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Vicente Escudero: “La gente solo exige cosas, pero no quiere responsabilidad” PAÍS

Vicente Escudero: “La gente solo exige cosas, pero no quiere responsabilidad”

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Lleva casi cuatro décadas como dirigente social en el barrio Franklin-Matadero. Conoce el barrio como pocos y ha visto cómo pasó de aparecer casi exclusivamente en las páginas policiales a convertirse en uno de los lugares más atractivos y diversos de la ciudad.


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Hay expresiones que cuentan la historia de un barrio mejor que cualquier texto patrimonial. En Franklin-Matadero una de ellas es la “cachá”.

—Antiguamente había un local que se llamaba Las Cachás Grandes. Tenía sucursales en Ñuñoa, San Pablo, en muchas partes. Pero el típico chileno pícaro le cambiaba el acento y le ponía otro nombre —rememora, risueño, el vecino, comerciante, dirigente comunal y director de la radio-escuela Franklin, Vicente Escudero.

La explicación viene de antaño, cuando en el Mercado Matadero los productos se vendían formando grandes pilas: de ajos, cebollas, zanahorias, tomates, papas. Una “cachá” era eso: una cantidad grande de algo. Y Las Cachás Grandes terminó convertida en un nombre propio.

Vicente Escudero sonríe cuando recuerda esas historias. Le gusta recordarlas y contarlas. Porque para él la memoria del barrio no está en Wikipedia ni en los libros de historia. Está en las personas que todavía pueden contarla. Y eso hace en la radio online que dirige desde hace más de una década. “Decidimos partir entrevistando a nuestros vecinos”. 

Y en eso sigue. 

De barrio de borrachines a sector gourmet

Franklin está a punto de cumplir 180 años. “Es casi tan antiguo como la República”, hace notar. Afirma que el barrio ha sido escenario de historias políticas, sindicales, comerciales y populares. Durante décadas, sin embargo, esa historia ha sido eclipsada por otra.

—Nosotros desde el año 90 teníamos una mesa de trabajo. La idea principal era sacar ese estigma que tenía el barrio Franklin, porque siempre aparecíamos solamente en las páginas rojas. El barrio estaba asociado a temas policiales, a borrachines… Si había una pelea, un crimen o un robo, ahí aparecía Franklin. Pero no se hablaba de que el barrio tiene casi 180 años, de todo su valor patrimonial, tangible e intangible. 

Hoy el panorama es distinto. Franklin se puso de moda. Llegan turistas, jóvenes, familias, buscadores de antigüedades, amantes de la gastronomía y personas que cruzan Santiago entero para encontrar algo que no encontrarían en un mall.

—Que me perdonen los malls, pero cuando conoces uno, los conoces todos. Son todos iguales. Basta con ir una vez y ya no tienes nada más fresco que ver. Franklin, en cambio, es otra cosa. Aquí tienes desde galerías de arte de primer nivel hasta gente vendiendo las cosas más insólitas. Una cabeza de una muñeca antigua, un vinilo, una antigüedad… Se vende de todo.

—Y también se come de todo.

—Puedes comer comida tailandesa, japonesa, china, mexicana, de todos los países de Latinoamérica y de Asia. Y a precios muy asequibles. La gente puede darse el gusto de comer comidas que normalmente sería imposible probar, a no ser que viajara a esos países.

Esa diversidad, sostiene, es una de las grandes riquezas actuales del barrio. “Yo siempre digo que creo que es el único barrio en Chile donde durante el fin de semana ves transitar gente de todos los estratos sociales”.

Arepa y garrote 

Franklin también cambió porque llegó gente nueva. Aunque el dirigente no cree que la migración sea algo completamente novedoso. “Nosotros siempre hemos tenido migraciones. Antes llegaron migraciones del norte y del sur, después llegaron los europeos. Ahora tenemos migraciones de todos los países latinoamericanos”.

—¿Cuál es la presencia extranjera mayoritaria?

—Peruanos, colombianos y venezolanos tienen una presencia fuerte, aunque hay de todo. Este hoy es un barrio multicultural.

La transformación se ve incluso en el Mercado Matadero. Donde antes encontraba las frutas habituales —peras, manzanas, naranjas—, hoy aparecen guayabas, mangos, piñas y productos latinoamericanos que antes no formaban parte del paisaje cotidiano.

