Domingo, 29 de mayo de 2016Actualizado a las 02:03

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A. Mayol y la mala ciencia

"Mayol cree que está bien que sólo Mayol determine la cientificidad de la producción de Mayol, y así sube datos a la web de Mayol, los interpreta de manera desastrosa, y luego se enoja porque quienes lo critican lo toman en serio, desconociendo la palabra sagrada de… Mayol".

(*) Mayol (eterno candidato a doctor en sociología y – pese a ello -profesor de la USACH) ha respondido cum ira et studio a quienes hemos criticado el “trabajo de investigación” que publicó en su página personal hace unos días.

En el citado “estudio”, Mayol y Javiera Araya pretenden mostrar con datos contenidos en 5 láminas de power point que 1) los proyectos FONDECYT no se adjudican de acuerdo a variables que son puramente académicas (i.e. que sería falsa lo que ellos llaman “la hipótesis de la neutralidad”), 2) que el concurso FONDECYT muestra “claras señales de ajuste a escenarios contingentes en temas que tengan relación con la política educacional del país”, mejorando o empeorando las posibilidades de las instituciones según los cambios políticos, 3) que lo que él junto a Javiera Araya llama “derecha educativa”, i.e. las instituciones confesionales y/o privadas y/o defensoras de la “libertad de enseñanza” se “estarían imponiendo” en el escenario de ausencia de neutralidad indicado por 1 y 2.

Mayol se defiende de las críticas en parte aceptando que su “estudio” no logra sostener sin resto los puntos 1, 2 y 3 y se excusa puerilmente alegando falta de datos y cosas por el estilo. Con todo, argumenta que su “estudio” es digno de ser tenido en cuenta, pues asume un problema que no ha sido tratado, dándole así un tratamiento científico a los cotilleos de sus colegas (Mayol mismo dice, resumiendo el “aporte” de su estudio:

En resumen, tras años de la hipótesis del peso de la política en Fondecyt, enunciada en pasillos, cenas, oficinas, ningún investigador había dado un solo paso en la dirección de falsar o confirmar la hipótesis. Junto a Javiera Araya decidimos avanzar en esa línea. La actitud propiamente científica frente al trabajo de Mayol sería – Mayol dixit – no poner en cuestión su trabajo “para enterrar los datos”, sino que más bien sumar datos que permitan profundizar la investigación.

Quienquiera que se detenga 5 minutos a pensar el asunto, observará con claridad que Mayol parece no haberse enterado del nervio de la crítica de la que ha sido objeto. Parte de la base de que su trabajo debe ser tomado como ciencia, cuando es justamente eso lo que está puesto en cuestión.

Mayol cree que está bien que sólo Mayol determine la cientificidad de la producción de Mayol, y así sube datos a la web de Mayol, los interpreta de manera desastrosa, y luego se enoja porque quienes lo critican lo toman en serio, desconociendo la palabra sagrada de… Mayol. Y para colmo acusa de perezosos y cobardes a quienes gastan su tiempo corrigiendo sus errores. Pero el asunto, como es evidente, es más bien al revés: es tremendamente meritorio que académicos serios dediquen su tiempo libre a corregir groseros errores ajenos, y traten así de realizar un aporte para que la discusión pública se realice de modo más serio, esto es: impidiendo que la ciencia se invoque para dotar de legitimidad y autoridad a posturas que no lo son.

Si Mayol quiere ser tratado como un científico debería – junto con finalizar su formación académica de acuerdo a los estándares actuales – someter sus conclusiones al escrutinio público de la comunidad tal como todos quienes pertenecen a ella lo hacen, a saber: presentando su trabajo ante pares que lo revisen. Será esa comunidad – y no Mayol en su columna de un diario electrónico – quien determine si la hipótesis es interesante, si faltan datos, si se puede hacer algo con el trabajo o sencillamente es mejor desecharlo. Lo contrario es impertinencia. Y para citar a Mayol citando Freud “toda impertinencia, todo acto fuera de contexto, es simplemente deseo”. Dicho de modo más claro: Mayol podrá desear que los académicos lo tomen tan en serio como las audiencias masivas supuestamente lo toman. Pero para eso debe apuntar más alto y someterse a los estándares que el trabajo científico comunitario establece.

De seguro temerá a que la politización reinante en la ciencia se ensañe con él y con sus métodos. Pues bien, no hay problema, puede entonces criticar la ciencia usando la amplia red de difusión de sus “ideas” que tiene en los periódicos. Puede continuar su labor de ensayista, que es, como bien apuntó Maillet, aquello a lo que parece estar dedicado (con cargo a las rentas generales y pagado como académico, agregamos nosotros). Pero a lo que no tiene derecho es a revestir sus opiniones como trabajos científicos (el resultado de una “ruta investigativa” hasta donde le permiten los datos), y esperar a que la comunidad científica considere como producto a tomar en serio a trabajos que no cumplen sus estándares y cuyo autor además ni siquiera se digna permitir evaluar. La palabra de Mayol será influyente en nuestro famélico debate público, pero está lejos de ser ley, menos en ciencias.

Por cierto, nada de lo anterior implica que FONDECYT y sus políticas sean impolutas y que no puedan ser cuestionadas. Consideramos que es un hecho que FONDECYT opera en un contexto general en el que las universidades, principales generadoras de investigación vía los académicos que son contratados por ellas, deben someterse a criterios de mercado en busca de recursos para subsistir, afectando con lo anterior el modo en que se genera la investigación y se practica la enseñanza en ellas. Pero ese marco es general y no opera sólo para las universidades “de derecha”, ni tampoco las favorece sólo a ellas.

De hecho es ese el contexto que permite que las universidades – incluso públicas – ponderen en ocasiones por sobre la investigación científica las columnas de opinión como productos académicos relevantes, pues ellas generan mayor impacto y por tanto atraen más “consumidores”, por mucho que el aporte de las mismas a la tarea investigativa sea en varias ocasiones casi nulo. Esto fomenta, de hecho, el ludismo académico de alto impacto público, como el que practica Mayol, generando así ciencia de mala calidad y bajo costo personal de producción (aunque probablemente con un altísimo costo para la universidad pública que financia estos juegos). Así las cosas, uno de los resultados que nos regala este episodio, es el desenmascaramiento de Mayol como alguien que dista de ser un genuino crítico del sistema de universidad de mercado, sino que de hecho es más bien un claro producto de ella.

Con todas las mejoras y cambios que haya que hacer a FONDECYT y al sistema universitario chileno, nada justifica la defensa de prácticas como el rechazo a la revisión de pares, la existencia de universidades que constituyen sus claustros de modo poco transparente y sin mediar ningún tipo de concurso académico, etc. Todas estas formas de operar son aristocratizantes y contrarias al espíritu de la genuina universidad y la investigación científica. Nada ha dicho Mayol en contra de estas formas “aristocráticas” de conformación de claustros y asignación de fondos, pues probablemente él es parte de ese sistema. FONDECYT es un mecanismo que, con todos sus problemas, busca honrar prácticas científicas. Y eso debe ser defendido. Por mucho que contradiga la palabra de Mayol.

(*) Publicado en RedSeca.cl

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