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Sergio Castillo y libro sobre la ONU: “Misiones de paz disminuyen por problemas de financiamiento” PAÍS cedida

Sergio Castillo y libro sobre la ONU: “Misiones de paz disminuyen por problemas de financiamiento”

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De preso político a guerras en tres continentes: memorias de un chileno con 20 años en la ONU. Tras dos décadas como funcionario de misiones de paz de la ONU, Castillo reconstruye medio siglo de historia en un libro que aborda cómo es servir en el organismo multinacional en la actual crisis.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
Sergio Castillo pasó dos décadas trabajando para Naciones Unidas en algunas de sus misiones más complejas. Vivió el terremoto de Haití, ataques yihadistas en Mali, operaciones bajo fuego en Líbano y el deterioro de las misiones de paz. Su próximo libro recoge esas experiencias y plantea una mirada crítica sobre la ONU, desde la falta de financiamiento y el peso del veto en el Consejo de Seguridad hasta los riesgos que enfrentan las poblaciones cuando las operaciones internacionales se retiran.
Desarrollado por El Mostrador

“Era un 2016 sábado, cuando en el popular restaurante La Terrasse, en el centro de Bamako, Mali, un terrorista suicida entró, lanzó una granada a la pista de baile que no estalló, y de inmediato abrió fuego con un AK-47. Cinco personas, entre ellas la estudiante de leyes, fueron acribilladas en medio del pánico y 20 personas quedaron graves. Ese día, excepcionalmente, no fui al desayuno porque estaba de turno en el aeropuerto. Fue el destino”. Con estas palabras, el chileno Sergio Castillo cuenta a El Mostrador una de sus experiencias más sobrecogedoras durante sus 20 años de trayectoria en la ONU como piloto civil.

En medio del debate internacional por el rol de la ONU –que atraviesa una crisis de dinero, de poder político y de credibilidad–, el relato es parte de un cúmulo de historias sorprendentes, parte de un libro que Castillo lanzará sobre misiones de paz en Haití, Líbano, Mali y de la guerra en Nicaragua, con una mirada reflexiva y crítica del rol de la entidad multilateral.

La MINUSMA, en Mali, África, es considerada por Naciones Unidas como la misión de paz más mortal de la historia moderna, con 311 cascos azules asesinados por yihadistas. El piloto chileno Sergio Castillo, como planificador de operaciones aéreas civiles, militares y de drones, estuvo 7 años como profesional civil en ella, hasta que la misión fue cerrada 2023 por la dictadura militar que la consideraba un fracaso y reemplazó a efectivos de 50 países por mercenarios de Rusia.

Castillo cuenta a El Mostrador que, bajo un calor sofocante de 47 grados, a pocos kilómetros de la frontera con Argelia, la base fortificada de Tessalit era una trampa de arena con lluvia de morteros tres veces por semana lanzados por grupos yihadistas desde cuevas.

En otra ocasión, cuenta en su libro Extintos… nada está escrito –que será lanzado del 14 de noviembre en el auditorio de UNIACC–, una situación más dura.

Meses después, a media cuadra de su vivienda, un comando tomó 170 rehenes en el Hotel Radisson Blu y ejecutó a 22 civiles antes del asalto militar, en un operativo donde el piloto debió ser rescatado en medio del fuego.

Su periplo incluye también tres años conviviendo con la milicia de Hezbolá en el sur del Líbano. En enero de 2015, tras un ataque israelí en el Golán que mató a mandos iraníes y de Hezbolá y la posterior respuesta chiita, la aviación israelí desató el infierno. Mientras Castillo corría a resguardar a su esposa e hijos en un búnker en Tiro, los F-16 descargaban misiles que hacían temblar el suelo. En esa jornada, un proyectil destruyó la posición del cabo español Francisco Javier Soria Toledo, quien falleció en una torre de observación creyendo que la bandera de la ONU lo protegería.

Entre la abierta crisis de credibilidad del organismo multilateral y el estruendo de la guerra, el testimonio de Castillo expone la cruda realidad del terreno

Haití: del enfrentamiento político a las misiones de Naciones Unidas

En 2004, Castillo llegó a Haití para trabajar en operaciones aéreas de la Misión de Estabilización de Naciones Unidas, MINUSTAH. Allí coincidió con el embajador chileno Marcel Young y con Juan Gabriel Valdés, representante especial de Naciones Unidas, durante uno de los períodos más complejos de la política haitiana. El libro recoge las gestiones internacionales durante la crisis electoral de 2006 y la actuación de los organismos multilaterales frente a la violencia armada.