—Eso también nos hizo remecer un poquito y darnos cuenta de que estábamos lejos de una realidad que no conocíamos. Porque los chilenos estamos en el último rincón del mundo. No somos como los países que están en el centro, donde hay un transitar de gente. Aquí no estamos acostumbrados a eso.

—¿Esas diferencias culturales generan roces, me imagino?

—Claro, porque las formas de vivir son diferentes. Ellos son más exuberantes. Hablan más fuerte, les gusta la música a todo cuete, son de compartir mucho en la calle, en la vía pública.

—¿Y el vecino antiguo?

—Ese es mayor y más de puerta hacia adentro.

La explicación está también en las condiciones de vivienda. Muchos migrantes no arriendan una casa o un departamento completo, sino una pieza. Viven hacinados. “No tienen un espacio interior donde poder compartir. Entonces la calle es como su patio de convivencia”.

Uno de los conflictos más visibles del barrio es el comercio ambulante. Para Vicente Escudero, quien además de dirigente vecinal y voz radial comunitaria, es, comerciante, ahí hay una evidente competencia desleal. Pero más que enfrentar y combatir a los ambulantes, él propicia conversar.  “Yo soy muy de diálogo. No me gusta trabajar siempre con el garrote. Hay que buscar una solución alternativa”.

Cuenta que por eso se reunió con vendedores ambulantes y escuchó sus historias.

—Algunas mujeres que están solas acá, en Chile, me decían: “Yo pago 180 mil pesos mensuales por dormir. No tengo documentos para trabajar de forma formal. Y lo único que sé es cocinar. Salgo a vender para poder alimentarme, pagar la pieza y mandar plata a mi país, porque allá dejé a mis hijos”.

Entonces, dice, “uno se queda pa´ dentro. Ahí ves el drama humano. Trabajar y vender comida en la calle no es un delito. Puede ser una falta, a lo mejor la forma como lo hacen no es la ideal, pero no es un delito”.

E insiste en que hay que ordenar el espacio público. Pero una cosa es ordenar y otra muy distinta es negar la realidad de quienes están detrás del puesto o del carrito de comida. “No hay que estar siempre con el garrote”. Critica duramente a los que toman medidas restrictivas desconociendo el territorio, la realidad del barrio. “Eso es vivir en un mundo de fantasía, en una burbuja. No tener calle.

No tener calle. Repite la expresión como si fuera una categoría política.

Y qué gano yo 

Hay otro fenómeno que lo preocupa tanto como el comercio irregular: el aumento de las personas en situación de calle. En su diagnóstico, detrás aparecen el consumo problemático de drogas y alcohol, los problemas de salud mental y, también, la falta de respuestas suficientes del Estado.

—Santiago tiene un COSAM (Centro Comunitario de Salud Mental). Uno solo. Y para conseguir una hora es muy difícil.

El sistema, explica, exige pasar primero por el consultorio, ser atendido, recibir una derivación y recién entonces acceder al COSAM.

—No hay que llegar y decir “quiero una hora”. Es salud mental y es consumo. Una cosa lleva a la otra. Uno no sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina.

Pero hay algo que le preocupa todavía más: cómo reacciona el resto de los vecinos.

—Desgraciadamente, los vecinos solo reclaman. Solo reclaman. La gente está en este momento… Cómo te dijera: solo exige cosas, pero no quiere responsabilidad.

Escudero lleva casi 40 años como dirigente social. Una de sus batallas más persistentes ha sido encontrar personas dispuestas a reemplazar a quienes hoy sostienen las organizaciones.

—Yo hace muchos años que trato de generar los recambios. He preparado gente para los recambios en la radio, por ejemplo, porque uno también se cansa. Pero nadie quiere asumir responsabilidades si no le dan algo a cambio. Si no hay retribución monetaria. La respuesta se extiende más allá de Franklin. Tiene que ver, dice, con una época en que la participación parece medirse por su rentabilidad inmediata.

—Cuando uno les pide trabajar en alguna cosa, dicen: “Bueno, ¿y qué gano yo? ¿Cuánto me van a pagar?”.

