Medioambiente
El nuevo mapa del fin del mundo: 22,3 millones de hectáreas para Cabo de Hornos
Investigadores del Centro Internacional Cabo de Hornos, la Universidad de Magallanes y la Municipalidad de Cabo de Hornos proponen ampliar de 4,9 a 22,3 millones de hectáreas la Reserva de la Biósfera Cabo de Hornos, sumando territorios terrestres y marinos hasta el Mar de Drake.
Hay que mirar el mapa de Chile hacia abajo, mucho más allá de Punta Arenas. En el extremo austral del país, donde la cordillera de los Andes se hunde en el océano y se transforma en un laberinto de islas, canales, fiordos y montañas, se encuentra Cabo de Hornos. Allí, en el último territorio continental e insular antes del Paso Drake, está Puerto Williams, en la isla Navarino, y hacia el sur aparecen el archipiélago de las Wollaston, la isla Hornos y, todavía más lejos, las pequeñas islas Diego Ramírez. Al otro lado del Paso Drake comienza la Antártica.
Es en este paisaje, donde el Pacífico y el Atlántico se encuentran y los Andes terminan frente al mar, donde se quiere dibujar una nueva Reserva de la Biósfera. Durante siglos, este fue el límite que los navegantes asociaron con el fin del mundo. Pero ahora ese mapa podría cambiar.
Una propuesta elaborada por el Centro Internacional Cabo de Hornos –que encabeza el padre del enfoque biocultural, Ricardo Rozzi, bajo la coordinación de Francisca Massardo–, la Universidad de Magallanes y la Municipalidad de Cabo de Hornos busca ampliar y rezonificar la Reserva de la Biósfera Cabo de Hornos hasta 22,3 millones de hectáreas. La superficie sería unas 4,5 veces mayor que la reserva actual, que alcanza aproximadamente 4,9 millones de hectáreas.
El cambio más importante, si embargo, no está en la cantidad de territorio que se agrega: el proyecto pretende unir bajo una misma reserva montañas, bosques, canales, parques nacionales, islas oceánicas y una enorme extensión del mar austral, hasta conectar Cabo de Hornos con las islas Diego Ramírez y proyectarse hacia las profundidades del Paso Drake.
Para dimensionarlo hay que entender que la historia comienza bastante más al norte de lo que sugiere el nombre Cabo de Hornos. La propuesta incorpora al Parque Nacional Yendegaia, ubicado en el extremo suroriental de Tierra del Fuego, frente al Canal Beagle y próximo a la frontera con Argentina.
Desde allí, el territorio continúa hacia la isla Navarino, donde está Puerto Williams y donde se encuentra el Parque Omora. Después vienen los canales y archipiélagos que conducen hacia el Cabo de Hornos. Más al sur, prácticamente aisladas en el océano, están las islas Diego Ramírez, los últimos afloramientos rocosos de Sudamérica antes de entrar al Paso Drake.

Ricardo Rozzi, filósofo, biólogo y padre del enfoque biocultural.
Ese paisaje es difícil de explicar sin imaginar agua. No es una extensión continua de tierra, como la Patagonia que se observa en un mapa convencional. Son islas separadas por canales, fiordos y pasos marítimos; montañas que caen abruptamente hacia el mar; bosques subantárticos; glaciares en la Cordillera Darwin; costas expuestas al viento y, hacia el sur, un océano abierto que conduce a la Antártica.
En el sector que se propone incorporar, la Cordillera Darwin alcanza los 2.234 metros de altura. En el otro extremo, las islas Diego Ramírez apenas sobresalen del océano: son un pequeño archipiélago expuesto permanentemente a los fuertes vientos del oeste. Allí la precipitación anual ronda los 1.500 milímetros y la temperatura media anual es de unos 5,2 °C.
