ANÁLISIS
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Ucrania, Europa y el fantasma de febrero de 2022
Febrero de 2022 dejó una enseñanza que Europa no debe olvidar: las declaraciones de Moscú no bastan para determinar sus verdaderas intenciones, pero también demostró la importancia de distinguir entre las amenazas, las capacidades militares y las evidencias concretas.
Durante las semanas previas al 24 de febrero de 2022, Rusia negó reiteradamente que pretendiera invadir Ucrania, aunque –mientras Moscú rechazaba las advertencias occidentales– decenas de miles de soldados rusos se concentraban junto a las fronteras ucranianas.
De esta forma, Europa asistía al inicio de una crisis cuya gravedad muchos se resistían a reconocer. Ahora, cuatro años y siete meses después, el fantasma de aquella invasión vuelve a recorrer el continente. ¿La razón? La guerra parece estar entrando en una nueva etapa.
Rusia mantiene su ofensiva contra Ucrania, intensifica los ataques sobre sus ciudades y utiliza drones cada vez más modernos. Paralelamente, distintos gobiernos europeos denuncian una creciente campaña de guerra híbrida que incluye sabotajes, ciberataques e incursiones en el espacio aéreo de países de la OTAN.
En Ucrania, la evolución tecnológica de los ataques rusos constituye un motivo adicional de preocupación, porque Rusia está utilizando los Geran-3, Geran-4 y Geran-5, que son drones de propulsión a reacción que representan una importante salto tecnológico respecto de los Shahed iraníes convencionales.
Según cifras de la inteligencia militar ucraniana recogidas por Reuters, los lanzamientos rusos de drones capaces de alcanzar velocidades de entre 240 y 500 kilómetros por hora aumentaron de aproximadamente 450 en junio a 2.850 en agosto. Además, algunos de estos aparatos vuelan a altitudes de hasta siete kilómetros, dificultando su interceptación por los sistemas móviles de defensa antiaérea.
La magnitud del desafío resulta evidente, porque mientras Ucrania lograba interceptar más del 90% de los drones convencionales, esa proporción habría descendido hasta aproximadamente el 60% frente a los nuevos modelos a reacción, según la Fuerza Aérea ucraniana. De esta forma, la incorporación de estas tecnologías, combinada con ataques masivos de misiles y drones, está obligando a Kyiv a modificar nuevamente sus sistemas de defensa.
Las consecuencias son particularmente graves para la población civil. Según cifras del Gobierno ucraniano recogidas también por Reuters, durante las primeras tres semanas de septiembre Rusia lanzó unos 2.100 drones a reacción y 136 misiles contra Ucrania, en un período en el que los ataques causaron 288 muertos, incluidos cuatro niños. Los bombardeos contra edificios residenciales e infraestructura energética amenazan, además, con agravar las condiciones de vida de millones de ucranianos ante la proximidad de un nuevo invierno.
Sin embargo, la escalada no se limita al territorio ucraniano. Paralelamente, distintos gobiernos europeos han denunciado una intensificación de las operaciones híbridas atribuidas a Rusia, que incluyen sabotajes, ciberataques e incursiones de drones.
Estonia acaba de atribuir a los servicios especiales rusos un incendio provocado contra las instalaciones de Milrem Robotics, empresa vinculada al suministro de equipamiento militar a Ucrania, episodio que se inscribe en un escenario de creciente preocupación por la seguridad de las infraestructuras estratégicas europeas y de las empresas que participan en el esfuerzo de defensa ucraniano.
En el flanco oriental de la OTAN, Polonia ha debido activar reiteradamente sus sistemas de defensa aérea ante operaciones militares rusas próximas a sus fronteras. Esto, debido a que las incursiones y los incidentes aéreos han incrementado la preocupación por la posibilidad de que un episodio aparentemente limitado termine provocando una confrontación de mayores proporciones.
Las advertencias de los servicios de inteligencia europeos añaden una dimensión todavía más inquietante. El 24 de septiembre, la inteligencia militar danesa señaló que Rusia probablemente intensificará sus operaciones híbridas contra Occidente durante los próximos meses. Además, su evaluación contempla también un riesgo reducido, aunque creciente, de ataques militares limitados contra países de la OTAN.
La preocupación no reside exclusivamente en una eventual invasión convencional. Una operación de sabotaje, un ataque contra infraestructura estratégica o una incursión militar podrían poner a prueba la capacidad de respuesta y la cohesión de la Alianza Atlántica. Asimismo, la ambigüedad característica de la guerra híbrida dificulta establecer responsabilidades y determinar cuándo corresponde responder militarmente.
No obstante, sería un error establecer un paralelismo automático con febrero de 2022. Entonces existían evidencias de una concentración masiva de fuerzas rusas que anticipaba una posible invasión. Actualmente, no se ha identificado en forma pública un despliegue militar equivalente contra la OTAN, mientras que una parte considerable de las capacidades convencionales rusas continúa comprometida en Ucrania.
La amenaza podría adoptar, por tanto, características diferentes. Rusia dispone de instrumentos para incrementar la presión sobre Europa sin abrir necesariamente un nuevo frente convencional. Las operaciones híbridas permiten generar incertidumbre, amenazar infraestructuras estratégicas y poner a prueba la cohesión política occidental, mientras la guerra continúa desgastando a Ucrania.
El peligro reside también en la posibilidad de que una sucesión de incidentes provoque una escalada que escape al control de sus protagonistas. Por ejemplo, un ataque contra infraestructura crítica, una incursión aérea o una operación militar limitada podrían desencadenar respuestas difíciles de anticipar.
Febrero de 2022 dejó una enseñanza que Europa no debe olvidar: las declaraciones de Moscú no bastan para determinar sus verdaderas intenciones, pero también demostró la importancia de distinguir entre las amenazas, las capacidades militares y las evidencias concretas, para así evitar un enfrentamiento de consecuencias imprevisibles para todo el continente.
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