—¿Cómo se cambia esa actitud?

—No es una cosa de un día para otro. Cuesta motivar a la gente. Uno tiene que predicar con el ejemplo: hacer cosas, mover cosas, conseguir cosas. Yo nunca he cometido algo que vaya en perjuicio de otra persona. Yo siempre les digo a mis asociados: no me pidan que ande denunciando a la gente porque está trabajando, aunque sean competencia desleal, como los migrantes irregulares. Yo no lo voy a hacer.

Durante la pandemia, la radio y las organizaciones del barrio tuvieron un papel que Escudero considera fundamental. Trabajaron con las ollas comunitarias. Esas que hoy, asegura, “están más vivas que nunca”.

—¿Más que durante la pandemia?

—Sí. Han aumentado más de diez veces la cantidad de gente.

Hoy entregan, según su relato, entre 500 y 600 raciones diarias. “Hay mucha pobreza encubierta en nuestro territorio. Mucha pobreza encubierta” que no se ve desde la vereda.

—Uno ve una muralla, ve una fachada continua, ve una casa. A veces está una casa bien bonita, bien decente, pero adentro no hay qué comer.

Esa imagen rompe con la idea de que la pobreza siempre tiene una apariencia reconocible. Puede estar detrás de una fachada impecable. Puede habitar en un barrio que se ha convertido en panorama, en destino gastronómico, en lugar de moda. Puede estar a pocos metros de una galería de arte.

Una reina que sí es de Franklin

Quizás ninguna historia explica mejor la relación de Vicente Escudero con la identidad del barrio que la de la llamada “Reina de Franklin”. La televisión alguna vez a convirtió en teleserie. A él no le gustó el resultado. “Para mí fue un fracaso”.

—¿Por qué?

—Porque no representaba a nuestras mujeres.

La reina de Franklin era Ana González, una mujer que aún vive. Una comerciante del barrio, que hoy bordea los 100 años y está retirada como comerciante. “Estuvo siempre ligada al Matadero. Su familia tuvo carnicería; sus hijos fueron matarifes; ella trabajó en la cocina y hasta hace unos cinco años seguía levantándose temprano para ir a trabajar. Llegaba a las seis, siete de la mañana.

Ella le contó a Vicente en la radio vecinal historias de otra época. Entre ellas, sus salidas a bailar con su marido.

—Me decía: “Nosotros íbamos a bailar donde la tía Carlina”. Era un lenocinio, pero también allí había bailes y espectáculos, un ambiente muy familiar. Ella hablaba incluso del Blue Ballet.

La escena resulta casi cinematográfica: una mujer que había vivido prácticamente un siglo en el barrio contando su juventud, sus bailes, el trabajo, el Matadero y una ciudad que ya no existe. Para Vicente  esa es la verdadera historia que la radio debe rescatar.

Asegura que, con todos los cambios, Franklin es un sector de oportunidades. “Antes llegaba la gente desde el campo, con productos para vender en los remates de verduras. Hoy llegan personas de distintas partes de América Latina”.

El barrio cambia, pero conserva algo: su fuerte carácter comercial. “Eso es Franklin, al que los más antiguos todavía llaman barrio Matadero. Después vinieron las divisiones: Franklin, El Llano, Victoria, Bogotá, entre otras denominaciones. Muchos nombres para un mismo territorio”.

¿Y queda algo de comunidad?

—Sí, claro. En septiembre las calles comienzan a embanderarse. No todos ponen bandera, pero algo cambia. Aunque para los comerciantes ya no es lo que era. Antes te podía arreglar un año malo en ventas. Ahora es como un fin de mes un poquito mejor que antes. No hay algo que uno diga: “Me voy a salvar”.

Aun así, la gente celebra.

—Los vecinos todavía tienen eso adentro, en el corazón, y lo festejan.

Quizás esa sea la paradoja de Franklin. Un barrio donde conviven la galería de arte y el cachureo, el restaurante asiático y la olla comunitaria, el comerciante establecido y el vendedor ambulante, el vecino antiguo y el migrante recién llegado, la pobreza que se ve y la que se esconde. Y donde, pese a todo, todavía queda gente dispuesta a conversar antes de sacar el garrote.

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