Entre ambos extremos se encuentra uno de los territorios más singulares del planeta. El documento de la propuesta describe el área como parte de la ecorregión marina de Canales y Fiordos del Sur de Chile, que se extiende desde la península de Taitao hasta Diego Ramírez. En términos biogeográficos, corresponde a la Provincia Magallánica, caracterizada por una biota austral de ambientes fríos.
Y justamente por eso el nuevo mapa no termina en la costa.
El océano, el verdadero salto

Foto: Ministerio del Medio Ambiente
La actual Reserva de la Biósfera ya incluye una extensa superficie marina. Lo que cambia radicalmente con la propuesta es la conexión hacia el sur.
En 2019 Chile creó el entonces Parque Marino Islas Diego Ramírez-Paso Drake, un gigantesco espacio oceánico situado al sur del archipiélago de Diego Ramírez. Con la entrada en vigor de la Ley de Biodiversidad y Áreas Protegidas, pasó a denominarse Parque Nacional Islas Diego Ramírez-Paso Drake. Tiene 14,44 millones de hectáreas de superficie marina: se extiende desde 12 millas náuticas al norte de las islas hasta las 200 millas náuticas de la zona económica exclusiva chilena hacia el sur.
Para dimensionarlo: ese parque marino por sí solo tiene casi tres veces la superficie de la actual Reserva de la Biósfera Cabo de Hornos.
La propuesta busca incorporarlo como una gran zona núcleo de la nueva reserva. Pero hay un problema geográfico: Diego Ramírez está separado de Cabo de Hornos por una enorme extensión de océano. La solución planteada es proyectar hacia el sur el límite de la reserva actual, atravesar la plataforma continental y conectar ambos territorios mediante una nueva zonificación marina. El resultado sería un solo bloque de conservación que desde los canales australes se internaría en el océano y llegaría hasta las aguas profundas del Paso Drake.
El Paso Drake es, en sí mismo, otro protagonista de esta historia. Es la gran vía oceánica que separa Sudamérica de la Antártica: aproximadamente 1.000 kilómetros de océano entre el Cabo de Hornos y las islas Shetland del Sur, al norte de la península Antártica. Allí chocan las condiciones frías y húmedas de Tierra del Fuego con las aguas y atmósfera polares.
Por debajo de la superficie, el paisaje cambia nuevamente. La propuesta incorpora zonas de plataforma continental y sectores del talud que descienden hacia profundidades de varios miles de metros.
Es un mundo que prácticamente no vemos desde tierra: montes submarinos, aguas profundas y ecosistemas oceánicos que todavía tienen grandes vacíos de información científica. En Diego Ramírez, el documento identifica 13 montes submarinos dentro del área marina y señala que la biodiversidad de buena parte de ellos sigue siendo desconocida.
Es también un territorio de enorme importancia para las aves y mamíferos marinos. Las Diego Ramírez albergan colonias de albatros, pingüinos de penacho amarillo y macaroni, además de fardelas negras y otras aves marinas. En sus aguas se han registrado lobos marinos, delfines australes y chilenos y, ocasionalmente, orcas y distintas especies de ballenas.
De Yendegaia a Diego Ramírez
Sobre el mapa, la ampliación puede leerse como una línea que comienza en la Cordillera Darwin y termina en el océano abierto.
Yendegaia representa el extremo terrestre de la expansión. La propuesta incorpora como zona núcleo el sector norte del parque que actualmente está fuera de la reserva. Allí la cordillera alcanza sus mayores alturas y los paisajes de montaña, bosques y glaciares contrastan con los canales del sur de Tierra del Fuego.
Pero Yendegaia también muestra que este no es un territorio detenido en el tiempo. La ruta Vicuña-Yendegaia avanza hacia Bahía Yendegaia, conectando un territorio que durante décadas funcionó como frontera con el sistema de conectividad austral. El documento describe la bahía como un lugar que está pasando de ser un área fronteriza a convertirse en un espacio de servicios. Por eso, alrededor de la ruta se propone una franja de zona tampón.
