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De tanto creer en la buena fe de quienes leen y escriben libros

por 17 febrero, 2014

De tanto creer en la buena fe de quienes leen y escriben libros
Mónica Ríos es coeditora de editorial Sangría, http://www.sangriaeditora.com/

lapluma

Hace varios años, un profesor de la escuela de Derecho de la Universidad de Chile nos aleccionó a quienes estudiábamos ahí sobre nuestra disciplina de lectura. Ésta debía incluir un escritorio, una silla incómoda y poca comida. Ese ascetismo se combinaba –lo sabíamos nosotros intuitivamente– con el origen militar del escritorio y su disciplina sobre el cuerpo; ese profesor, a todas luces muestrario de una normativa educacional autoritaria, veía con temor fervoroso la movilidad aparejada con la tecnología libresca. Ese modo ejemplar por el que debíamos relacionarnos con la letra y los libros fue, tal vez, el primer indicio de que había caído en el patio universitario equivocado, y el primer paso para hacer consciente un modo de leer que se nutre de distintas aproximaciones que los cuerpos tienen con las palabras y los libros. Basta mirar qué llevan algunas mochilas, algunas carteras o los bolsillos de algunos chaquetones en las calles. Basta pasearse por las casas de quién uno recién conoce, fijarse en la consulta de algún psicólogo o en los libros olvidados sobre los mesones universitarios para conocer las maneras en que la letra nos entra al cuerpo. Siempre recordaré los manuales de gramática mapuche, japonesa y latina apilados desde el suelo hasta la rodilla en el baño de un amigo que hoy es librero. Tampoco me olvido de quien dice que sus sueños se cumplen en la imagen de un sillón cómodo para leer al lado de una ventana. Ni tampoco de ese cuerpo tendido en una cama para el cual un libro de filosofía se vuelve erótico.

Ya los historiadores del libro sistematizan este tipo de conexiones a medida que nos hacen doblar los pliegos y explicarnos cómo se hacían los librillos en la antigüedad, dependiendo de si se tuercen en dos, cuatro u ocho para formar cuatro, ocho o dieciséis páginas para caber en podios, morrales o escotes. Y a medida que con una regla planificamos las nuevas colecciones de nuestras editoriales imaginamos las experiencias de lectura asociadas a esos formatos. Porque sí, los formatos tienen secuelas sobre el cuerpo y diseñan experiencias de lecturas. Los más obvios son los libros de mesa, cuyas palabras difícilmente se lean consecutivamente, o los libros que se apilan como decoración en las bibliotecas y que algún dueño de casa hacendoso pondrá en el espacio que queda entre los volúmenes empastados de La divina comedia inmediatamente después que el lector lo deje distraídamente. Así, cabría pensar en una ostentosa novela en tapa dura de –por ejemplo– David Foster Wallace, horadando nuestros hombros por la gravedad de las correas del bolso, o en esas tapas blandas, feas y grandes con solapas e interiores apretados que son abandonadas en las casas de playa de quienes hicieron un paréntesis en su nulo hábito lector. Cada libro trae aparejada su política de lectura y se acomoda junto al lector a ese paisaje.

Como reverso del problema, tampoco es lo mismo escribir en un cuaderno o en un computador, como si la mano –bien lo saben los artistas– adquiriera otra relación con su soporte. Tampoco es inocuo que ese computador esté en un lugar donde el castellano ebulle en su pantalla y alrededor de ella, en comparación con otro lugar donde ese castellano no podría ser entendido por quienes balbucean un inglés gangoso. Necesariamente la voz que se escribe imposta ciertas experiencias de vocalización –por ejemplo la dificultad, en el caso de ese inglés que resuena castellanizado, de expresar exactamente lo que uno quiere a un interlocutor para quien las palabras con acento extranjero connotan las experiencias lejanas de un televisor perdido en la memoria de los noventa. Escribir en inglés tiene el inevitable efecto de la concisión. En el ámbito académico ese lenguaje lleno de comas y retruécanos lingüísticos se asocia con una escuela particular de escritura académica literaria. Como me comenta una profesora de literatura que nació y creció en el inglés, esa escuela “ya pasó de moda”. Ahora en todo ámbito se impone la escritura inmediatamente transparente que exige la ciencia junto con la expectativa de volverse instrumental a un mercado universitario que cruza barreras disciplinarias según un proceso de normalización. Y, como también me ha comentado esa profesora, la escritura académica latinoamericana –esa con que hasta hace poco nos formábamos en Chile– suena ampulosa y declamatoria. Se trata de una observación rara, viniendo de quien estudia cómo las formas también son sentido; en el caso de los críticos latinoamericanos del último siglo hay una relación problemática con el lenguaje que quiere romper con esa falsa idea de homogeneidad. Pero también puede que la profesora tenga razón, que la decisión de escribir a través de hipótesis o premisas se convierta, a la larga, en una nueva moda para opacar la información en este periodo en que, de tanto creer en la buena fe de quienes leen y escriben libros, tal vez nos transformemos todos en el joven Fred Murdock del cuento de Borges.

Esta modernización, cuyos estándares hemos padecido durante las últimas décadas también en los modelos educativos, se combina con la naturalización del falso lenguaje de la transparencia incluso en la narrativa. Cada vez que optamos por una tapa dura que rechaza la opacidad, nos olvidamos que en la creación de lenguajes nuevos las escritoras y los escritores quieren también experimentar nuevas formas de lectura. No se trata ya de posibilitar una lectura atenta y disciplinada que desgaje los sentidos línea por línea, ayudando así a la tarea propagandística de las humanidades, y que luego se marque con un lápiz para citar en otro texto, como el cierre de un obituario en las páginas de un matutino; se trata del poder crítico de la distracción, que está implícito en cualquier tecnología de entretenimiento.

 

 

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