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Ni comunitaristas ni liberales

por 15 marzo, 2017

Ni comunitaristas ni liberales
Al tratar de distorsionar el Manifiesto para presentarlo como un texto colectivista extremo, lo que buscan reivindicar es su propio radicalismo. Inventar un supuesto enemigo interno de signo y radicalidad opuesta a la suya les permite validarse sin argumentos y jugar al empate. Así, en vez de proclamar abiertamente que no creen en la justicia social, que consideran que la autonomía individual total es el único objetivo de la asociación política, que creen que los niveles de desigualdad chilenos son algo totalmente irrelevante, que el mercado les parece la solución a casi todos los problemas y que, como decía Thatcher, “la sociedad no existe”, prefieren recurrir a objeciones metafísicas descontextualizadas.

El “Manifiesto por la República y el Buen Gobierno” ha causado revuelo entre algunos sectores del liberalismo criollo. Algo en él les disgusta, pero no parecen saber muy bien qué es. O no se atreven a decirlo claramente. Esto ha conducido a una especie de murmullo poco claro, del cual han ido emergiendo algunos lugares comunes (por ejemplo, decir que la palabra “libertad” aparece demasiado poco en el texto). Y últimamente han dado con la idea de que todo esto se trataría, supuestamente, de un debate entre “comunitaristas” (los redactores del Manifiesto) y “liberales” (sus detractores). En esta fábula, los “comunitaristas” pondríamos al colectivo antes que al individuo, planteando que la sociedad debe tener un horizonte de sentido común, mientras que los “liberales” pondrían al individuo antes que el colectivo, defendiendo que cada cual debe discernir lo que es bueno. Ahí estaría la madre del cordero del debate.

Para justificar el uso de esta dudosa dicotomía, no han recurrido directamente al texto, sino que han usado “metodologías alternativas”. Así, Valentina Verbal, que realiza un trabajo de compilación asistemática de las objeciones posibles al documento, descubrió “leyendo entre líneas”, al parecer en una especie de trance de manualística tomista, que el Manifiesto no le otorgaba “prioridad ontológica al individuo respecto a la sociedad”. Y luego recicló la clásica diatriba guzmaniana contra el comunitarismo democratacristiano, alegando además que lo que caracterizaría a la tradición del pensamiento de derecha sería esa “prioridad ontológica” (luego, según Verbal, el texto no sería de derecha). Este punto fue luego sistematizado por el ex diputado Gonzalo Arenas, quien hace una pedagógica explicación de la disputa entre comunitaristas y liberales. Y el punto, claro, ha sido repetido por algunos de los voceros de las instituciones de propaganda libertaria.

Pero ¿es correcto describir de esta manera la discusión generada por el Manifiesto? Lo cierto es que no, por tres razones.

Primero, la distinción entre “comunitarismo” y “liberalismo” es extremadamente débil y confusa. Prueba de ello es que la  mayoría de los pensadores tildados de “comunitaristas” jamás han aceptado el término para describir su propio pensamiento.

La discusión respecto a si va antes el colectivo o el individuo es como debatir respecto a la “prioridad ontológica” del huevo o la gallina. Resulta intelectual y políticamente estéril. Lo que hay, en los hechos, son individuos y organizaciones, así como expectativas e ideales sociales e individuales, que aparecen inevitablemente entrelazados.

El Manifiesto reconoce exactamente eso, y concibe a la sociedad humana como una realidad con varios niveles de complejidad, frente a la que defiende un orden subsidiario y una división republicana del poder que proteja las libertades civiles. Entre ellas, por supuesto, la libertad individual. Luego, ¿en qué consistiría su comunitarismo? ¿En reconocer que la sociedad existe? ¿En plantear que la vida en sociedad engendra derechos y obligaciones? ¿En concebir las libertades como una conquista social y política?

¿Qué puede ser más intelectualmente perezoso y poco serio que reducir todas las ideas a esta dicotomía absurda de “colectivistas” y “liberales”? Lo que Verbal pretende es empantanar la deliberación. Un debate de ideas ordenado y fructífero, después de todo, se da evaluando las posiciones concretas y ponderando los argumentos que las sustentan, y no desde el prejuicio, el maniqueísmo y las etiquetas.

