PAÍS
Javier Vergara: ¿invitamos a los narcos o a los ladrones?
Tan debilitado está el tejido social en Chile, tan incrustada la desconfianza, que al organizar un encuentro vecinal surge esta irónica pregunta. Con convicción y paciencia, desde 2012, Ciudad Emergente ha organizado 500 malones en todo el país. Ahora se viene el Gran Malón 2026.
-¿Invitamos a los narcos o a los ladrones?
Con esta dicotómica pregunta respondían inicialmente las comunidades de barrios precarios y peligrosos de Antofagasta al arquitecto Javier Vergara, director ejecutivo de Fundación Ciudad Emergente, cuando les planteaba la idea de organizar “El Gran Malón”.
Entonces venía una dedicada y delicada tarea de ayudarles a repasar quiénes eran sus buenos vecinos, los jefes de familias honrados, que entenderían y disfrutarían con un almuerzo comunitario en la calle. ¿Cómo no iban a poder hacer un Gran Malón con la gente buena del barrio?
Ciudad Emergente es una iniciativa que nació fuera de Chile, impulsada por jóvenes profesionales que vivían en distintos países. Se instaló en Santiago en 2012 con el propósito de hacer mejores ciudades, involucrando a las comunidades y trabajando de manera colectiva. Entonces, el barrio Bellavista fue pionero en esto de los malones vecinales, con un objetivo extra: que se le declarara zona típica.
Javier Vergara, quien es urbanista, además de arquitecto, vivió en Nueva York, Roma y Londres. En esta última maravillosa ciudad, se encontró con The Big Lunch, El Gran Almuerzo, que inspiró el Gran Malón.
A comienzos de septiembre de 2026 dieron el puntapié inicial a una iniciativa que retorna con todas las de la ley, después de haberse suspendido en pandemia y haberse replicado más modestamente a partir de 2022.
Ahora, a partir del 3 de septiembre, vuelve con el propósito de hacer al menos un centenar de malones y varios de ellos simultáneos en todo el país. Septiembre, mes de la Patria, inicio de la primavera, es temporada propicia para sacar mesas, sillas y las ollas generosas a la calle. Hogar de Cristo, que tiene presencia en todas las regiones de Chile, se sumó a la iniciativa, tal cual lo han hecho Fundación Colunga y la Comunidad de Organizaciones Solidarias.
Este 4 de octubre, a las 14 horas, en la plaza Huemul, de la comuna de Santiago, la fundación del Padre Hurtado, que hace Rutas Calle en el barrio, cerrará la plaza para hacer el Gran Malón de cierre con quien quiera sumarse.
-Muchas veces hemos organizado malones en barrios muy complicados y el escepticismo no tardaba en aparecer. “Ah, ¿quieren hacer un malón? Qué lindo”. ¿Con quién lo quieren hacer: con los narcos o con los ladrones?”. Nos es raro que surjan esos reparos. Ahí nosotros intervenimos y logramos que las juntas de vecinos rescaten la riqueza humana de sus barrios, por más precarios que sean -explica Javier Vergara.
El arquitecto y urbanista sostiene que es clave la disposición de los vecinos. “No los estamos invitando a disparar un cohete a Marte, sino a algo tan simple y cotidiano como hacer un almuerzo o una comida entre todos, en la calle”.
Auge y decadencia de Bellavista
-Hicieron un primer malón, los siguieron haciendo. ¿Hoy qué ha surgido de ese primer malón?
-Hay algunos barrios donde después de los malones se han recuperado plazas, se han transformado basurales en espacios públicos. El caso de Antofagasta, por ejemplo, después de haber hecho los malones en los barrios de la Miramar Norte y la René Schneider Sur, que eran sectores muy peligrosos con abundancia de basurales, se recuperaron los espacios públicos. Los malones sirvieron como el pegamento social para que los vecinos se autoorganizaran y recuperaran espacios. Fueron los mismos vecinos quienes empujaron los cambios para transformar un basural en plaza.
Explica que hoy ese lugar fue premiado por la Cámara Chilena de la Construcción como uno los mejores espacios públicos de Chile. “Finalmente, los malones son una herramienta que les permite a las personas volver a confiar. Y cuando confiamos, es más fácil emprender aquellas cosas que todos creemos que tienen sentido”.
