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“La batalla de Chile” queda huérfana: muere en París Patricio Guzmán
El documentalista chileno murió en París a los 85 años, dejando una obra atravesada por la memoria política del país. Autor de “La batalla de Chile”, registró el derrumbe de la Unidad Popular y dedicó más de medio siglo de cine a volver sobre el golpe, la dictadura, los desaparecidos y sus huellas.
La batalla de Chile quedó huérfana. Patricio Guzmán, el cineasta que puso su cámara frente a un país que avanzaba hacia el quiebre de 1973 y que después dedicó medio siglo a interrogar las imágenes, recuerdos y heridas que dejó ese momento, murió en París a los 85 años, según confirmó CinemaChile en su cuenta en X.
Director, guionista, montajista, productor, investigador y teórico del cine, Guzmán construyó durante más de seis décadas una filmografía inseparable de la historia política chilena. El gobierno de Salvador Allende, el golpe de Estado, la dictadura, los detenidos desaparecidos y el problema de la memoria atravesaron una obra que, con el paso de los años, fue incorporando también el paisaje y una mirada cada vez más personal sobre Chile.
Nacido en Santiago el 11 de agosto de 1941, Guzmán llegó al cine después de una búsqueda vocacional que lo llevó por Teatro, Historia y Filosofía. Se formó en el Instituto Fílmico de la Universidad Católica y posteriormente estudió en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid, donde obtuvo el diploma de director-realizador.
Su regreso a Chile, a fines de 1970, coincidió prácticamente con el comienzo del gobierno de la Unidad Popular. Venía pensando en hacer ficción, pero se encontró con un país movilizado: marchas, fábricas, concentraciones, organizaciones populares y discusiones políticas terminaron empujándolo definitivamente hacia el documental.
Primero llegó El primer año, una crónica del periodo inicial de Allende. Después, mientras la crisis política se profundizaba, Guzmán comprendió que tenía delante de su cámara un proceso histórico que debía ser registrado.
A comienzos de 1973 formó un pequeño equipo para filmar sistemáticamente esa crisis. Jorge Müller estuvo a cargo de la cámara y fotografía; Bernardo Menz, del sonido; Federico Elton, de la producción; y José Bartolomé fue asistente de dirección. Pedro Chaskel sería posteriormente fundamental en el montaje. El cineasta francés Chris Marker ayudó a hacer posible el rodaje enviando decenas de miles de pies de película virgen y cintas de sonido.
El equipo salió a registrar la historia mientras ocurría. Filmó elecciones, fábricas, debates, concentraciones, huelgas, enfrentamientos, el Tanquetazo y la polarización que precedió al golpe. De ese trabajo surgirían La insurrección de la burguesía (1975), El golpe de Estado (1976) y El poder popular (1979), las tres partes de La batalla de Chile: la lucha de un pueblo sin armas.
La película se transformaría en la obra fundamental de Guzmán y en uno de los principales registros documentales del proceso político chileno de comienzos de los años setenta. Él mismo reconocería décadas después que era una obra de la que resultaba imposible desprenderse: La batalla narraba un episodio demasiado decisivo de la historia chilena como para dejar de volver a ella.
Pero su realización estuvo atravesada también por la tragedia.
Después del golpe del 11 de septiembre de 1973, Guzmán fue detenido y llevado al Estadio Nacional. Permaneció cerca de dos semanas incomunicado y posteriormente relató haber recibido reiteradas amenazas de fusilamiento. Tras recuperar la libertad, salió de Chile en noviembre de ese año.
Había que salvar, además, el material que el equipo había alcanzado a filmar. Los negativos lograron salir del país, con la colaboración, entre otros, del embajador sueco Harald Edelstam, y terminaron en Cuba. Allí Guzmán y Pedro Chaskel emprendieron el largo montaje de La batalla de Chile.
Jorge Müller no tendría la misma suerte. El camarógrafo que había capturado algunas de las imágenes fundamentales de la trilogía fue detenido y hecho desaparecer por la dictadura en noviembre de 1974. Su destino nunca fue esclarecido.
El exilio llevó a Guzmán por Cuba, España y finalmente Francia, donde se estableció. Pero geográficamente lejos de Chile, su cine nunca terminó de abandonar el país.
En 1987 regresó para realizar En nombre de Dios, sobre el papel de sectores de la Iglesia católica y de los organismos vinculados a la defensa de los derechos humanos durante la dictadura. Diez años después estrenó Chile, La memoria obstinada, donde buscó a protagonistas de La batalla de Chile y enfrentó las imágenes de los setenta con el país de la transición y con jóvenes que no habían vivido aquella época.
Ese documental marcó un giro decisivo. Si en 1973 Guzmán había filmado la historia mientras sucedía, décadas después comenzó a preguntarse qué había quedado de ella en quienes sobrevivieron y en las generaciones siguientes. La memoria se convirtió entonces, de manera todavía más explícita, en el corazón de su trabajo.
Volvió sobre Augusto Pinochet en El caso Pinochet (2001) y sobre la figura que había marcado el comienzo de su carrera en Salvador Allende (2004). Pero durante la década siguiente su cine experimentaría otra transformación.
Con Nostalgia de la luz (2010), Guzmán llevó la memoria al desierto de Atacama y conectó a los astrónomos que buscan respuestas en el pasado del universo con los arqueólogos y las mujeres que continúan buscando restos de sus familiares detenidos desaparecidos. La película ganó el premio a Mejor Documental de la European Film Academy y consolidó al chileno como una figura internacional del cine-ensayo.
Después llegó El botón de nácar (2015), que utilizó el agua y la Patagonia para entrelazar la historia de los pueblos originarios con los crímenes de la dictadura. La cinta obtuvo el Oso de Plata al mejor guion en la Berlinale.
En La cordillera de los sueños (2019), los Andes completaron una suerte de trilogía geográfica y política iniciada con el desierto y continuada con el agua. El documental obtuvo el Ojo de Oro en Cannes y posteriormente el Goya 2022 a Mejor Película Iberoamericana.
Su última película registrada fue Mi país imaginario (2022), donde volvió a encontrarse con la historia desarrollándose frente a la cámara, esta vez a partir de las movilizaciones iniciadas en octubre de 2019 y con una generación muy distinta de aquella que había filmado medio siglo antes.
Guzmán también dejó una huella institucional en el documental chileno. En 1997 fundó el Festival Internacional de Cine Documental de Santiago, posteriormente conocido como FIDOCS, convirtiéndose en una figura relevante para la formación y circulación de nuevas generaciones de realizadores.
En 2023 recibió por unanimidad el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales. A ese reconocimiento se sumaron, entre otros, la Beca Guggenheim, la Medalla Pablo Neruda al Mérito Artístico, el premio de la Academia Europea de Cine, el Oso de Plata de Berlín, el Ojo de Oro de Cannes y el Goya.
Su trayectoria terminó construyendo una singular conversación cinematográfica de más de medio siglo: el joven que en 1973 corría detrás de los acontecimientos con una cámara terminó siendo el realizador que buscaba las huellas de esa misma historia en las estrellas del desierto, las aguas de la Patagonia y la cordillera de los Andes.
Guzmán condensó su concepción del oficio en una frase que terminó acompañándolo durante buena parte de su carrera: “Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías”.
Con su muerte en París desaparece quien construyó buena parte de ese álbum para Chile: desde la cámara que registró el derrumbe de la Unidad Popular hasta el cineasta que pasó el resto de su vida preguntándose qué hace un país con las imágenes de aquello que no quiere —o no puede— olvidar.
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