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No me gusta que me roben lo que es mío

por 12 septiembre, 2013

Vivir sin fronteras es positivo. Pero hemos perdido, para siempre, algo inmenso y valioso. Pinochet nos robó esa parte de la familia, que ya jamás volverá.
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Pertenezco a esa generación de niños que les tocó, tras el bombardeo de La Moneda, nacer en otro país.  Ahora somos adultos sin raíces, tal vez cosmopolitas, multiculturales, pero con familias disgregadas, con hermanos, primos, tíos, padres y abuelos a miles de kilómetros de distancia. Soy una española que toma tecito todo el día, que duerme con guatero, que lee a Neruda y le encanta el manjar. Tengo la sensibilidad del chileno y la alegría y la mala leche del español. Tengo una parte chilena, otra española y otra catalana, y las disfruto todas. Pero no me gusta que me roben lo que es mío. Y aquel 11 de septiembre, a muchos futuros niños se les robó una parte de sus raíces, una parte de su libertad. Hubo más de un millón de exiliados, los hijos de los cuales perdieron para siempre una parte de su identidad.

Mis padres se fueron de Chile en el 74. Yo nací en Barcelona en el 75. Pinochet me robó a mi padre y a mi hermano, siendo yo adolescente. Mi abuela Marina, una mujer de izquierda, intelectual y fascinante, fue torturada en un campo de concentración chileno a lo nazi, como muy bien escribió mi padre. La fue a sacar de allí, al cabo de 6 meses, su tío segundo el cardenal Silva Enríquez, un personaje importante en Chile, admirado por los momios católicos y defensor de los derechos humanos. Según la Comisión Valech (Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, 2003), hubo más de 35.000 personas que fueron detenidas y torturadas bajo la Dictadura Militar, entre ellos 102 niños y niñas menores de 14 años. Ninguno de ellos tuvo a un tío cardenal que los sacara de ese infierno. Según la Comisión Rettig (Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, 1990), hubo 3.195 personas asesinadas (1.183 detenidos desaparecidos -entre ellos 9 mujeres embarazadas- y 2.008 muertos). De las 3.195 personas asesinadas, hubo 2.359 hombres mayores de 21 años, 143 mujeres mayores de 21 años, 633 chicos y niños menores de 21 años y 56 chicas y niñas menores de 21 años. Es difícil entender que haya gente hoy en día que siga idealizando un régimen de tortura y horror, que partió a Chile en dos para siempre y dejó una mancha de sangre, humillación y vergüenza en su historia.

Hoy soy una persona sin raíces. Me adapto como un camaleón al país que sea, al idioma que sea, a la gente que sea. He formado mi propia familia (porque la otra, la disgregada, apenas existe ya), una familia multicultural, que habla español, inglés y hebreo. Mi marido nació en Jerusalén; sus padres son judíos y norteamericanos. Nuestro hijos Yael, Itay y Dalit comen tortilla de patatas, panellets, hummus, chocolate chip cookies y cazuela chilena; se disfrazan de chulapos, cantan “En Joan petit quan balla“, encienden velas en Hanukkah, disfrutan en Halloween y leen el cuento mapuche “El día que Txeg Txeg y Kay Kay no se saludaron”. En casa tenemos 4 pasaportes. A mi marido le dieron los pasaportes israelí y norteamericano cuando nació. Yo obtuve la nacionalidad chilena sólo a los 33 años. Pinochet decidió que los hijos de los exiliados no teníamos derecho a ser chilenos. Muchos de aquellos niños no tuvieron tanta suerte como yo (fui española desde que nací) y fueron apátridas por mucho tiempo. A primera vista la multiculturalidad de mi marido y la mía parecen provenir del mismo lado. Pero no es así. Sus padres se fueron de EEUU porque quisieron ir a vivir a Israel. Nadie había hecho desaparecer a sus vecinos, sus amigos o sus familiares. Se fueron porque quisieron: con ilusión y seguridad. Mis padres, al contrario, tuvieron que irse de Chile con miedo e incertidumbre. Vivieron en Italia y Hungría antes de aterrizar en España. Siempre les quedó ese agujero en las entrañas, la terrible sensación de que habían sido expulsados de su país y de que tal vez nunca podrían regresar. Mi padre volvió a Chile porque, según él, echaba de menos las marraquetas.

Yo no soy nacionalista. No puedo serlo, porque no tengo nación. Pertenezco a varios mundos y, a la vez, me siento extraña en todos ellos. La “Beca Pinochet” dejó a todos aquellos niños que les tocó nacer en otro país como flotando por el espacio. Somos extranjeros en todos lados y, a la vez, para nosotros, las fronteras no existen. Vivir sin fronteras es positivo. Pero hemos perdido, para siempre, algo inmenso y valioso. Pinochet nos robó esa parte de la familia, que ya jamás volverá.

Antonia Tejeda Barros, Madrid, 11 de septiembre de 2013.

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