Menciona entre esas cosas con sentido la eliminación de vertederos, el declarar zona típica algún sector, la creación de huertos urbanos en una población. “Son pequeñas cosas que no se pueden hacer si es que no hay confianza. El gran malón busca recuperar ese tejido social que está tan roto hoy en Chile”.
En el material de difusión e incluso en la página web de Ciudad Emergente llama la atención que los malones se definan como “una tecnología social preventiva de incivilidades”. Frente a eso, resulta urgente preguntar:
-Acaba de entrar al Congreso una iniciativa que busca tipificar la instalación de rucos como delito y atribuye a las personas en situación de calle una larga lista de incivilidades. ¿Servirá la iniciativa?
-Muchas veces creemos que las soluciones a los problemas se resuelven con una varita mágica. En este caso, con una ley. El malón como herramienta permite generar un espacio de conversación entre vecinos y esa debería ser la base de resolución de los problemas que genera la instalación de rucos.
-Entre el primer malón y la iniciativa de 2012 de convertir a Bellavista en zona típica y la degradación que ha sufrido el barrio en los últimos años, ¿qué pasó?
-Buena pregunta. Pasa mucho en las ciudades lo que se llama la “asincronía de los procesos urbanos”. A veces hay barrios o ciudades que están en su peak y luego decaen. ¿Cuántas veces Roma, cuna de la civilización occidental, ha sido abandonada, recuperada, vandalizada, glorificada, saqueada? Lo mismo pasa en los barrios y se requiere preocupación permanente para que no decaigan. Hay que estar constantemente impulsando el desarrollo. Es igual que con la musculatura de un cuerpo.
Halloween con jota
Los días domingo en muchas ciudades de Chile, sobre todo en Santiago, se abren las calles para que la gente pueda caminar, andar en bicicleta o en patines, hacer deporte. Se cierran a los autos y las familias salen juntas entre 9 de la mañana y hasta las 2 de la tarde a disfrutar de la ciudad, al aire libre. La Costanera Andrés Bello en Santiago es una muestra de esa práctica ya instalada. El arquitecto Javier Vergara complementa:
-Después de las dos de la tarde, perfectamente los vecinos de un edificio o de un condominio de edificios pueden sacar unas mesitas a la calle y almorzar juntos. Así lo hacen muchos en el barrio Bellas Artes sin necesidad de pedir cierre calle, porque eso ya está hecho. Así la ciudad se empieza a vestir de fiesta, que es algo que nos falta tanto.
Y hace un llamado a organizar al menos un malón al año en los barrios. “Algo parecido a lo que sucede el 31 de octubre, para Halloween, en que la gente de disfraza, juega y les toca la puerta a sus vecinos”.
-José Francisco Yuraszeck, el capellán del Hogar de Cristo, decía que en las comunas cuicas Halloween es la ocasión en que los vecinos se encuentran.
-Claro. Es así y quizás pronto veremos el día en que Halloween se escriba con jota: Jalohuín. Además, actividades que sacan a la gente de sus casas, como los malones, son antídotos contra el ensimismamiento que generan las pantallas. Esta es una gran oportunidad para volver a activar a la infancia. Para que los niños vuelvan a jugar en las calles, para que pichangueen y encuentren en el barrio espacios de encuentro y juego, y no de riesgo y peligro.
Los niveles de sedentarismo en los niños —de hecho, hoy hay más niños con sobrepeso o derechamente obesos que con peso normal— son un problema de salud pública y hay que hacer algo. Esta invitación a organizar el Gran Malón es una oportunidad para instalar “una tecnología social” que permite abordar ese tema. Y varios otros: la soledad, la desconfianza y la inseguridad.
Hipster o no hipster
-Hemos entrevistado a varios alcaldes en este mismo espacio que nos dicen que hay una suerte de cultura de la exigencia del derecho ciudadano más que del compromiso y la participación.
-Exacto. Siempre sale más fácil alegar que cooperar. Y esa falta de participación se ha ido acentuando con la crisis de confianza. Los niveles de desconfianza están por los suelos en Chile. La encuesta de confianza interpersonal indica que solamente el 12% de los chilenos confía en alguien que no es de su familia cercana o sus amigos. Si te invitan a participar, tú dices: “¿Qué hay detrás de esto? ¿Hay gatito encerrado? No voy”.
