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Opinión

Lagos y Allende: asuntos de familia

por 12 octubre, 2016

Lagos y Allende: asuntos de familia
Ni Lagos ni Allende Bussi han dicho claramente que están con un cambio significativo en materia de legitimidad democrática. Uno supone que, siendo socialistas, o vagamente socialistas o socialistas no demasiado socialistas, como se quiera definirlos, ellos deberían estar en contra de los privilegios.
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Llama la atención el nivel de privatización familiar de la política por parte del mundo socialista y PPD. Todo es algo interno o desliza a la familia y los amigos como la gran mesa donde hay que concurrir a tomar decisiones y besar la mano del elegido. El pueblo, solo por aclamación.

El simple comentario de Isabel Allende de que veía como algo raro hacer competir su candidatura presidencial con Ricardo Lagos en una primaria interna, dada su cercanía y conocimiento mutuo, desató una ola de comentarios positivos en ese mundo político. Lagos se hizo eco de inmediato, al igual que el senador Carlos Montes y el presidente del PPD, Gonzalo Navarrete. ¿Para qué una primaria si todo estaba claro?

La cercanía, el conocimiento de tantos años, la amistad, las “coincidencias” programáticas (?), entre otras frases, fueron los argumentos. La guinda de la torta la puso Rabindranat Quinteros, quien propuso una designación por aclamación.

Es “la maldición de las tres c” en la política nacional, habría sugerido el notable escritor italiano Leonardo Sciascia, de haber sido chileno y estar vivo. Al referirse a las viejas costumbres de familias sicilianas, él advertía que todos debían preocuparse por las tres c: cuginni, cognati e compari (primos, cuñados y compadres) que eran al mismo tiempo la fuerza y la tradición. Por eso la democracia nunca ha triunfado claramente en Sicilia.

Ese extravío antidemocrático a flor de piel del mundo socialista, es un indicativo de que le importa más no perder el control del Estado y sus privilegios, que ser coherentemente demócrata. Su percepción del mundo social es la misma que hace más de quinientos años ya criticaba Etienne de la Boetie con su tratado Sobre la Servidumbre Voluntaria: “No es bueno el gobierno de muchos: uno solo el caudillo supremo y soberano de todos sea”.

El Partido Socialista, pese a su permanentemente escaso volumen electoral, ha sido capaz en menos de 45 años de producir tres presidencias de la República con socialistas netos, Salvador Allende y Michelle Bachelet, esta última dos veces, y un medio mandato con Ricardo Lagos, siempre ambiguo a la hora de decidir si es socialista o PPD. En realidad, él es radical socialdemócrata de alma y debiera estar más cerca de Alejandro Guillier que de Isabel Allende.

Ello ha sido posible con la búsqueda de la competencia y el liderazgo, sin ocultar lo que se es, ni menos especular de manera anticipada con los votos ciudadanos. A la gente se la convoca, no se la cita a las urnas.

El grado de oligarquización de la política nacional, sin rostros nuevos y sin arenas políticas verdaderas para ventilar y debatir ideas, permite situaciones como la señalada: candidatos versallescos sin convicción de competencia en su propio mundo, abusando del esfuerzo de otros.

¿Por qué una interna entre Isabel Allende y Ricardo Lagos habría de fracturar las convicciones entre partidarios de uno y otro, debilitándolos? La duda o argumento lo único que logra es subrayar el miedo escénico a la competencia y la falta de convicciones sobre un tema que es de lo público y no un asunto privado y de familia: cómo salir del marasmo y de la crisis de la política.

Tal vez piensan que no son los más aptos para el momento actual y prefieren ser aliados. Es una posición.

Salvador Allende forzó una competición en 1973 (cuando no había primarias en Chile), obligando al Comité Central del Partido Socialista a consultar una por una a las direcciones regionales de la colectividad, en las que Allende tenía una amplia mayoría. Producida la presión de los Regionales Socialistas a su favor, el Comité Central debió votar, ganando Allende por 14 votos contra 16 abstenciones a Aniceto Rodríguez, quien entonces era secretario general del PS y el candidato pedido por el PC a la mesa de negociaciones de la UP.

¿Por qué una interna entre Isabel Allende y Ricardo Lagos habría de fracturar las convicciones entre partidarios de uno y otro, debilitándolos? La duda o argumento lo único que logra es subrayar el miedo escénico a la competencia y la falta de convicciones sobre un tema que es de lo público y no un asunto privado y de familia: cómo salir del marasmo y de la crisis de la política.

La presión externa de los aliados políticos, principalmente el PC, que se inclinaba a favor del candidato radical Alberto Baltra –porque Neruda era solo un saludo a la bandera–, no fue suficiente para romper la voluntad de la base socialista.

¿A qué le temen los eventuales candidatos? O, mejor dicho, ¿acaso quieren producir una elección de candidato por avalancha de aclamaciones? Muy oligárquico todo.

Nada es mejor que la competición en una democracia, y ojalá no entre los mismos de siempre sino con rostros nuevos, para que se produzca una reincitación democrática de la ciudadanía, hoy desafecta por las cocinas internas de la política y la percepción de que todo da igual, y que las cartas ya están echadas.

Ni Lagos ni Allende Bussi han dicho claramente que están por un cambio significativo en materia de legitimidad democrática. Uno supone que, siendo socialistas, o vagamente socialistas o socialistas no demasiado socialistas, como se quiera definirlos, ellos deberían estar en contra de los privilegios.

Pero sus posiciones son ambiguas en materia doctrinaria, se pronuncian laxamente sobre los gobernadores regionales y, como dice un medio del duopolio mediático, se disputan el apoyo de senadores y diputados, donde es fácil ganar sin competir. Como socios de un mismo club.

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