También describe el terremoto del 12 de enero de 2010, que sorprendió al autor en Puerto Príncipe a las 16:53 horas, cuando se desplazaba en automóvil. Castillo relata que sintió que otro vehículo lo había impactado, hasta advertir que era el pavimento el que se movía bajo las ruedas. Cuenta cómo se veían cadáveres apilados en las calles de la capital, el colapso total de la ciudad y cómo la catástrofe obligó a desarrollar operaciones aéreas de emergencia para transportar personal, suministros y asistencia humanitaria.

-En dos décadas de trabajo en Naciones Unidas, ¿cuáles han sido las experiencias más sobrecogedoras que le tocó vivir?
-El terremoto de Haití, yo creo que es una cicatriz indeleble en mi memoria. Ver cómo la normalidad de la vida se desintegra en un segundo, bajo una tragedia de esa magnitud, te confronta con la fragilidad humana. Yo venía de experimentar la guerra en Nicaragua desde la cabina de un avión; conocía de cerca el rostro de la muerte en el frente. Pero el dolor de Haití no tuvo parangón: cientos de miles de vidas truncadas en un instante, familias pulverizadas, orfandad y una marea de cuerpos acumulándose en las calles.

Frente a ese horror, la misión en Haití también me regaló un giro poético y profundamente humano. Allí me reencontré con antiguos pilotos que habían combatido en la guerra de Nicaragua a mediados de los ochenta. Treinta años antes nos buscábamos en el aire desde cabinas enemigas y trincheras opuestas, movidos por convicciones distintas en una guerra fratricida. No hablo de represores, sino de soldados honestos. Volver a vernos en Haití, ya maduros, conversando sobre aquellas maniobras aéreas que pudieron ser fatales para el otro, pero esta vez unidos bajo la misma bandera azul en una misión de paz, fue una experiencia de reconciliación conmovedora. La dignidad no tiene banderas.

-¿Por qué se han reducido las misiones de la ONU en el mundo y qué efectos genera esta retirada?
–Históricamente, el mayor pilar financiero de las operaciones de paz ha sido Estados Unidos, aportando cerca del 25% del presupuesto global. Las misiones de paz han bajado porque hay un problema de financiamiento. Si bien la asfixia económica comenzó a manifestarse a mediados de los años noventa, los recortes masivos se agudizaron a comienzos de la década de 2020, impulsados en gran medida por la doctrina America First. Doctrina que rechaza tratados multilaterales y doctrina que se fortifica con Trump 2017.

Sin embargo, el fenómeno no es puramente presupuestario; responde también a la parálisis geopolítica. Las tensiones cruzadas entre China y Estados Unidos en el Consejo de Seguridad –ambos con derecho a veto– obstaculizan con frecuencia la autorización de misiones nuevas y complejas. A esto se suma la pérdida del consentimiento de los Estados receptores, como ocurrió de forma dramática en Malí.

El riesgo fundamental de desmantelar una misión antes de consolidar la estabilidad es el rebrote inmediato del conflicto. Cuando los cascos azules se retiran, las poblaciones indefensas quedan a merced de los grupos armados. En Malí, tras la salida de la ONU, el gobierno de transición contrató a grupos mercenarios que no tardaron en ser acusados por las comunidades locales de aplicar tácticas de tierra arrasada, segando la vida de cientos de civiles.

Más allá de la seguridad, el impacto socioeconómico de estas retiradas es devastador para el entorno local: la economía se deprime al desaparecer el consumo de servicios y expiran los contratos del personal nacional que sostenía a familias enteras.

-¿Quién cree que tiene hoy más probabilidades de asumir la Secretaría General de la ONU?
-En la prensa internacional y los sondeos diplomáticos, el nombre de Rebeca Grynspan, de Costa Rica, resuena con fuerza como la figura que concita los mayores respaldos hasta el momento. Junto a ella, Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana, emerge también con sólidas opciones. No obstante, la carrera por la Secretaría General se mueve siempre sobre arenas movedizas: el veredicto final exige el voto favorable de nueve miembros del Consejo de Seguridad y la total ausencia de vetos por parte de las cinco potencias permanentes.

En este complejo tablero, la eventual postulación del húngaro Viktor Orbán despierta un cerrado rechazo entre los países europeos, aunque se especula que podría contar con la aquiescencia de Estados Unidos, Rusia y China. Las aproximaciones actuales son meros preludios; en este escenario, todo puede cambiar en un segundo.