Ciudad Emergente ha logrado vencer esos temores y en su primera versión, el lejano 2012, juntaron a 150 personas. “Eran vecinos de Bellavista, del barrio de Recoleta y de Providencia. Hicimos un cruce de malones”.
Así fueron creciendo. De Bellavista al Barrio Yungay. Y de ahí a poblaciones del norte grande, en Antofagasta. “La comida es siempre el pretexto, un pretexto entretenido, algo que no es difícil de hacer, pero muy importante, porque, al menos en Santiago, el 60% de la gente no tiene una relación con su vecino más allá de un simple gesto con la mano. O sea, vemos todos los días a alguien, pero con suerte levantamos la mano para saludarlo”.
-¿Cambia la relación vecinal de comuna en comuna? Porque entiendo que donde más malones han hecho es en Providencia, un barrio bien hipster.
-Esa es la sensación, quizás por lo que dices; donde más malones hemos hecho es en Providencia y Ñuñoa. Pero también hemos estado en Renca, en Estación Central, en barrios de Valdivia, del norte… Cuesta, eso sí, porque los chilenos nos hemos acostumbrado a hacer todo dentro de las casas.
Hipster, nos parece él mismo. Al menos eso nos sugiere su tarreada bicicleta, la Brompton blanca en que llega a la entrevista en nuestro estudio en Estación Central.
El sueño de Javier Verara es que saquemos nuestra rica vida privada a lo público y la compartamos. “Pongamos la mesa, un mantel y ya. Esa es la apuesta de los malones que iniciamos en 2012. En 2017 lo hicimos en una versión nacional simultánea. A eso le llamamos El Gran Malón. Ya no era una sola comida: fueron cientos de malones”.
Eso es lo que se vuelve a retomar ahora. Repetir los 150 malones que hicieron en 2017 en 10 regiones de Chile. Algunos fueron masivos, de 400 personas, y otros más chiquititos, más íntimos, de 10 personas. “El tamaño puede ser muy distinto, el lugar también, pero lo que no cambia es el atreverse a usar la calle como un lugar de encuentro vecinal”.
Los malones me hacen llorar
-¿Cuáles son los principales logros de estos malones?
-Lo más evidente es que la gente se conozca y, producto de eso, empiece a confiar más en los demás. Datos que hemos levantado en Ciudad Emergente indican que después de esta iniciativa aumenta la confianza vecinal. Hay un aumento como en seis veces en los niveles de confianza comparado con ese dato que te decía del 12%, que es la línea de base de la desconfianza. Después de un malón, la gente confía como un 70% más en sus vecinos que antes de haberlo hecho.
-Eso, ¿cómo se mantiene?, ¿cómo se fortalece?
-Hay que estar permanentemente fomentando estas convivencias comunitarias. No es una vacuna que se ponga una vez y uno quede protegido contra la desconfianza. Lo bonito es que, una vez que se hace y se mantiene el espíritu, se genera espacio para hacer otras cosas, más allá de comer juntos. Por ejemplo, surge la capacidad de organizarse frente al tema de la delincuencia. Hay mucha gente que se siente insegura en sus barrios y no sale de sus casas.
Cuenta que la Universidad Autónoma de Madrid hizo un análisis de los datos recogidos en todos los lugares donde ocurren los malones a nivel nacional y comparó los resultados con donde no los hubo. Donde sí hubo malones, se redujo la percepción de inseguridad en un 23%. Estos son datos de 2023.
-¿Qué similitud tienen los malones con las ollas comunes, que se reactivaron tanto en pandemia?
-Mucha similitud, porque convocan a todos los vecinos en torno a la comida. La diferencia es que en los malones hay un ánimo de que las personas que participan no se sientan receptoras pasivas de un beneficio, sino que estamos tratando de fomentar una agencia, que las personas se sientan agentes de cambio en sus barrios. Impulsar malones es el primer paso para abordar problemáticas comunes.
En Ciudad Emergente creen que el desarrollo de una ciudad o de una sociedad no se basa simplemente en la acumulación de riqueza o en cuánto es su PIB. “Para nosotros, el desarrollo también se mide por la capacidad que tienen las personas para vivir el tipo de vida que les interesa vivir. Eso es desarrollo humano”.
