CULTURA|OPINIÓN
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¿Una encerrona?
Las pergoleras siguen siendo contemporáneas. Setenta y cinco años después, nos recuerdan que el patrimonio no es aquello que se guarda en silencio, sino aquello que una comunidad considera tan valioso que está dispuesta a alzar la voz para defenderlo.
Tras lo ocurrido en la función de “La pérgola de las flores” durante el Día de los Patrimonios, el ministro de las Culturas, Francisco Undurraga, calificó la situación como una “encerrona”. La palabra no es menor. En Chile remite a experiencias de violencia, amenaza y vulneración.
Utilizarla para referirse a una manifestación de malestar cultural no solo tensiona la interpretación de los hechos, también desplaza la discusión de fondo. Más que preguntarnos si hubo o no una encerrona, conviene preguntarnos qué revela este momento sobre la relación entre poder, crítica y una obra que, setenta y cinco años después de su estreno, sigue interpelando las disputas entre quienes toman decisiones y quienes deben vivir sus consecuencias.
La mejor manera de abordar esa pregunta es volver a la propia obra. “La pérgola de las flores” no es una historia sobre el consenso, sino sobre el conflicto. Isidora Aguirre construyó una dramaturgia en la que los sectores populares enfrentan decisiones adoptadas por las élites políticas y económicas. Las pergoleras se organizan, interpelan a la autoridad y cuestionan un proyecto de modernización que amenaza sus formas de vida. No esperan ser convocadas; irrumpen en el espacio público para defender aquello que consideran justo.
Por eso resulta llamativo que una expresión crítica dirigida a una autoridad cultural sea interpretada como una encerrona precisamente durante la representación de una obra que reivindica el derecho de los sectores populares a hacerse escuchar.
La situación invita a formular una pregunta incómoda: ¿qué lugar le damos a la participación ciudadana cuando se expresa como desacuerdo? La expresión cultural suele celebrarse cuando fortalece la identidad o la cohesión social. Sin embargo, parece encontrar menos espacio cuando manifiesta desacuerdo o cuestiona decisiones institucionales. Como si la cultura fuera valiosa mientras reafirma consensos, pero problemática cuando pone de relieve tensiones que forman parte de la vida democrática.
Allí radica, quizás, la paradoja. Durante años hemos reivindicado”La pérgola de las flores” como patrimonio nacional, pero hemos olvidado que antes de convertirse en patrimonio fue una crítica social profundamente contingente. Hemos conservado la obra, aunque a veces pareciera que hemos atenuado aquello que la volvió indispensable: su capacidad de cuestionar las decisiones del poder desde la experiencia de quienes viven sus consecuencias.
Lo que incomoda no es el conflicto. Lo verdaderamente inquietante es descubrir que seguimos reaccionando con sorpresa cuando quienes se sienten afectados por una decisión pública buscan hacerse escuchar. Setenta y cinco años después de su estreno, la obra de Isidora Aguirre sigue recordándonos que la participación no siempre adopta formas amables y que el desacuerdo también forma parte de la vida democrática.
Las pergoleras siguen siendo contemporáneas. Setenta y cinco años después, nos recuerdan que el patrimonio no es aquello que se guarda en silencio, sino aquello que una comunidad considera tan valioso que está dispuesta a alzar la voz para defenderlo.
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