ANÁLISIS
Trump y su poder después de la derrota
Las elecciones del 3 de noviembre no marcaron el final de Donald Trump, sino el comienzo de una etapa probablemente más conflictiva de su presidencia.
Las recientes elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos no pusieron fin a la presidencia de Donald Trump, pero modificaron profundamente las condiciones en que deberá gobernar durante los próximos dos años. La victoria demócrata, que permitió a la oposición recuperar ambas cámaras del Congreso, anticipa una etapa de confrontación institucional, abre la carrera presidencial de 2028 y plantea una pregunta que el Partido Republicano ha evitado durante demasiado tiempo: ¿qué será de él cuando Trump abandone definitivamente el poder?
El primer desafío es inmediato, porque si bien los nuevos congresistas asumirán el 3 de enero de 2027, Trump todavía dispone de casi dos meses con mayorías republicanas en ambas cámaras. Y sería ingenuo pensar que desaprovechará esta oportunidad. Por el contrario, probablemente intentará acelerar iniciativas pendientes, asegurar nombramientos y consolidar decisiones antes de perder el respaldo legislativo. Particularmente importante será el Senado, donde los republicanos todavía pueden confirmar jueces, embajadores y altos funcionarios que difícilmente obtendrían la aprobación de una futura mayoría demócrata.
Por lo tanto, el verdadero cambio comenzará en enero. Trump deberá convivir con un Congreso controlado por sus adversarios, capaces de bloquear iniciativas, investigar al Ejecutivo y obstaculizar nombramientos, incluso ante una eventual vacante en la Corte Suprema. Sin embargo, estará lejos de convertirse en un mandatario sin poder, ya que conservará amplias atribuciones ejecutivas y la facultad de vetar las leyes aprobadas por el Congreso, cuyo rechazo requeriría una mayoría de dos tercios en ambas cámaras. Washington podría ingresar así en una prolongada etapa de bloqueo legislativo.
Paradójicamente, esta situación también podría favorecer a Trump, quien ha demostrado una notable habilidad para transformar los conflictos institucionales en instrumentos de movilización política. Por ejemplo, un Congreso adverso le permitiría responsabilizar a los demócratas por la parálisis de Washington y presentarse nuevamente como un mandatario al que sus adversarios intentan impedir gobernar.
La política exterior será otro escenario decisivo, ya que, frente a un Congreso hostil, Trump podría concentrarse en ámbitos donde la Presidencia dispone de mayor autonomía, como la diplomacia y determinadas decisiones de seguridad nacional. Sin embargo, tampoco tendrá las manos completamente libres, ya que el Congreso controla los recursos presupuestarios y puede ejercer presión sobre la conducción de los conflictos internacionales. De esta forma, la guerra con Irán, la invasión rusa a Ucrania, las tensiones con China y el futuro de la OTAN podrían convertirse en nuevos motivos de enfrentamiento entre ambos poderes.
Mientras tanto, la carrera presidencial de 2028 ya comenzó. El vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio aparecen entre los principales aspirantes a suceder a Trump, pero ambos enfrentan un dilema: mantener su cercanía con el mandatario para conservar el respaldo de las bases republicanas o construir una identidad propia que les permita conquistar a los votantes independientes. Porque lo que constituye una ventaja en las primarias podría transformarse en una debilidad durante la elección presidencial.
Aquí aparece, entonces, una de las grandes paradojas del resultado electoral. Trump puede haber perdido respaldo entre amplios sectores de la sociedad estadounidense, pero eso no significa que haya perdido el control del Partido Republicano. Su influencia sobre las bases, su capacidad para respaldar o perjudicar candidaturas y el peso del movimiento MAGA siguen siendo considerables. Incluso, la derrota podría reforzar la cohesión de sus seguidores más fieles, convencidos de que el problema no radica en su liderazgo, sino en quienes no defendieron suficientemente sus políticas.
Cabe recordar que, durante la última década, Trump transformó profundamente al Partido Republicano. El conservadurismo tradicional, favorable al libre comercio, la disciplina fiscal y el liderazgo internacional estadounidense, fue desplazado por una corriente nacionalista, proteccionista y crítica de las instituciones tradicionales. MAGA no es simplemente una maquinaria electoral al servicio de Trump, sino una transformación ideológica y cultural que difícilmente desaparecerá con su salida de la Casa Blanca.
Por eso, la derrota abre una oportunidad para que los republicanos se pregunten si desean continuar siendo el partido de Trump o recuperar una identidad conservadora menos dependiente de una sola persona. Pero hablar de recuperar “el alma republicana” supone reconocer que el partido anterior a Trump tampoco estaba exento de contradicciones. De hecho, sus intervenciones militares, su distanciamiento de sectores populares y sus dificultades para responder a nuevas demandas sociales contribuyeron a facilitar el ascenso del propio Trump. La alternativa, por tanto, no consiste simplemente en regresar al pasado, sino en construir una propuesta capaz de combinar principios conservadores y renovación política.
Además, una derrota electoral no garantiza una transformación interna y los dirigentes que intenten distanciarse de Trump deberán enfrentarse a unas bases que continúan identificándose con él. Y eso significa que la disputa no necesariamente enfrentará a partidarios y adversarios del trumpismo, sino a distintas interpretaciones de su legado.
Tampoco sería razonable imaginar que Trump desaparecerá de la política cuando entregue el poder el 20 de enero de 2029. La Constitución le impide volver a ser elegido presidente, pero no continuar influyendo sobre su partido: podrá respaldar candidatos, participar en campañas y utilizar su capacidad comunicacional para intervenir en los debates nacionales. La incógnita es si su liderazgo puede transferirse a otra persona. Porque, aunque Trump construyó una relación excepcionalmente personal con millones de seguidores, nada garantiza que Vance, Rubio u otro dirigente consiga reproducirla.
Por su parte, los demócratas tampoco deberían confundir su victoria legislativa con un triunfo presidencial anticipado. Controlar el Congreso les permitirá fiscalizar a Trump, pero también los obligará a demostrar que pueden ofrecer algo más que oposición. Eso, ya que sus diferencias internas volverán a adquirir protagonismo cuando comience la disputa por la candidatura de 2028.
Las elecciones del 3 de noviembre no marcaron el final de Donald Trump, sino el comienzo de una etapa probablemente más conflictiva de su presidencia. Durante los próximos dos años deberá gobernar con un Congreso adverso, mientras su partido enfrenta una disputa por la sucesión y por su propia identidad. Pero la pregunta más trascendente no es cuánto poder conservará Trump hasta enero de 2029, sino cuánto seguirá ejerciendo después. Porque Estados Unidos puede estar acercándose al final de su presidencia sin que ello signifique, necesariamente, el final de la era Trump.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.