Opinión
Imagen generada por Inteligencia Artificial
La deshumanización del adversario: el negocio de los haters, bots y trolls
Cuando una sociedad comienza a decidir en función de una realidad fabricada por algoritmos y ejércitos digitales, el problema ya no es solo la violencia en redes sociales: es la calidad de la democracia, la fortaleza de sus instituciones y, en definitiva, el futuro mismo del país
Las redes sociales prometieron democratizar la conversación pública. En parte lo lograron. Nunca antes había sido tan fácil expresar una opinión, fiscalizar al poder o participar del debate democrático. Sin embargo, junto con esa oportunidad surgió un fenómeno preocupante: la deshumanización del adversario.
Hoy pareciera que quien piensa distinto deja de ser una persona para convertirse en un enemigo. Ya no se discuten ideas; se destruye la reputación del otro. Se reemplazan los argumentos por insultos, la evidencia por descalificaciones y el diálogo por campañas de odio.
Lo más inquietante es que muchas veces ese odio no nace de manera espontánea. Existe una verdadera industria de la polarización. Empresas, operadores políticos e incluso intereses económicos financian estrategias digitales basadas en cuentas automatizadas, trolls organizados y campañas coordinadas para instalar tendencias, amplificar noticias falsas o acosar sistemáticamente a determinadas personas.
Los bots multiplican mensajes como si existiera un consenso inexistente. Los trolls buscan provocar, dividir y generar reacciones emocionales. Los llamados haters encuentran en la agresión permanente una forma de reconocimiento y, en algunos casos, incluso en una fuente de ingresos gracias a la monetización del conflicto y la atención.
Las plataformas digitales también tienen responsabilidad. Sus algoritmos privilegian aquello que genera interacción, y pocas cosas producen más clics que la indignación, el escándalo y la confrontación.
La consecuencia es una sociedad donde el contenido más extremo suele recibir mayor difusión que el análisis sereno o el intercambio respetuoso.
El daño trasciende la política. Familias se distancian, amistades se rompen y ciudadanos abandonan la participación pública por miedo al hostigamiento. Muchos prefieren guardar silencio antes que convertirse en el próximo blanco de una campaña de insultos. Cuando eso ocurre, pierde la democracia, porque el espacio público deja de estar ocupado por la diversidad de voces y queda dominado por quienes gritan más fuerte.
Discrepar es legítimo e incluso necesario. Una democracia sana necesita oposición, debate y confrontación de ideas. Lo que no puede normalizarse es convertir al adversario en un enemigo al que hay que destruir. Quien piensa distinto no deja de ser un ciudadano con la misma dignidad y los mismos derechos.
La libertad de expresión no puede confundirse con el derecho a deshumanizar. Defender el debate democrático exige recuperar algo tan básico como el respeto por la persona que está al otro lado de la pantalla. Las ideas pueden combatirse con firmeza; las personas no deben ser reducidas a un insulto, un meme o una campaña de odio.
El verdadero peligro aparece cuando estas campañas dejan de ser simples ataques individuales y pasan a construir una realidad alternativa. La repetición coordinada de mentiras, la manipulación mediante bots y trolls, y la denostación sistemática de personas e instituciones terminan moldeando la percepción colectiva y ahí ya no importa tanto lo que es verdad, sino aquello que logra instalarse como verdad.
Así se erosiona la confianza pública, se profundiza la polarización y se condicionan decisiones políticas, electorales y sociales sobre la base de percepciones artificialmente construidas.
Cuando una sociedad comienza a decidir en función de una realidad fabricada por algoritmos y ejércitos digitales, el problema ya no es solo la violencia en redes sociales: es la calidad de la democracia, la fortaleza de sus instituciones y, en definitiva, el futuro mismo del país.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.