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Ola de protestas en Europa: ¿los “postergados” se cansaron de esperar? Opinión

Ola de protestas en Europa: ¿los “postergados” se cansaron de esperar?

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Mladen Yopo
Por : Mladen Yopo Doctor en Ciencia Política e investigador del Programa de Política Global - Universidad SEK-Chile
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Al final las movilizaciones son la expresión acumulada de una crisis socioeconómica y de representación; la demanda por dignidad, inclusión y derechos se ha convertido en un cuestionamiento al modelo de desarrollo y al sistema político.


Recientemente la excandidata presidencial Evelyn Matthei, dijo que el mayor riesgo que ve “es que la economía crezca y no crezca el empleo”, situación que “puede generar frustración social, porque las cifras macroeconómicas podrían mejorar mientras las familias siguen enfrentando desempleo, dificultades para llegar a fin de mes y falta de oportunidades”, agregando que esto puede profundizar la desconfianza en el gobierno y alimentar el malestar ciudadano. Y aunque no lo explicitó, quedo rebotando que ello podría devenir en un nuevo estallido social parecido al de octubre de 2019. No olvidemos que este comenzó con el aumento de la tarifa del Metro ($30 pesos), pero rápidamente se transformó en una movilización nacional espontanea en contra la desigualdad, las pensiones insuficientes, el costo de la vida, la precariedad laboral, las deficiencias de los servicios públicos y el mal trato. Millones de personas expresaron un malestar multidimensional acumulado y una crisis de representación bastante más allá del anclaje delictual que le ha tratado dar la derecha. 

Precisamente, eso es lo que parecer estar pasando en Europa y en otros puntos como Sudáfrica, Irak o Israel (Netanyahu ha puesto a Israel en una situación de inseguridad sin precedente al ser catalogado como uno de los países más odiados de acuerdo al Índide de Percepción Global 2026, la Pew Reserch Center 2026 y otros). La gente ya no cree y se cansó de esperar la prometida dignidad. Así, por ejemplo, en octubre de este año en 12 países europeos se registraron al menos 177 protestas/movilizaciones. Francia, España, Italia, Portugal y Bélgica concentraron buena parte estas expresiones de aguda crisis social, una que va más allá de la inflación, al existir una percepción ascendente de que el crecimiento económico, las decisiones presupuestarias y las instituciones políticas no responden a las necesidades cotidianas de las mayorías postergadas (“democracy does not deliver”). 

La combinación de precariedad (encarecimiento de la vida), desigualdad y pérdida de confianza está alimentando la rabia, la movilización y la polarización política entre incluidos y excluidos. En Francia los sindicatos de trabajadores están llamando a nuevas movilizaciones, uniéndose a estudiantes, jubilados y los chalecos amarillos (gilets jaunes, trabajadores principalmente de las zonas rurales o de la periferia urbana) ya movilizados.

En Croacia, estos malestares se han dirigido al gobierno conservador de Andrej Plenković, debido a la “corrupción”, el aumento del costo de vida (especialmente tras el ingreso a la Unión Europea y del euro), los bajos salarios, las pensiones insuficientes y las dificultades de acceso a la vivienda. Así, en abril, sindicatos y pensionados movilizaron a miles de personas en Zagreb para exigir mejores ingresos y denunciar el encarecimiento de alimentos y vivienda. En septiembre, decenas de miles protestaron contra la demora gubernamental en retirar más de 30.000 toneladas de residuos peligrosos acumulados en la región de Lika, cuestionando la responsabilidad institucional y los riesgos ambientales. Paralelamente, movilizaciones antifascistas denuncian el crecimiento de la extrema derecha, la rehabilitación de símbolos vinculados a ustacha (régimen fascista y ultranacionalista de Ante Pavelic que prevaleció entre 1941 y 1945) y la normalización de sus discursos. 

Estas protestas mundiales, así como las ideas fuerza de la ola azul demócrata (derechos, justicia/equidad, inclusión) que prevalecieron en las elecciones de medio mandato en EE.UU., entre otras manifestaciones, demuestran que esas divisiones estructurales que generan identidades, intereses y conflictos políticos por diferencias económicas, territoriales, culturales, religiosas, ideológicas o de clase, siguen presente en las democracias modernas. A estos clivajes tradicionales (capital-trabajo, Estado-Iglesia/religión, centro-periferia y campo-ciudad) se han sumado divisiones entre globalización y nacionalismo, élites y ciudadanía, generaciones, medioambiente (Albania y el proyecto turístico de Jared Kushner), migración y diversidad cultural. Precisamente cuando estas divisiones/fisuras se combinan con la desigualdad, desconfianza institucional y crisis de representación se intensifican el conflicto, la polarización y la movilización en plazos cada día más reducidos. 