Segundo, el Manifiesto es claramente moderado y concentra varias tradiciones políticas, ya que sus elementos centrales son más bien comunes, en Chile, al pensamiento conservador, nacional, liberal, socialcristiano y gremial. A eso apuntaba la diversidad de sus propios redactores, y eso también explica que haya sido valorado por políticos e intelectuales de muy diverso signo (Roberto Ampuero, Carlos Williamson, Sebastián Soto, Gonzalo Cordero y Rodrigo Castro, entre otros, que Verbal considera “alienados”).

División republicana del poder, Estado en forma, nación unitaria e integradora, descentralización, subsidiariedad, sociedad civil, libre mercado y defensa de una serie de libertades ciudadanas (y sus respectivos deberes), después de todo, no son patrimonio de un solo grupo determinado. Entre las mayores influencias del texto, además, pueden encontrarse los Federalist Papers (El Federalista), que son una especie de libro de culto para los liberales, pero que muchos parecen no haber leído.

Sin embargo, en todo caso, el Manifiesto no pretende ninguna pureza doctrinaria. Lo que sí hace es tomarse en serio el deber de pensar, desde esos ejes, la situación actual del país y la forma en que se puede hacer frente a los desafíos que enfrentamos. No es un ejercicio teológico o ideológico: se trata de buscar comprender la situación concreta del país y sus exigencias, y desde ahí construir propuestas que preserven lo bueno y transformen lo que parece nocivo. ¿Por qué, entonces, tratar a un texto ponderado, pragmático y polifónico como si se tratara de un documento radical, ideológico y extremo?

Y, tercero, la distinción entre “comunitaristas” y “liberales” convierte el debate de matices y grados, al que el documento invita, en un debate de absolutos. Habría solo dos posturas, extremas e irreconciliables frente a él. O estás con los “liberales” o estás con los “comunitaristas”. Así, el a todas luces ponderado texto del Manifiesto se convertiría en un radical y partisano panfleto colectivista. ¿Tiene esto sentido? Ninguno. ¿Por qué plantear como una oposición radical entre dos extremos algo que es un debate sobre matices y grados?

La evidente manipulación del texto para convertirlo en un mono de paja adecuado a las elucubraciones aleatorias de quienes están molestos con él y se identifican a sí mismos como “liberales”, me lleva a dos conclusiones.

Primero, que estos críticos no se atreven a confesar la postura que verdaderamente quieren defender, porque se trata de una versión particularmente radical, minoritaria y poco tolerante del liberalismo. Esto es evidente, porque al tratar de distorsionar el Manifiesto para presentarlo como un texto colectivista extremo, lo que buscan reivindicar es su propio radicalismo. Inventar un supuesto enemigo interno de signo y radicalidad opuesta a la suya les permite validarse sin argumentos y jugar al empate.

Así, en vez de proclamar abiertamente que no creen en la justicia social, que consideran que la autonomía individual total es el único objetivo de la asociación política, que creen que los niveles de desigualdad chilenos son algo totalmente irrelevante, que el mercado les parece la solución a casi todos los problemas y que, como decía Thatcher, “la sociedad no existe”, prefieren recurrir a objeciones metafísicas descontextualizadas. Para este grupo, reducir el debate a dos polos opuestos y radicales, suprimiendo por esa vía todos los matices, les permite traficar su radicalismo como si se tratara del único liberalismo posible, sin confesar su total intolerancia respecto a cualquier idea o postura que se salga de los estrechos márgenes de su ideología.

Segundo, que esta maniobra, que se proclama como “dialogante”, no busca sino entorpecer el debate que propone el Manifiesto, instalando etiquetas que invitan a no pensar. ¿Qué puede ser más intelectualmente perezoso y poco serio que reducir todas las ideas a esta dicotomía absurda de “colectivistas” y “liberales”? Lo que Verbal pretende es empantanar la deliberación. Un debate de ideas ordenado y fructífero, después de todo, se da evaluando las posiciones concretas y ponderando los argumentos que las sustentan, y no desde el prejuicio, el maniqueísmo y las etiquetas.

El hecho de que algunos sectores del liberalismo recurran a este expediente solo parece reflejar que no tienen la capacidad de ofrecer y defender, desde su propia perspectiva, un diagnóstico y una visión política, por lo que prefieren degradar el trabajo de quienes sí hemos hecho la pega. Algo bastante poco liberal, por cierto.

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