-¿Cuál cree que hubiera sido el sello de Michelle Bachelet si hubiese alcanzado la Secretaría General?
-Sigo convencido de que la expresidenta era la carta idónea para el cargo. Con el peso de su trayectoria, habría insuflado un dinamismo vital al multilateralismo, esa herramienta hoy indispensable para abordar crisis globales mediante soluciones colectivas. Su gestión se habría enfocado en desmantelar los anquilosados engranajes de la burocracia de la ONU, proyectando una institución más transparente, eficaz y cercana a la ciudadanía, despojada de esa distancia elitista que a veces la caracteriza. Imagino que Bachelet habría sido una voz firme, un faro ético y ejecutivo en urgencias impostergables como los derechos humanos, la agenda de género y la crisis climática.

-¿Después de su experiencia en Líbano, Haití y Mali, ¿tiene algún reparo a las intervenciones internacionales y las misiones de paz de la ONU?
-Hay desafíos claramente. El mayor desafío estructural que enfrenta el sistema de Naciones Unidas es el derecho a veto de sus cinco miembros permanentes. Este instrumento suele transformarse en un freno para la resolución de crisis, ya que prioriza las agendas políticas individuales sobre el consenso multilateral. Carece de proporcionalidad operativa que una decisión adoptada formalmente por más de cien países quede sin efecto debido a la oposición de un único Estado.

Para que la organización mantenga su relevancia y legitimidad, es fundamental revisar estos esquemas que restringen la voluntad de la comunidad internacional. Que sin duda entorpecen el correcto desarrollo de las misiones de paz en todos sus aspectos

-En 20 años en misiones de paz, ¿qué crisis le mostró lo cerca que puede estar un país de una ola de violencia y cómo la ONU puede detenerla?
-Las elecciones presidenciales de Haití en 2006. En ese momento, el candidato favorito y popular, René Préval –que no contaba con la preferencia de Estados Unidos– sostenía una tendencia clara e irreversible para ganar en la primera vuelta. Sin embargo, en medio del escrutinio, los datos oficiales comenzaron a mostrar una caída de su votación por debajo del umbral del 50%. El país percibió esto como un intento de manipulación, lo que encendió las alarmas sociales y puso a Haití al borde de una guerra civil.

En ese escenario de tensión y protestas, el desafío principal no era técnico, sino político y de seguridad: se necesitaba neutralizar el estallido social garantizando la legitimidad del proceso electoral y conteniendo las presiones de las potencias.

La solución radicó en la capacidad de articulación y la alta diplomacia que desplegó el jefe de la misión de la ONU, Juan Gabriel Valdés. Él lideró un comité estratégico de crisis con el embajador de Chile, Marcel Young, el diplomático argentino Ernesto López y el embajador de Bélgica.

El equipo operó con un enorme calibre político y una agilidad de maniobra admirable; se aislaron de los ruidos geopolíticos de Washington, y forzaron una salida negociada y técnica basada en la revisión transparente del padrón de votos en blanco. El resultado de esta intervención fue un éxito de resolución pacífica. Esa muñeca política y experiencia técnica impidió un desenlace de violencia armada. El Consejo Electoral proclamó a René Préval ganador en primera vuelta con más del 54% de los votos, calmando las calles. Esta experiencia me demostró que, en los momentos de mayor polarización, el rigor estratégico es fundamental.

-Su labor lo llevó también a Oriente Medio. ¿Cómo fue la experiencia de convivir con Hezbolá en el sur del Líbano?
-Al asumir mi segunda misión en Líbano, bastaba emprender el viaje desde Beirut hacia el sur para comprender la realidad del terreno. Las banderas amarillas de Hezbolá que jalonaban la ruta no eran un simple adorno; eran el marcaje nítido de una soberanía de facto. El sur del Líbano es un territorio bajo su dominio absoluto.

Si bien la historia del movimiento está indiscutiblemente ligada a la violencia armada, el análisis político obliga a reconocer su otra faceta: es un referente político primordial, un partido con una representación institucional profunda en el gobierno y en el tejido social libanés.

Viví tres años en esa región, conviviendo con una población que, en su gran mayoría, simpatiza con el movimiento. Pese a los prejuicios externos, jamás experimenté el menor inconveniente. Al contrario, descubrí en el pueblo libanés –tanto en el sur como en el resto del país– una calidez, una hospitalidad y una cortesía extraordinarias.

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