-¿Cuántos han hecho desde que partieron?
-Más de 500 malones, porque las versiones nacionales se han hecho en 2017, 2018 y 2019. Hemos reunido en total a más de 25 mil personas en las distintas versiones.
Entre las virtudes de esta herramienta menciona el que está incluida entre las mejores prácticas de la ONU para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los ODS. En que se logra reducir la percepción de criminalidad en un 23% de los barrios donde suceden. En que aumenta seis veces la confianza entre las personas. “Y en que los malones son entretenidos. Yo creo que eso es lo más bonito del proyecto. He estado en muchos y se me saltan las lágrimas a veces. Es muy potente ver la autoorganización. Que las personas se junten, se encuentren y lo pasen bien. Volver a mirar la calle, que antes era un estacionamiento, y verla transformada en un lugar de encuentro, como el living de una casa, pero afuera. Eso me emociona”.
La fiesta del traje
“Este 2026 estamos con muchas organizaciones trabajando: desde el Hogar de Cristo, la FOSUPO, la Fundación Colunga y Lírica Disidente, que es una organización de ópera que lleva la ópera a los espacios públicos y a barrios donde no suele llegar”, cuenta el arquitecto, que fue el vocero de una inauguración bien espectacular en el Paseo Las Palmas. Seis conocidas arias se interpretaron sorprendiendo al público que circulaba por ahí para anunciar el inicio del Gran Malón.
Hogar de Cristo escogió el barrio Huemul de Santiago para hacer su Gran Malón de cierre. Un vecindario de origen obrero, hermano del barrio Franklin, donde siempre ha habido una fuerte organización vecinal. Ahí vivió un tiempo Gabriela Mistral. Lo llaman “el primer barrio obrero higienizado”, porque contó con servicios sanitarios muy tempranamente. Es un barrio con mucha historia y con un teatro maravilloso, el Teatro Huemul.
-En Ciudad Emergente partimos tratando de hacer las cosas distintas y muchos auguraban: “No va a funcionar. Es imposible que la gente haga esto”. De hecho, en mi propia familia, mi mamá me decía: “No entiendo por qué estudiaste arquitectura seis años para organizar asados en las calles”. No lograba ver la conexión.
-Ahora hasta lo han exportado.
-Los años 2018, 2019 y 2020, junto a la Fundación Open Society, llevamos el Gran Malón a Perú y Colombia. Lo repetimos en tres países, pero con otro nombre, porque fuera de Chile no se usa el concepto malón. En Guatemala también lo hemos hecho y ahí le llaman la fiesta de traje, donde cada uno trae algo. En Colombia y en Perú lo hicimos a propósito de los migrantes venezolanos que han llegado a toda Sudamérica, producto de la dictadura en Venezuela que ha generado la diáspora de venezolanos por todos conocida.
Para paliar la xenofobia contra los migrantes han hecho encuentros callejeros en Medellín, Colombia; en Lima, Perú, y en Estación Central, acá en Santiago, con el propósito de mejorar la convivencia entre los vecinos migrantes y los nacionales.
-¿Qué dice el seguimiento de eso? ¿Funcionó?
-Sí. Lo que nos dimos cuenta en las versiones con migrantes es que se reduce drásticamente la percepción del migrante como delincuente. Después de las mesas latinas y los malones, la gente empieza a conocer mucho más al vecino y entiende que es una persona que viene con su familia, que está trabajando acá, que quiere emprender. Se produce una mayor comprensión y se eliminan muchos prejuicios.
-¿Cómo se organiza un Gran Malón?
-Hay un sitio que es granmalon.cl, donde te puedes inscribir simplemente para que nosotros podamos tener un registro de quién está impulsándolo. Antes de los malones te podemos ayudar a organizarlo. Podemos entregarte una cajita malonera, que es un kit donde vienen tips para poder cocinar cosas ricas, un permiso para cerrar la calle, en caso de que quieras hacerlo así, y banderines para que los cuelgues en la calle.
-¿Eso tiene un costo?
-Es gratuito. Tenemos una cantidad limitada de cajitas, eso sí.
El resto lo aporta la comunidad que participa. No solo con comida: puede ser cantando, bailando, organizando un show artístico. Cada vecino y vecina trae algo a la mesa y así vas descubriendo pequeños diamantes en el barrio.