Ubicado en medio del paisaje verde y lluvioso del sur de Chile, el Auto Museum Moncopulli se ha convertido en una de esas paradas inesperadas que transforman un viaje en experiencia. A pocos kilómetros de Osorno, camino a Antillanca, este museo no solo exhibe autos antiguos, sino que propone un recorrido por la historia, la memoria y la estética de un siglo marcado por la movilidad.
Un viaje en el tiempo sobre ruedas
Fundado en 1995 por el coleccionista Bernardo Eggers Reccius, el museo nació a partir de una obsesión personal que con el tiempo se transformó en patrimonio. Hoy alberga una de las colecciones más importantes de Sudamérica, con más de un centenar de vehículos —muchos de ellos donaciones— que datan desde principios del siglo XX hasta las décadas del 50 y 60.
Pero Moncopulli no es solo un lugar para observar. Algunos de sus modelos aún están en funcionamiento y participan en exhibiciones dinámicas, lo que permite verlos en movimiento y comprender su ingeniería más allá de lo estático.

El recorrido se amplía con miles de objetos de época: cámaras fotográficas antiguas, juguetes, herramientas, repuestos y artefactos domésticos que ayudan a reconstruir el contexto social en el que estos vehículos circularon. La experiencia, así, se vuelve más narrativa que técnica, ya que no se trata solo de motores, sino de historias.
El entorno también juega un rol clave. Inserto en un paisaje de bosque nativo, el museo dialoga con la identidad del sur. No es casual que “Moncopulli” provenga del mapudungun y signifique “loma redonda”, un guiño al territorio que lo acoge.
Studebaker: un culto de colección
Hablar del Auto Museum Moncopulli es, inevitablemente, hablar de Studebaker. No solo porque concentra una de las mayores colecciones de la marca en Latinoamérica, sino porque en ella se resume una parte clave de la historia del automóvil en el siglo XX.
Fundada en el siglo XIX como fabricante de carruajes, Studebaker logró una transición exitosa hacia la industria automotriz, destacándose por su innovación y por diseños adelantados a su época, como el Starlight Coupé o el Avanti. Sin embargo, no logró sostenerse frente a los grandes fabricantes estadounidenses y cesó su producción en 1966, lo que terminó por convertir sus vehículos en piezas de colección altamente valoradas.
Para los coleccionistas, los Studebaker representan una combinación única de diseño, escasez y narrativa histórica. Cada modelo refleja una época en que el automóvil comenzaba a consolidarse como símbolo cultural, más allá de su función práctica.

Una parada distinta en la ruta del sur
Aunque su escala es íntima, su alcance ha cruzado fronteras. El trabajo de su fundador fue reconocido por la Fédération Internationale des Véhicules Anciens, principal entidad mundial dedicada a la preservación del patrimonio automotriz. A ello se suma la valoración de visitantes de distintas partes del mundo, que han posicionado al museo como una experiencia destacada dentro del turismo especializado.
Para quienes recorren la Región de Los Lagos, Moncopulli aparece como un desvío breve pero significativo. El tiempo de visita puede variar entre 45 minutos y un par de horas, pero el efecto es el mismo: detenerse, observar y dejarse llevar por el encanto de las máquinas que alguna vez definieron el futuro.