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Piñera y los peligros del mundo posfactual

por 7 junio, 2017

Piñera y los peligros del mundo posfactual
Este es el mundo en que la campaña de Sebastián Piñera parece estar volviéndose exitosa. Un mundo posfactual en el que no importa que haya realizado inversiones imprudentes –caso Exalmar– o lucre a través de “empresas zombis” para ahorrar impuestos, que el fideicomiso que promueve no sea lo que parece o que afirme, con un alto nivel certeza y de información clave, que el “Sofofagate” tendrá un vuelco que se revelará como un asunto doméstico ligado a “relaciones de pareja”. Tampoco lo ha afectado gran cosa ocultar datos relevantes como su declaración de impuestos o las intrincadas fórmulas para dividir su patrimonio entre su familia.

La elección de Donald Trump instaló en la conversación política y en la opinión pública la discusión sobre los datos falsos, por una parte,  y, por otra, la creciente apelación a las emociones y sentimientos –indignación, xenofobia y el rechazo– como estrategia electoral.

El influyente The Economist bautizó este fenómeno como política de posverdad, de la cual Trump sería su principal exponente, mas no el único. En el artículo del mismo nombre se coloca sobre la mesa lo que es un hecho por todo el mundo conocido: que siempre se ha mentido en las campañas políticas y que las elites muchas veces han ocultado o manipulado la verdad. Sin embargo, lo realmente nuevo sería ahora, no el hecho de que se mienta, sino que la mentira no ocupe un lugar principal entre los atributos definitorios para decidir sobre candidatos.

En paralelo a este proceso, otros análisis han comenzado a instalar la idea del mundo posfactual. Tributario de la “política de posverdad”, en dicho mundo ya no importaría si la información es cierta o no, si la noticia es o no real, sino cuánta gente la cree.

En Chile una cierta energía discursiva se ha venido instalando en el sistema político, donde parece advertirse una tendencia general al declive del racionalismo como medio de persuasión pública, en favor de un lenguaje donde prima el registro emocional o la experiencia personal, que coloca el foco más en el relato que en la argumentación. Desde esta perspectiva, todo hace pensar que la campaña electoral en curso estará más próxima a lo que se ha dado en llamar “democracia posfactual”.

Este es el mundo en que la campaña de Sebastián Piñera parece estar volviéndose exitosa. Un mundo posfactual en el que no importa que haya realizado inversiones imprudentes –caso Exalmar– o lucre a través de “empresas zombis” para ahorrar impuestos, que el fideicomiso que promueve no sea lo que parece o que afirme, con un alto nivel certeza y de información clave, que el “Sofofagate” tendrá un vuelco que se revelará como un asunto doméstico ligado a “relaciones de pareja”. Tampoco lo ha afectado gran cosa ocultar datos relevantes como su declaración de impuestos o las intrincadas fórmulas para dividir su patrimonio entre su familia.

En nuestro Chile una cierta energía discursiva se ha venido instalando en el sistema político, donde parece advertirse una tendencia general al declive del racionalismo como medio de persuasión pública, en favor de un lenguaje donde prima el registro emocional o la experiencia personal, que coloca el foco más en el relato que en la argumentación. Desde esta perspectiva, todo hace pensar que la campaña electoral en curso estará más próxima a lo que se ha dado en llamar “democracia posfactual”.

Resulta paradójico que, a pesar de las dudas y flancos abiertos, mucha gente le siga creyendo. ¿Por qué el número de seguidores presenta en las encuestas de opinión diferencias marginales, a pesar de ser sorprendido en situaciones de distorsión, manipulación de información y engaño? Lo más probable es que Piñera haya leído hábilmente este giro de la sociedad chilena hacia un mundo posfactual. Se considera que una democracia está en estado posfactual cuando la verdad y la evidencia se sustituyen por narrativas y agendas políticas oportunistas, en las que se busca, a través de promesas políticas, maximizar el apoyo de los votantes y donde los hechos cuentan menos que las sensaciones que producen.

Aprovecharse entonces de la indignación, la decepción o el miedo de grupos que se sienten desamparados porque ven peligrar lo alcanzando con esfuerzo individual, sacrificio y que no están dispuestos a perder, parece ser lo que está permitiendo ganar elecciones en escenarios del tipo posfactual. Para una campaña política inescrupulosa, no importa si las narrativas que se enarbolan son ciertas. Lo que vendrá cuando no se resuelvan los problemas con los que se promete acabar, será más indignación de la que hoy tenemos. Este parece ser realmente el peligro frente al cual nos encontramos hoy.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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