía renovable, capacidad de transmisión, almacenamiento, fibra óptica, conectividad internacional, suelo digital compatible y proveedores especializados podrían atraer inversiones que hoy tienden a concentrarse en Santiago. La convergencia entre ambas industrias puede transformarse así en una herramienta concreta de descentralización productiva.
También necesitamos reconocer que las redes de telecomunicaciones, las antenas, los centros de datos y las plataformas esenciales no son consumidores eléctricos comunes, es infraestructura digital crítica, ya que cuando se interrumpe el suministro no se afecta a una empresa, se comprometen los servicios de hospitales, bancos, instituciones públicas, comunicaciones de emergencia, sistemas de seguridad y actividades productivas completas. Por eso se requieren mecanismos de contratación eléctrica, almacenamiento, generación propia, diversidad de suministro, respaldo y protocolos prioritarios de recuperación de suministro compatibles con el carácter estratégico de estos servicios.
Todo este desarrollo debe realizarse bajo estándares ambientales exigentes. La eficiencia energética, la refrigeración responsable, la transparencia sobre el consumo de agua, la reutilización del calor cuando sea técnicamente viable, la economía circular y la participación temprana de las comunidades. No se trata de aprobar cualquier proyecto en cualquier territorio. La sostenibilidad no es lo contrario de la inversión. Es una condición para que esa inversión tenga legitimidad, continuidad y un verdadero impacto en el desarrollo.
La alianza entre energía e infraestructura digital ya no es solamente conveniente. Es inevitable. En el siglo XX, la electricidad impulsó la industrialización. En el siglo XXI, impulsará buena parte de la economía digital. Chile tiene la oportunidad de transformar su abundancia en generación energética en capacidad tecnológica, innovación y desarrollo. Pero para lograrlo debe abandonar la planificación fragmentada y comprender que las redes eléctricas y digitales son partes de una misma arquitectura nacional, ambas deben funcionar como una sola infraestructura para el desarrollo.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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