Más al sur, en la isla Navarino, aparece Puerto Williams, la única ciudad dentro de la Reserva de la Biósfera. A pocos kilómetros está el Parque Omora, que el proyecto propone incorporar como zona núcleo. Es un lugar dedicado a la investigación científica, la educación y la conservación, con visitantes e investigadores que realizan actividades de turismo científico de bajo impacto.
Después vienen las islas Ildefonso y el archipiélago de Diego Ramírez. En Ildefonso no existen actividades productivas permanentes. En Diego Ramírez, la presencia humana es mínima: la Armada mantiene un faro y una Alcaldía de Mar en isla Gonzalo, con una dotación de cuatro funcionarios que rota cada cuatro meses.
Así, en apenas unos cientos de kilómetros se pasa de una ciudad pequeña y conectada con el resto de Chile a un archipiélago donde la presencia humana se reduce a un puñado de funcionarios y donde el océano domina completamente el paisaje.
Pesca y ecoturismo

Foto: Benjamín Valenzuela
Hay otra cuestión importante para entender el proyecto: 22,3 millones de hectáreas no significa que todo el territorio quedará sometido a las mismas reglas.
La propuesta utiliza el modelo de las Reservas de la Biósfera de Unesco y divide el territorio en tres grandes categorías: núcleo, tampón y transición.
Las zonas núcleo concentran los espacios de mayor protección. Las zonas tampón rodean o conectan esos territorios y permiten determinadas actividades compatibles con la conservación. Las zonas de transición son aquellas donde se busca compatibilizar conservación, población y actividades económicas bajo criterios de sostenibilidad.
En números, la nueva reserva tendría aproximadamente 16,76 millones de hectáreas de zona núcleo, 3,22 millones de zona tampón y 2,29 millones de zona de transición.
La mayor parte de la zona núcleo sería marina. Allí quedarían incorporados, entre otros espacios, el Parque Nacional Islas Diego Ramírez-Paso Drake y las aguas interiores asociadas a los parques nacionales Cabo de Hornos y Alberto de Agostini.
La zona tampón, en cambio, permitiría determinados usos. En el diseño marino, por ejemplo, se contempla la compatibilidad con pesca artesanal sustentable y ecoturismo de bajo impacto. Más lejos de las costas, sectores de transición abarcarían áreas donde ya existen actividades productivas.
La idea, entonces, no es poner un límite único sobre todo el extremo austral. Es construir una especie de gradiente territorial: los lugares más sensibles quedan en el núcleo; alrededor de ellos se establecen espacios de amortiguación; y más allá aparecen territorios donde conservación y actividades humanas deben convivir.
El mapa que todavía no existe
La propuesta llega sobre un territorio que ya está cambiando. Yendegaia está dejando de ser un rincón prácticamente inaccesible; Puerto Williams aumenta su conectividad; existe nueva infraestructura portuaria y se proyectan nuevas conexiones aéreas y digitales. El propio documento identifica estos cambios como oportunidades para el desarrollo local, pero también como razones para anticipar sus efectos sobre un territorio ambientalmente frágil.
Por eso, la ampliación no consiste únicamente en sumar hectáreas. Sus autores plantean que una Reserva de la Biósfera más grande permitiría conectar bajo una misma estructura de gobernanza áreas que hoy funcionan mediante distintas categorías de protección, articulando al Gobierno Regional, municipios y otros actores territoriales.
Y ahí aparece la dimensión política y administrativa del proyecto. El mapa puede parecer sencillo cuando se observa desde arriba: una gran franja que une la Cordillera Darwin, Yendegaia, Navarino, Cabo de Hornos y Diego Ramírez. Pero en tierra y en el mar conviven parques nacionales, territorios fiscales, infraestructura, navegación, pesca, turismo, investigación científica y comunidades.
De eso trata realmente la propuesta de las 22,3 millones de hectáreas: no solo de hacer más grande una reserva, sino de intentar que un territorio que hasta ahora se ha administrado como piezas separadas pueda comenzar a pensarse como un solo sistema.