Opinión
El turismo no se puede deslocalizar
En Ruanda se suele decir que un gorila de montaña aporta a su región más que un alto ejecutivo. No es una exageración pintoresca: es el resultado de una decisión de Estado. Tras décadas de conflicto, el país decidió que cada visitante valdría más, no que habría más visitantes. Hoy un permiso para caminar una hora junto a los gorilas cuesta 1.500 dólares, el acceso está estrictamente limitado, y una parte de cada dólar se reinvierte en conservación y en las comunidades vecinas. ¿El resultado? Turismo por más de 685 millones de dólares en 2025, una población de gorilas que se recupera y un modelo que hoy se estudia en el mundo entero. Ruanda no eligió volumen. Eligió valor.
Lo cuento porque resume algo que la conversación económica suele pasar por alto. Vivimos obsesionados con dónde se creará el valor en la era de la inteligencia artificial. Casi todo parece moverse: las fábricas se trasladan, los servicios se automatizan, el talento trabaja desde cualquier lugar. En ese mundo líquido, el turismo tiene una rareza estratégica: no se puede deslocalizar. La cordillera, el desierto de Atacama, la Patagonia, nuestro Pacífico, no se mudan a otro país ni se imprimen en 3D. Y la experiencia humana, auténtica y ligada a un territorio es justamente, lo más escaso -y lo más valioso- en una economía donde casi todo lo demás se vuelve replicable.
Los números acompañan esa intuición. En 2025, los viajes y el turismo aportaron cerca de 11,7 billones de dólares a la economía mundial: uno de cada diez dólares y uno de cada diez empleos del planeta. Y otro dato que debería interesar a cualquier economista: el sector creció casi un 50% más rápido que la economía global. No es una actividad de ocio al margen del desarrollo; es uno de sus motores.
En Chile, el turismo receptivo ya genera del orden de 3.200 millones de dólares al año, una cifra que supera lo que exportamos en litio. Pero quedarnos en esa comparación sería perder el punto. El verdadero poder del turismo es otro: llega donde ninguna otra exportación llega. No exige un puerto, una mina ni una gran planta. Distribuye desarrollo en territorios que el resto de la economía suele dejar atrás, y lo hace a través de miles de pequeñas y medianas empresas -el 80% de nuestro sector- que generan empleo en sus propias comunidades. Pocas industrias reparten su prosperidad de manera tan capilar.
Esa es la lección de Ruanda traducida a nuestra geografía. No se trata de recibir a cualquiera, en cualquier cantidad y a cualquier costo. Se trata de decidir, como país, que cada visitante deje más valor, más empleo y más cuidado de aquello que vino a conocer. Tenemos nuestros propios “gorilas”: paisajes, vinos, cultura y naturaleza que el mundo está dispuesto a pagar por vivir una vez en la vida.
La pregunta, entonces, no es si el turismo es importante. Los datos ya lo respondieron. La pregunta es si seremos capaces de tratarlo como lo que es -una estrategia de desarrollo de largo plazo- y no como un sector que se da por descontado. Las economías que lo entendieron a tiempo no esperaron a que el turismo simplemente ocurriera. Lo decidieron.
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