Las protestas en Europa, por tanto, responden a una combinación de malestares con  el modelo de desarrollo/acumulación prevaleciente, expresadas en: el costo de vida y la desesperanza de futuro con una inflación acumulada, alza de combustibles, salarios insuficientes y pérdida del poder adquisitivo; las limitaciones de la vivienda con arriendo inaccesibles, desahucios y dificultades de jóvenes para emanciparse (especialmente en España y Portugal); problemas en la educación y la salud con los recortes presupuestarios, falta de profesores, sobrecarga laboral y deterioro de servicios públicos (Francia); desigualdad generacional al enfrentar los jóvenes precariedad laboral, menores oportunidades/expectativas.; corrupción y crisis de representación (Serbia y Albania); hasta la militarización como respuesta al debilitamiento de las estructuras mundiales de seguridad (en Alemania se han levantado movilizaciones en contra del rearme y el servicio militar).

En un mundo globalizado, hechos y/o procesos sociales de alto impacto en un lugar como las movilizaciones, no dejan indiferente al resto y muchas veces producen lo que se denomina “efecto imitativo”. Este es el caso de la propagación de movilizaciones/protestas de un país a otro cuando las personas observan que otros actores logran expresar sus demandas, desafiar a las autoridades o generar cambios políticos. Precisamente esto fue lo que ocurrió con la llamada Primavera Árabe (2010-2011), donde el malestar social acumulado, el deterioro de las condiciones de vida, la desigualdad, el desempleo juvenil y la percepción de que las instituciones políticas no respondían a las demandas ciudadanas, implicó una erupción ciudadana por 13 países (Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria, Argelia, Arabia Saudita, etc.). 

A pesar de las diferencias que se dan entre la Primavera Árabe y las movilizaciones europeas hoy, al enfrentar la primera a regímenes autoritarios reclamado libertades políticas y democratización (se parecen más a las de Hong Kong 2019-2020) mientras  las movilizaciones europeas se dan mayoritariamente en sistemas democráticos donde los conflictos se expresa y resuelven mediante huelgas, protestas y disputas electorales, la similitud central en ambos es que el malestar económico puede transformarse en una crisis política cuando la gente sienten que el sistema perdió capacidad de representarlos (distancia entre las expectativas sociales y la capacidad de respuesta de los sistemas políticos).

El caso de la India, las protestas de este año reflejan una crisis socio-política bajo el gobierno conservador de Narendra Modi, impulsadas por desigualdad, desempleo juvenil, corrupción, deterioro de la educación pública y cuestionamientos a la transparencia electoral. En ellas, por ejemplo, el movimiento juvenil Cockroach Janta Party movilizó a estudiantes y jóvenes contra irregularidades en exámenes y logró la renuncia del ministro de Educación en julio. Actualmente, las protestas se concentran en la revisión de los registros electorales donde se habrían eliminado más de 130 millones de nombres: la oposición denuncia exclusión de votantes, especialmente de minorías (manipulación de los procesos electorales), mientras el gobierno sostiene que se busca depurar registros duplicados o inválidos. La represión policial, las detenciones y las restricciones a estas expresiones han profundizado el conflicto. 

Las protestas europeas, las movilizaciones en la India y/o los conflictos sociales en otros países, comparten en el fondo demandas por mejor democracia, más justicia socio-económica, rechazo a la corrupción, precariedad laboral y cuestionamiento de las élites (las elecciones de medio termino en EE.UU. expresaron en su narrativa fuertemente el clivaje entre ciudadanía y élites y que cruza tanto a republicanos como a demócratas). Las redes sociales, la circulación e impacto de imágenes y la identificación con experiencias comunes tiende a aceleran estos procesos, favoreciendo agendas comunes y reduciendo los costos/esfuerzos de organización. Sin embargo, la imitación no significa que las movilizaciones tengan exactamente las mismas causas y/o que produzcan los mismos resultados: cada protesta responde a historias particulares (condiciones económicas, institucionales y marcos culturales específicos). 

Al final las movilizaciones son la expresión acumulada de una crisis socioeconómica y de representación; la demanda por dignidad, inclusión y derechos se ha convertido en un cuestionamiento al modelo de desarrollo y al sistema político (capacidad de las instituciones de representar y responder a la ciudadanía). Es claro que los “postergados” se cansaron de esperar que se el sistema los dignifique.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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