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Japón y los límites del pacifismo en el siglo XXI
Washington mantiene cerca de 60.000 militares en Japón y considera que la alianza entre ambos países sigue siendo fundamental para preservar el equilibrio estratégico en el Indo-Pacífico, pero está exigiendo cada vez con más insistencia que sus aliados incrementen sus gastos militares.
El pasado 2 de septiembre, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, anunció ante los principales mandos de las Fuerzas de Autodefensa que su gobierno revisará, antes de finalizar este año, los tres documentos fundamentales que definen la política de seguridad y defensa del país: la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y el Programa de Fortalecimiento de la Defensa.
No se trata de una modificación menor. Los actuales documentos fueron aprobados recién en 2022, pero Takaichi sostuvo que, en menos de cuatro años, el entorno de seguridad se ha vuelto todavía más complejo. También planteó la necesidad de incorporar con mayor rapidez nuevas tecnologías y formas de combate, mencionando expresamente la inteligencia artificial, los sistemas no tripulados, el espacio, el ciberespacio y el espectro electromagnético.
El anuncio constituye un nuevo paso en una transformación que se viene desarrollando desde hace años y que está modificando gradualmente uno de los principales rasgos del Japón surgido a partir de 1945.
Tras el término de la Segunda Guerra Mundial, Japón construyó una de las democracias más sólidas de Asia y se convirtió en una potencia económica y tecnológica, mientras mantenía importantes restricciones sobre el empleo de la fuerza. De hecho, el Artículo 9 de la Constitución de 1947 estableció la renuncia a la guerra como derecho soberano y el país terminó desarrollando un modelo de seguridad basado en sus Fuerzas de Autodefensa y, especialmente, en su estrecha alianza con Estados Unidos.
Durante décadas, ese modelo funcionó, pero el entorno estratégico que permitió sostenerlo ha cambiado profundamente.
China es hoy una potencia económica, tecnológica y militar que disputa a Estados Unidos la primacía en el Indo-Pacífico y ha incrementado su presión en torno a Taiwán y sus actividades cerca de las islas Senkaku, administradas por Japón, pero reclamadas por Beijing como las islas Diaoyu.
Por otro lado, Corea del Norte posee armas nucleares y una creciente capacidad de misiles balísticos que ha puesto constantemente en peligro al territorio japonés. Y Rusia, con la cual Japón mantiene además una histórica disputa territorial en el archipiélago de las Kuriles, demostró con la invasión de Ucrania su disposición a emplear la fuerza para modificar fronteras y alterar el statu quo.
Tokio ha debido adaptarse a esa nueva realidad. En 2015, durante el gobierno de Shinzo Abe, Japón reinterpretó las restricciones constitucionales para permitir, bajo determinadas circunstancias, el ejercicio de la autodefensa colectiva, y en 2022 adoptó una nueva estrategia que contempló un fuerte incremento del gasto militar y el desarrollo de capacidades de contraataque, que durante décadas habrían resultado difíciles de conciliar con la tradicional política de defensa japonesa.
La transformación ya se refleja en capacidades concretas. Japón prevé adquirir hasta 400 misiles de crucero Tomahawk estadounidenses, está desarrollando sus propios misiles de mayor alcance y ha adelantado su objetivo de elevar el gasto en defensa hasta un nivel equivalente al 2% del PIB. A eso se suman inversiones crecientes en sistemas no tripulados, defensa antimisiles, inteligencia artificial, espacio y ciberseguridad.
Pero sería equivocado interpretar este proceso como un simple abandono del pacifismo o, mucho menos, como un regreso al militarismo japonés de la primera mitad del siglo XX. El Japón que hoy fortalece sus Fuerzas de Autodefensa continúa siendo una democracia consolidada, mantiene importantes restricciones constitucionales sobre el empleo de la fuerza y sigue considerando su alianza con Estados Unidos como el principal pilar de su seguridad.
Lo que ha cambiado es el mundo que lo rodea. Y también está cambiando Estados Unidos.
Washington mantiene cerca de 60.000 militares en Japón y considera que la alianza entre ambos países sigue siendo fundamental para preservar el equilibrio estratégico en el Indo-Pacífico, pero, al mismo tiempo, está exigiendo cada vez con más insistencia que sus aliados incrementen sus gastos militares y asuman una responsabilidad mayor en su propia defensa.
Japón enfrenta así una doble presión. Por una parte, debe responder a un entorno regional cada vez más complejo, marcado por el ascenso de China, la amenaza nuclear y misilística norcoreana y una Rusia más agresiva. Por otra, debe prepararse para una relación con Estados Unidos en la cual Washington continuará siendo su principal aliado, pero que espera que Tokio dependa menos de las capacidades militares estadounidenses.
Esa combinación está empujando a Japón hacia una transformación que probablemente habría resultado difícil de imaginar durante buena parte de la posguerra. Después de todo, durante ocho décadas, el pacifismo, la democracia, el desarrollo económico y la alianza con Estados Unidos constituyeron elementos centrales del Japón surgido de las ruinas de 1945. Hoy Tokio no está renunciando necesariamente a ese legado. Pero está comprendiendo que, para preservarlo en un escenario internacional mucho más peligroso, necesita contar con mayores capacidades para defenderse y proteger sus propios intereses.
La paradoja es que Japón está fortaleciendo su poder militar no necesariamente para abandonar el orden de posguerra, sino porque el mundo que permitió sostenerlo, está desapareciendo.
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